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sábado, 23 de junio de 2012

Los días en que el Paraguay retrocedió en la historia


(Foto del maestro y amigo Zenoura)

Definitivamente, este junio paraguayo marca un antes y un después en la desgarrada historia del país.

Con la destitución del presidente de la República, Fernando Lugo, a través de un vertiginoso juicio político exprés, el Paraguay sale de nuevo gravemente herido en el tambaleante proceso de construcción de su institucionalidad democrática, y se exhibe ante el mundo como una frágil y vulnerable republiqueta, donde una camarilla política puede imponer impunemente sus intereses sectarios por encima de los de la mayoría.
Todas las críticas que uno pueda tener acerca de la generalmente pobre y torpe gestión del presidente Lugo y de varios miembros de su gabinete –hay excepciones muy honrosas–, no justifican ocasionar un viraje tan traumático en el Gobierno de un país, con su inevitable costo social y económico, de deterioro de imagen internacional, pero principalmente de involución en términos de consolidación de ciudadanía.
Dicen que el juicio político se ha ajustado plenamente a lo establecido en la Constitución Nacional, y hasta puede ser que así sea. Pero el que haya sido legal no significa necesariamente que haya sido legítimo.
No hace falta ser un experto en cuestiones jurídicas o políticas, para darse cuenta de que la sentencia ya estaba escrita mucho antes de que se instale el tribunal legislativo, y que todo el vertiginoso cumplimiento de los pasos procesales, incluyendo el muy escaso tiempo que se brindó para la defensa del mandatario enjuiciado, no fue más que puro formalismo.
¿Todo se hizo conforme a la Ley? Será tema de debate por mucho tiempo. Hay opiniones muy autorizadas, en contra y a favor, según de qué lado del espectro ideológico –o de los intereses del poder– se ubique uno. Pero, desde el lado de la vida cotidiana de la gente, que aspira a habitar en un país serio y digno, con oportunidades de prosperidad y desarrollo igualitario, con instituciones democráticas fortalecidas y creíbles, este lamentable episodio implica un doloroso retroceso en la historia.
Hoy se abre un tiempo de mayor incertidumbre, aunque igualmente desafiante. Por fortuna, los procesos de verdadera transformación nunca se realizan desde el poder, sino desde la gente común, la misma gente común que hace apenas un mes atrás nos sorprendió gratamente al autoconvocarse en las plazas del Congreso para evitar que los parlamentarios se apropien de 150.000 millones de guaraníes de fondos públicos para pagar a sus operadores políticos. ¿Esa conciencia seguirá viva? ¿Esa conciencia podrá ayudarnos a construir un mejor posluguismo?
A lo largo de su historia, la sociedad paraguaya pudo superar momentos muy difíciles. Confiemos en que también lo podamos hacer ahora, de la mejor manera posible.

sábado, 2 de abril de 2011

Veinte años de impunidad

¿Quién diría que ya se van a cumplir veinte años, Santiago?
Veinte años desde aquella mañana en que te reías en el micrófono de la radio, en ese enlace con Ñandutí desde el Amambay, cuando Humberto pedía que te cuides ante las amenazas de muerte, y vos le respondías sin saber que tus palabras iban a quedar para siempre en el bronce: “Hay dos clases de muerte: una es la muerte material y otra es la muerte cuando uno abandonó la ética y la voluntad de trabajo. Prefiero la muerte física a la muerte ética".
Veinte años desde ese fatídico mediodía del 26 de abril de 1991, en que te despedías de los oyentes de tu programa Puertas Abiertas (sin saber que lo estabas haciendo para siempre) y subías al auto manejado por tu fiel Carapé Cabral, para dirigirte al restaurante El Pato donde los muchachos ya te estaban esperando con botellas de cerveza helada y una suculenta feijoada, sin sospechar que la muerte te aguardaba agazapada en el camino.
Veinte años desde que el siniestro Volkswagen Gol color negro, con vidrios polarizados y puerta derecha abollada, te cerró el paso en la esquina de Rodríguez de Francia y De Jesús Martínez, en plena línea internacional fronteriza entre Pedro Juan y Ponta Porá, y los tres oscuros pistoleros brasileños cegaron con 21 certeros disparos tanta pasión informativa, tanto coraje periodístico, tanta lucha democrática, tantos sueños por hacer posible un país diferente.
Veinte años de indignadas marchas de protesta y de estandartes con tu imagen. Veinte años de pronunciar discursos y depositar coronas de flores frente a tu rostro de metal. Veinte años de una niña y tres chicos que tuvieron que hacerse adultos a la fuerza con la dolorosa ausencia de papá. Veinte años de presidentes de la República y ministros de la Corte Suprema jurando en vano reabrir el caso y llevar a tus asesinos ante la Justicia, mientras dejaban que el voluminoso expediente número 70 se vaya cubriendo de polvareda y telarañas en algún neblinoso rincón de la memoria colectiva.
Veinte años desde que la mafia y el crimen organizado, junto a sus padrinos políticos, les demostraron al mundo qué fácil es asesinar a un inquisidor periodista en el Paraguay, y quedar impunes no solo durante veinte años, sino quizás para siempre. Aunque en la sangrienta y dolorosa huella de aquel crimen horrendo hayan surgido y sigan surgiendo muchos otros seguidores de aquel valiente y luminoso Santiago Leguizamón, que no aprendieron la criminal lección, e insisten tercamente en seguir cuestionando, investigando, informando, denunciando, publicando…

lunes, 21 de marzo de 2011

El herido corazón de una madre

Hace doce años, la noche del 26 de marzo de 1999, su corazón de madre recibió la herida más terrible, cuando le dieron la ingrata noticia de que su amado hijo Henry Daniel había sido alcanzado por dos balazos en la cabeza, convirtiéndose para siempre en uno de los ocho mártires de la gesta ciudadana del Marzo paraguayo.
Hace doce años, ella se convirtió en una Madre coraje parida por el heroísmo de su hijo, símbolo de lucha y resistencia cívica, conciencia y memoria colectiva de una sociedad amnésica, que no se ha cansado nunca de reclamar justicia para quienes dieron su vida por un ideal que ellos llamaban Patria.
Pero ni el corazón más bravío puede resistir a tanta infamia. Doce años después, el corrupto e ineficaz sistema que algunos llaman erróneamente Justicia, no ha podido atender a los reclamos de las víctimas, los familiares y gran parte de la sociedad paraguaya.
Doce años después, la presunta Justicia ya dictaminó que los asesinos no son los asesinos, y ