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domingo, 27 de mayo de 2012

Cuarenta y seis nombres para no olvidar en el 2013


Son cuarenta y seis.
Sus nombres y sus rostros, junto a las siglas y los colores de sus respectivos partidos políticos, recorren desde este jueves a la tarde en las redes sociales en internet, están en las páginas de los diarios, en los noticieros de la tevé, en los sitios web de noticias, junto a duros epítetos. Dipuchorros y Traidores al pueblo paraguayo son solamente algunos de los más suaves.
Son cuarenta y seis.
Dicen ser nuestros representantes en el Congreso. Han llamado varias veces a nuestras puertas a pedir nuestros votos, prometiendo defender los legítimos intereses de la ciudadanía.
Son los que, sin sonrojarse de vergüenza, sin que siquiera se les mueva un pelo, en la sesión del jueves de la Cámara de Diputados, decidieron rechazar el veto del Poder Ejecutivo al aumento de 150 mil millones de guaraníes para la Justicia Electoral, dinero nuestro que repartirán discrecionalmente a sus operadores políticos, fondos que ni siquiera existen en las arcas públicas -y que por tanto tendrán que quitar de otros rubros esenciales-, mientras en la calle hay tantos niños sin pan, sin hogar, sin futuro.
Son los que han recortado sin problemas los fondos destinados a inscribir en el padrón electoral a compatriotas residentes en el extranjero.
Son cuarenta y seis.
Esta es la lista:

Del PLRA: Blanca Lila Mignarro, Luis Carlos Neuman, Ramona Mendoza, Carlos Zena, Eduardo Vera Bejarano, Amado Florentín, Elvis Balbuena, César Garcete, Eulalio Morel, César López, Édgar Isaac Ortiz, Hugo César Capurro, Jorge Ávalos, Antonio Cardozo, Nelson Segovia, Óscar González, Blas Lanzoni, Emilia Alfaro de Franco, Celso Maldonado, Dionisio Ortega, Modesto Salinas, Salustiano Salinas, Engelberto Ayala, Pedro González, Andrés Giménez, Enrique Mineur.

Del Unace: Fabiola Oviedo, Darío González Segovia, Gustavo Mussi, Wilson Dávalos, Óscar Epifanio Escobar, Édgar Venialgo, Carlos Paoli, Ariel Oviedo, José López Chávez, David Ocampos, Elva Martínez.

De la ANR: Víctor Bogado, Magdaleno Silva, Perla Acosta de Vázquez, Jorge Ignacio Baruja, Clemente Barrios, Atilio Penayo, Mario Morel Pintos, Nardi Gómez Cattebeke.

Son cuarenta y seis.
Copiemos sus nombres. Tengámoslos bien a la vista, para recordarlos, para señalarlos donde quieran aparezcan. Especialmente cuando vengan otra vez, con toda la caradurez del mundo, a pedir nuestros votos.
Son cuarenta y seis.
No los olvidemos. No al menos hasta el 21 de abril de 2013.
Ese día clave en que, ante las urnas y en el cuarto oscuro, durante un fugaz instante, seremos soberanos absolutos de nuestro destino y el de la Patria, y tendremos en la mano una boleta y un bolígrafo como los instrumentos válidos y legítimos para enviarlos al lugar donde definitivamente deberían estar: en el más oscuro rincón del olvido. En el basurero político de la historia.

domingo, 9 de octubre de 2011

Un día histórico


Llegué a votar a las 10:15 de la mañana de este domingo 9 de octubre, en la Escuela San Antonio, del querido barrio San Antonio, en Asunción, en el primer referéndum de la era democrática en Paraguay, para decidir el sí o no a la enmienda constitucional para otorgar el derecho al voto a los paraguayos y paraguayas residentes en el extranjero.

Esperaba encontrar un lugar vacío y silencioso como un cementerio. Me equivoqué. Había gente formando cola frente a 3 de las 4 mesas habilitadas, aguardando pacientemente con las cédulas de identidad en las manos.
Me gustó sumarme a la fila, esperar varios minutos, mientras escuchaba la plática de los vecinos, gente común, gente sencilla, gente de pueblo. “Yo vengo porque tengo un hijo que se fue a trabajar en España hace tres años ya, allá está como un mozo en un bar, él quiere volver, no sé cuándo va a poder, auque yo prefiero que se quede allá, aquí las cosas siguen estan muy mal, pero él tiene derecho a votar, aunque ya no vuelva”, decía una señora ya mayor, con su bolso de compras de un supermercado colgando del brazo. Otro hombre, igualmente mayor, le replicaba: “Yo no tengo ningún pariente afuera, pero igual vengo a votar, porque me parece que es un derecho que hay que darles”.
Me gustó llegar a la mesa, presentar mi cédula, tomar en mis manos la boleta, ir al cuarto oscuro, marcar esa cruz sencillita pero a la vez histórica, ensuciarme el dedo con tinta, sentir la contradictoria sensación de que esa suciedad en la piel a la vez nos está limpiando el alma.
Encontré a mi amiga Graciela Araujo trabajando activamente como veedora. Me dijo que la afluencia de gente era mucho mayor que la esperada, y que todas las cuatro mesas pudieron abrirse a las 7:30 de la mañana. Me contó algo que también me esperaba y que lamentablemente si se cumplió: los únicos representantes de mesa que no acudieron fueron los de los partidos Colorado y Unace, pero la entusiasta colaboración de representantes de otros partidos permitió cubrir sus ausencias y completar las autoridades de mesa.
Me gustó este día nubladito pero lindo, con ese sol tímido asomando de a ratos entre las nubes, como vigilando que todo esté bien, pero sin querer molestar mucho.
Yo sé que hay legítimos temores de que este referéndum pueda usarse también en forma clientelista o prebendaria, o que el TSJE y los partidos aprovechen para instalar más planilleros, pero de todo eso ya nos ocuparemos en su momento. Había que dar un paso en busca de un derecho universal... y lo estamos haciendo. ¿Habrá sido más o menos así en otros momentos de la historia, como cuando, por ejemplo, hubo que decidir que las mujeres también tengan derecho a votar? Hoy nos parece tan absurdo que haya habido un tiempo en que muchas personas creían que las mujeres eran seres cívicos inferiores y no debían tener ese derecho, pero sí, lo hubo, y por suerte lo superamos. Por suerte la humanidad avanza en la conquista de derechos básicos, y hoy estamos protagonizado un episodio aparentemente pequeño, pero a la vez histórico, trascendental, proyectado hacia el mañana.

sábado, 24 de abril de 2010

Caso Santiago Leguizamón: La marca de la impunidad


Pedro Juan Caballero, Paraguay, verano de 1985. Desde la ventanilla, la ciudad se extendía como un árido sueño difuminado entre remolinos de tierra roja.
El ómnibus me dejó frente a un céntrico hotel, en la zona más turbulenta junto a la línea divisoria. La tarde empezaba a caer y el aire parecía impregnado con un denso olor a barricada. Me instalé en una habitación y pedí un teléfono. Busqué el número del corresponsal que alguien me había apuntado en un papel. Me habían dicho que se trataba del director de una radio local.
El papel decía: 2598, Radio Mburucuyá, Santiago Leguizamón.
Una voz grave y enérgica me respondió desde el otro lado del tubo. Le expliqué que acababa de llegar, enviado por el diario para realizar una serie de notas periodísticas, y que necesitaba su ayuda. Me preguntó donde estaba alojado y le di el nombre del hotel. Entonces, con un tono imperativo que en principio me asustó, me ordenó que recogiera inmediatamente mis cosas y lo esperara a la entrada.
-Vas a venir a la radio –me dijo-. No voy a permitir que un colega quede abandonado en ese antro de pandillaje.
Toda protesta fue en vano. Quince minutos más tarde, un hombre corpulento y burlón preguntaba por mí en la recepción. Allí empecé a conocerlo, sin presagiar todavía que me encontraba frente a la dimensión de una leyenda.

* * * *

En esa época, el local de Radio Mburucuyá no era más que una pequeña casa de tablas construida en medio de un enorme terreno baldío, casi en las afueras de la ciudad, a unos setecientos metros de la “terra de ningueim” (tierra de nadie), como llaman los lugareños a ese mundo entre dos países que es la frontera seca paraguayo-brasileña.
Una precaria torre de metal que bailaba con las ráfagas del viento norte le servía de antena. Más de una vez la estructura fue derribada por las tormentas, pero a los pocos días estaba otra vez levantada, desafiante, irradiando su mensaje transgresor.
Adentro, en un pequeño estudio armado con equipos que parecían sacados de un museo, Santiago Leguizamón ofrecía cotidianamente su programa Puertas abiertas, un espacio de libre comunicación que abarcaba todo el territorio de la mañana, tejiendo una amplia red de información y solidaridad, mas allá del constante sobresalto de vivir en la frontera.
Me impresionó encontrar esa línea periodística tan claramente crítica y comprometida con el cambio en una radioemisora del interior, sobre todo en una zona tan marcada por la corrupción y la violencia como el Amambay. En medio de la tormentosa niebla represiva de la dictadura, Santiago había logrado encender una luz de esperanza para toda la ciudadanía honesta de Pedro Juan Caballero, con la que se identificaron decididamente quienes deseaban convertir esa comarca del terror en un espacio de integración y convivencia solidaria.

* * * *

-¿Por qué Radio Mburucuyá es prácticamente una excepción con respecto a las demás radios del interior? –le pregunté una mañana, mientras tomábamos mate en el estudio, antes de empezar la transmisión.
-El secreto es muy sencillo –me respondió-. Para mí, el micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal.

* * * *

Su dormitorio estaba instalado en una habitación contigua al estudio de la radio. Allí, al lado de la suya, en forma permanente había dos o tres camas disponibles “para los atorrantes que siempre caen de visita”. Le gustaba compartir su casa, su vida y su trabajo, como si la entrega hacia los demás fuera su mejor forma de ser feliz.
Como empresario era buen periodista. Pasaba avisos radiales que nunca se facturaban, porque eran pedidos de sus múltiples amigos o correspondían a algún servicio social. Allá por el 88 se le ocurrió la idea de instalar un “negocio anexo” a la emisora, un lavadero automático para vehículos, que resultó en un rotundo fracaso. Allí quedaron las costosas instalaciones, sub utilizadas para lavar los “móviles” de la radio, que se reducían a una camioneta, una citroneta destartalada, una moto y algunas bicicletas.
Desde 1990 había comenzado a editar Mburucuyá Revista. Perdía plata, pero no le importaba.
-Si quisiera volverme millonario, vendería la radio y me dedicaría al contrabando –me dijo una vez-. Me resultaría tremendamente fácil, porque conozco a todos los mafiosos de la zona.

* * * *

Conocía a la mafia, sí. Pero desde el otro lado de las barricadas de combate, que había comenzado a edificar con sus palabras aceradas, defendiendo a golpes de claridad el nebuloso sueño de la democracia.
Cada vez que uno de sus móviles llamaba para informar que había amanecido un cuerpo acribillado en medio de la línea divisoria, Santiago se indignaba porque daban la noticia como quien informa sobre el estado de tiempo.
“No podemos resignarnos a aceptar el crimen en Pedro Juan como parte de la vida cotidiana. Cada asesinato tiene que seguir siendo un motivo de escándalo”, exhortaba en sus programas.
Una de sus frases favoritas era la que se atribuye a San Juan Crisóstomo y que estampó con letras visibles en el primer número de Mburucuyá Revista. La frase dice: “Hay que temer más el escándalo que produce el silencio, y no el escándalo que proviene de la verdad revelada”.

* * * *

Vivir bajo constante presión y recibiendo continuas amenazas no le impedía derrochar su espíritu farrista y dicharachero. Le gustaba organizar asados en el patio de la radio, compartir el whisky, la cerveza o la caipirinha. Acudía casi todos los días a almorzar en su lugar favorito: el “Pato Restaurante”, propiedad de uno de sus amigos más queridos, Julio Cesar Acosta, entonces presidente de la Liga Deportiva del Amambay, quien se negaba a cobrarle la cuenta a pesar de sus continuas protestas.
“La feijoada que preparan en el Pato es lo mejor de Pedro Juan y Ponta Porá”, solia propagar. Precisamente, ese trágico viernes del 26 de abril de 1991, Santiago se dirigía al mismo local para celebrar el Día del Periodista con sus amigos y toda la gente de la radio, cuando la muerte lo esperó en una esquina. Desde entonces, en el Pato quedó un lugar vacío junto a una mesa que ya nunca nadie podrá llenar.

* * * *

En principio se burlaba de las amenazas de muerte y los avisos que le hacían llegar los mafiosos. Aquella mañana, horas antes de su muerte, le dijo a Humberto Rubín: “Prefiero la muerte física a la muerte ética”. Llevaba un revólver en la guantera, más para tranquilizar a sus amigos que como verdadera medida de precaución. Aceptaba la compañía de su fiel e incondicional secretario Pedro “Carapé” Cabral, no tanto por seguridad, sino para tener a álguien que oyera sus plagueos. La ultima vez que lo vi fue dos meses antes de su muerte, cuando pasó por la redacción del diario a dejarme los últimos ejemplares de su revista. Me contó que un conocido industrial yerbatero de Pedro Juan le había dicho: “Cuidate, porque te van a matar”.
Recuerdo que en esa ocasión le pregunté algo que ya varias veces le habíamos cuestionado con otros colegas: si valía la pena ese estilo de “periodismo kamikaze” que él ejercía con tanta audacia en esa región donde no hay policías ni jueces que te puedan proteger. Recuerdo que hubo un largo silencio, antes de que me respondiera con otra pregunta: “¿Y te parece que hay otra manera...?”.

* * * *

Cuando se supo la trágica noticia, me encontraba con los colegas Héctor Guerín y Oscar Torrents en Ciudad del Este, en una conferencia con los estudiantes de periodismo, y recuerdo que ninguno supo qué decir. Nos quedamos largamente en silencio, juntando bronca y dolor
Después vinieron las marchas, el sepelio desgarrador, la indignación, las promesas del presidente Andrés Rodríguez: “No descansaremos hasta atrapar a los asesinos”. El rostro de Santiago multiplicado en pancartas y volantes. Santiago con alas de ángel dibujado por Casartelli. Santiago estatua de bronce gracias a Herman Guggiari. Santiago convertido en nombre de una calle. Santiago premio de periodismo. Santiago en los informes internacionales sobre derechos humanos. Santiago ritual de encuentro cada 26 de abril, con flores, discursos y velas encendidas. Santiago grito, canción, proclama, símbolo vivo, espina lacerante.
Y por detrás de todo, una realidad cruel: el caso Santiago Leguizamón es el patético ejemplo de la inoperancia del trabajo policial y judicial en el Paraguay.
UN paciente trabajo realizado por los periodistas y abogados José Valiente y Eligio Fariña, quienes -por encargo del Sindicato de Periodistas del Paraguay (SPP), con apoyo del Ministerio Público y de la organización Reporteros sin Fronteras- durante largos meses bucearon de lleno en el voluminoso Expediente N° 70 del Juzgado del Crimen del Amambay, permitió revelar las elementales e inexplicables torpezas cometidas desde el principio en el proceso de la investigación, los múltiples y sospechosos cabos que se dejaron sueltos, como si existiera una deliberada voluntad oficial de permitir que el crimen de Santiago Leguizamón continúe en la más absoluta impunidad, mientras sus asesinos se pasean por las calles, a plena luz del día.
El informe fue presentado por el SPP a las máximas autoridades del poder Judicial, del Poder Legislativo y del Poder Ejecutivo, a principios de 1998. Desde entonces, a pesar de las públicas promesas, no se ha avanzado casi nada.
El expediente N° 70 duerme su sueño telarañas en algún estante olvidado del Poder Judicial.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Bellezas paraguayas


