viernes, 7 de diciembre de 2007

La guerra de la soja


Ya les conté sobre mi pesadilla recurrente: Despertar una mañana… y encontrarme en un país convertido en un inmenso campo de cultivos de soja.
En mi sueño apocalíptico, las selvas han sido destruidas, los árboles arrancados de raíz, los ríos secados o contaminados, los edificios derrumbados por un ejército de topadoras que avanzan como las máquinas guerreras de la película Terminator, seguidos por las sembradoras mecánicas.
Y allí estamos… los sobrevivientes humanos. Perdidos y condenados a vagar eternamente en un mar de soja, obligados a alimentarnos con leche de soja y hamburguesas de soja. Hasta que el elemento transgénico empieza a revelar sus efectos mutantes, y advertimos con horror que de nuestros cuerpos brotan ramas, hojas y vainas de oleaginosa, transformándonos en los increíbles hombres-soja.
Entonces me despierto, agitado y sudoroso, y compruebo aliviado que, por suerte, solo se trata de un mal sueño.
¿Un mal sueño...?
Ayer viernes, los pobladores de Reloj-kue, en el aislado distrito de San Cristóbal, a unos 150 kilómetros al suroeste de Ciudad del Este, nuevamente salieron de sus ranchos y sus chacras desoladas, con sus machetes y garrotes al aire, con una firme determinación, enarbolando un gran cartel que dice: “¡Pare de fumigar!”, y una firme determinación: no permitir que los sojeros arrojen una sola gota más de productos agrotóxicos sobre los vastos sojales que se han adueñado del paisaje altoparanaense.
Los colonos tienen buenas razones para estar indignados. Desde hace poco más de una década, sus humildes viviendas, sus chacras, hasta la capilla y la pequeña escuelita del lugar, todo se ha ido quedando rodeado hasta casi quedar ahogado por un vasto océano verde de cultivos mecanizados. Y en cada época de siembra o de cosecha, vivir allí se ha vuelto casi un infierno, cuando las pulverizadoras entran en acción y una blanca niebla de picante olor se levanta e inunda todos los rincones, hiriendo los pulmones como si fuera una imparable lengua de fuego.
Cuentan las maestras de Reloj-cue que en varias oportunidades tienen que suspender las clases, porque las nubes de agrotóxicos penetran en las aulas y los niños se revuelvan por las nauseas que les produce inhalar el veneno.
El pasado 13 de agosto se vertió la gota que colmó el vaso, cuando el niño Jesús Giménez, de apenas 3 años, falleció luego de varios días de agonía. El niño había enfermado súbitamente, luego de que una pulverizadora del colono brasileño Wilmar Filipetti había regado de agroquímicos sus cultivos, a pocos metros del hogar de los Giménez. El caso fue denunciado ante la Fiscalía de Santa Rita, pero hasta ahora no hay avances en la investigación. ¿Otro caso más, entre tantos, que acabará en la impunidad?
La tierra de Alto Paraná es naturalmente roja como la sangre, pero a veces se vuelve aún más roja cuando el conflicto agrario estalla en una indeseable violencia. El 16 de setiembre, en La Fortuna, Hernandarias -otro ardiente escenario de la llamada “guerra de la Soja”-, personas vinculadas a la Mesa Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (MCNOC) se cansaron de formar barreras humanas o hacer movilizaciones para salir en las fotos de prensa, y directamente dispararon a matar al tractorista Felipe Samudio y dejaron herido a su hijo Ariel, cuando intentaban fumigar un campo de soja.
Algo está mal en este país, para que la gente se mate entre sí, sea con balas o con veneno. Brasileños o paraguayos, sojeros o antisojeros, ya somos todos hijos de esta tierra.
El problema no es la soja, ni tampoco lo son los brasileños inmigrantes que más lo cultivan. El verdadero problema es el modelo de agricultura mecanizada masiva, que se ha ido imponiendo sin límites, sin restricciones ni controles, en nombre de la rentabilidad capitalista, y la impunidad con que se lo permite desde las instituciones del Estado y desde la clase política.
No tendría nada de malo plantar soja, siempre que se adecue a las normas medioambientales que impone la legislación, y sin avasallar a las otras formas de agricultura, orgánicas, diversificadas, de auto consumo y de renta familiar, que responden a una práctica cultural bien campesina y paraguaya, y que no sigan siendo avasalladas por un sistema de monocultivo empresarial que solo busca el lucro, sin importar los daños que ocasiona.
Dicen que la soja es de alto contenido proteínico, una maravilla para la alimentación. Pero, discúlpenme, yo sigo prefiriendo un jugoso bife de carne vacuna, con abundante ensalada.

2 comentarios:

  1. Muy interesante ver qué tan similares son los problemas que padecen regiones amplias de Sudamérica. Cambiale a tu texto el nombre del pueblo por el nombre de muchos otros pueblos de Bolivia, Brasil, Argentina, y vas a ver la misma situación. La soja será de alto contenido proteico, pero quienes más la comen no son las personas sino los chanchos y pollos asiáticos, destino último de las harinas, aceites y granos de soja sudamericano. Un placer leer también tu comentario sobre Santiago Leguizamón. Cuando llegué a Pedro Juan Caballero, sólo estaba el recuerdo y su busto en la avenida. Saludos desde Córdoba.

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  2. La culpa no es de la soja, sino del capital y el afán de lucro que todo lo avasalla. Yo soy vegetariana y disfruto de lo que vos llamás "maravilla de la alimentación y alto contenido proteínico". El jugoso bife de carne vacuna viene de un cruento procedimiento de sacrificio de animales y como decía Ghandi "eres lo que comes". Sin embargo, parece que de nuevo no tenemos salida, pues, reitero, el gran capital ha transformado nuestra alternativa alimenticia (menos violenta, más respetuosa de la vida y de los animales que forman parte de la naturaleza como nosotros) en campos de explotación desmedida, de crimen ecológico y de injusticia social.

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