No son Julia Robert y Angelina Jolie. No las veo subidas a una pasarela para vender la última colección de Caro Cuore. Tampoco postulándose a Miss Universo o a Miss Tanga. Pero para quienes las conocemos desde la profundidad de sus historias personales y comunitarias, ellas son dos de las más dignas y hermosas mujeres del Paraguay.
La belleza es el resplandor de lo bueno y verdadero, decía Platón. Hay otras formas de ser bello o bella que el de exhibir agraciadas facciones o cuerpos esculturales esculpidos en el calvario de dietas y gimnasios, o mejorados a fuerza de costosas operaciones de cirugía estética e implantes de siliconas.
En el resplandor de lo bueno y verdadero, hubo una joven mujer que en los duros años 70, cuando muchos callaban y bajaban la cabeza ante la opresión dictatorial, supo alzarse en rebeldía junto a un grupo de idealistas luchadores. Embarazada, se enfrentó a tiros contra los esbirros del régimen y vio morir a su esposo Mario Schaerer Prono en la mesa de tortura de Investigaciones.
Parió a su hijo Manuel en la fría celda y al salir de la cárcel se convirtió en tenaz defensora de los derechos humanos, hasta lograr el procesamiento judicial del ex dictador Stroessner, al igual que de los más siniestros torturadores y asesinos estatales que conoció este país. Esa mujer, ejemplo vivo de coherencia y dignidad, se llama Guillermina “Nenena” Kannonikof.
La otra es Aida Robles, senadora del partido Tekojoja, enfermera de profesión, también con una larga trayectoria de lucha y compromiso por una sociedad mejor. Fue una de las históricas dirigentes del “Clinicazo”, la mayor movilización social de los años ‘80, que marcó el principio del fin de la dictadura. Desde su humilde y cotidiano oficio de salvar vidas en el “Hospital de los pobres”, se ganó su lugar entre las heroínas cívicas de este país.
Esta semana, el desbordado senador liberal Alfredo Jaeggli las denunció ante la Fiscalía por “polución visual y sonora”, y pidió que ambas “sean condenadas a sufrir la pena máxima por feas e ignorantes”. Quizás creyó responder con un chiste a un planteamiento político, pero su acción resulta machista, discriminatoria y ofensiva para miles de humildes y laboriosas mujeres compatriotas.
Desde la indignación y la solidaridad, más allá de las diferencias que pueda tener respecto a sus actuales posturas políticas cercanas al oficialismo, me permito reivindicar las figuras de Aida y Nenena, y proclamar públicamente que son dos de las más bellas mujeres que conozco. Bellezas nacidas del resplandor de lo bueno y verdadero. Bellezas para un país distinto al del senador Jaeggli.

viernes, 19 de junio de 2009

400 muertos sin justicia


Hace cinco años, cuando aquel fastuoso Templo del Consumismo se convirtió en ratonera mortal, en un lugar tan siniestro que no hubiera imaginado ni el mismo Dante en su clásica representación del Infierno, encontraron que las puertas estaban cerradas. Esa disposición criminal le costó la vida a cerca de 400 seres humanos y dejó una similar cantidad de heridos.
Hoy, los sobrevivientes y los familiares de las víctimas del incendio del Supermercado Ycua Bolaños vuelven a encontrar otras puertas cerradas: las de este corrupto y kafkiano sistema jurídico que algunos insisten en llamar Justicia.
Si los plazos inexorables se cumplen, y la indolencia o la complicidad lo permiten, el próximo 2 de agosto la causa judicial por la más grande tragedia ocurrida en la historia del Paraguay -aparte de las dos guerras - se extinguirá sin remedio y quedará envuelta en la impunidad más terrible y absoluta.
¿Es posible tanta indolencia, tanta corrupción, tantos oídos sordos ante los gritos de dolor que se elevan al cielo?
A cinco años de la magna tragedia no hay un solo responsable preso. Todos los acusados de haber participado en las criminales decisiones y negligencias que enlutaron a la sociedad paraguaya gozan de libertad, mientras las víctimas deambulan cual molestos fantasmas, cada vez más solos y huérfanos de la solidaridad, mientras la Justicia se les escapa como arena entre los dedos.
Hoy quedan exactamente 42 días de plazo para que la causa se extinga oficialmente… y cada minuto que pasa es una carrera contra el tiempo. ¡Es hora de reaccionar y de unir nuevamente todas las voces, todas las manos, todos los corazones, junto a los incansables luchadores del 1-A!
La lucha por la Justicia no es solamente la lucha de las víctimas y sus familiares. Es una lucha de todos. El Paraguay entero será responsable si es que el mayor crimen colectivo acaba en el opa reí.
Seremos responsables de la impunidad los ciudadanos y ciudadanas que no fuimos lo suficientemente solidarios para indignarnos, alzar nuestra voz y actuar con justa rebeldía.
Serán responsables los partidos políticos y los miembros del Poder Legislativo, con sus ministros de la Corte inamovibles y sus magistrados elegidos por cuota.
Serán responsables los del actual y los del anterior Poder Ejecutivo, que prometieron tanto e hicieron muy poco por amparar los derechos de las víctimas.
Y por sobre todo serán responsables los que manejan este nefasto Poder Judicial, al que de Justicia ya solo le quedará el nombre.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal

Pedro Juan Caballero, verano de 1985.
Desde la ventanilla, la ciudad se extendía como un árido sueño difuminado entre remolinos de tierra roja.
El ómnibus me dejó frente a un céntrico hotel, en la zona más turbulenta junto a la línea divisoria. La tarde empezaba a caer y el aire parecía impregnado con un denso olor a barricada. Me instalé en una habitación y pedí un teléfono. Busqué el número del corresponsal que alguien me había apuntado en un papel. Me habían dicho que se trataba del director de una radio local.
El papel decía: 2598, Radio Mburucuyá, Santiago Leguizamón.
Una voz grave y enérgica me respondió desde el otro lado del tubo. Le expliqué que acababa de llegar, enviado por el diario para realizar una serie de notas periodísticas, y que necesitaba su ayuda. Me preguntó donde estaba alojado y le di el nombre del hotel. Entonces, con un tono imperativo que en principio me asustó, me ordenó que recogiera inmediatamente mis cosas y lo esperara a la entrada.
-Vas a venir a la radio –me dijo-. No voy a permitir que un colega quede abandonado en ese antro de pandillaje.
Toda protesta fue en vano. Quince minutos más tarde, un hombre corpulento y burlón preguntaba por mí en la recepción. Allí empecé a conocerlo, sin presagiar todavía que me encontraba frente a la dimensión de una leyenda.

* * * *

En esa época, el local de Radio Mburucuyá no era más que una pequeña casa de tablas construida en medio de un enorme terreno baldío, casi en las afueras de la ciudad, a unos setecientos metros de la “terra de ningueim” (tierra de nadie), como llaman los lugareños a ese mundo entre dos países que es la frontera seca paraguayo-brasileña.
Una precaria torre de metal que bailaba con las ráfagas del viento norte le servía de antena. Más de una vez la estructura fue derribada por las tormentas, pero a los pocos días estaba otra vez levantada, desafiante, irradiando su mensaje transgresor.
Adentro, en un pequeño estudio armado con equipos que parecían sacados de un museo, Santiago Leguizamón ofrecía cotidianamente su programa Puertas abiertas, un espacio de libre comunicación que abarcaba todo el territorio de la mañana, tejiendo una amplia red de información y solidaridad, mas allá del constante sobresalto de vivir en la frontera.
Me impresionó encontrar esa línea periodística tan claramente crítica y comprometida con el cambio en una radioemisora del interior, sobre todo en una zona tan marcada por la corrupción y la violencia como el Amambay. En medio de la tormentosa niebla represiva de la dictadura, Santiago había logrado encender una luz de esperanza para toda la ciudadanía honesta de Pedro Juan Caballero, con la que se identificaron decididamente quienes deseaban convertir esa comarca del terror en un espacio de integración y convivencia solidaria.

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-¿Por qué Radio Mburucuyá es prácticamente una excepción con respecto a las demás radios del interior? –le pregunté una mañana, mientras tomábamos mate en el estudio, antes de empezar la transmisión.
-El secreto es muy sencillo –me respondió-. Para mí, el micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal.

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Su dormitorio estaba instalado en una habitación contigua al estudio de la radio. Allí, al lado de la suya, en forma permanente había dos o tres camas disponibles “para los atorrantes que siempre caen de visita”. Le gustaba compartir su casa, su vida y su trabajo, como si la entrega hacia los demás fuera su mejor forma de ser feliz.
Como empresario era buen periodista. Pasaba avisos radiales que nunca se facturaban, porque eran pedidos de sus múltiples amigos o correspondían a algún servicio social. Allá por el 88 se le ocurrió la idea de instalar un “negocio anexo” a la emisora, un lavadero automático para vehículos, que resultó en un rotundo fracaso. Allí quedaron las costosas instalaciones, sub utilizadas para lavar los “móviles” de la radio, que se reducían a una camioneta, una citroneta destartalada, una moto y algunas bicicletas.
Desde 1990 había comenzado a editar Mburucuyá Revista. Perdía plata, pero no le importaba.
-Si quisiera volverme millonario, vendería la radio y me dedicaría al contrabando –me dijo una vez-. Me resultaría tremendamente fácil, porque conozco a todos los mafiosos de la zona.

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Conocía a la mafia, sí. Pero desde el otro lado de las barricadas de combate, que había comenzado a edificar con sus palabras aceradas, defendiendo a golpes de claridad el nebuloso sueño de la democracia.
Cada vez que uno de sus móviles llamaba para informar que había amanecido un cuerpo acribillado en medio de la línea divisoria, Santiago se indignaba porque daban la noticia como quien informa sobre el estado de tiempo.
“No podemos resignarnos a aceptar el crimen en Pedro Juan como parte de la vida cotidiana. Cada asesinato tiene que seguir siendo un motivo de escándalo”, exhortaba en sus programas.
Una de sus frases favoritas era la que se atribuye a San Juan Crisóstomo y que estampó con letras visibles en el primer número de Mburucuyá Revista. La frase dice: “Hay que temer más el escándalo que produce el silencio, y no el escándalo que proviene de la verdad revelada”.

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Vivir bajo constante presión y recibiendo continuas amenazas no le impedía derrochar su espíritu farrista y dicharachero. Le gustaba organizar asados en el patio de la radio, compartir el whisky, la cerveza o la caipirinha. Acudía casi todos los días a almorzar en su lugar favorito: el “Pato Restaurante”, propiedad de uno de sus amigos más queridos, Julio Cesar Acosta, entonces presidente de la Liga Deportiva del Amambay, quien se negaba a cobrarle la cuenta a pesar de sus continuas protestas.
“La feijoada que preparan en el Pato es lo mejor de Pedro Juan y Ponta Porá”, solia propagar. Precisamente, ese trágico viernes del 26 de abril de 1991, Santiago se dirigía al mismo local para celebrar el Día del Periodista con sus amigos y toda la gente de la radio, cuando la muerte lo esperó en una esquina. Desde entonces, en el Pato quedó un lugar vacío junto a una mesa que ya nunca nadie podrá llenar.

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En principio se burlaba de las amenazas de muerte y los avisos que le hacían llegar los mafiosos. Aquella mañana, horas antes de su muerte, le dijo a Humberto Rubín: “Prefiero la muerte física a la muerte ética”. Llevaba un revólver en la guantera, más para tranquilizar a sus amigos que como verdadera medida de precaución. Aceptaba la compañía de su fiel e incondicional secretario Pedro “Carapé” Cabral, no tanto por seguridad, sino para tener a álguien que oyera sus plagueos.
La ultima vez que lo vi fue dos meses antes de su muerte, cuando pasó por la redacción del diario a dejarme los últimos ejemplares de su revista. Me contó que un conocido industrial yerbatero de Pedro Juan le había dicho: “Cuidate, porque te van a matar”.
Recuerdo que en esa ocasión le pregunté algo que ya varias veces le habíamos cuestionado con otros colegas: si valía la pena ese estilo de “periodismo kamikaze” que él ejercía con tanta audacia en esa región donde no hay policías ni jueces que te puedan proteger. Recuerdo que hubo un largo silencio, antes de que me respondiera con otra pregunta: “¿Y te parece que hay otra manera...?”.

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Cuando se supo la trágica noticia, me encontraba con los colegas Héctor Guerín y Oscar Torrents en Ciudad del Este, en una conferencia con los estudiantes de periodismo, y recuerdo que ninguno supo qué decir. Nos quedamos largamente en silencio, juntando bronca y dolor
Después vinieron las marchas, el sepelio desgarrador, la indignación, las promesas del presidente Rodríguez: “No descansaremos hasta atrapar a los asesinos”. El rostro de Santiago multiplicado en pancartas y volantes. Santiago con alas de ángel dibujado por Casartelli. Santiago estatua de bronce gracias a Herman Guggiari. Santiago convertido en nombre de una calle. Santiago premio de periodismo. Santiago en los informes internacionales sobre derechos humanos. Santiago ritual de encuentro cada 26 de abril, con flores, discursos y velas encendidas. Santiago grito, canción, proclama, símbolo vivo, espina lacerante.
Y por detrás de todo, una realidad cruel: el caso Santiago Leguizamón es el patético ejemplo de la inoperancia del trabajo policial y judicial en el Paraguay.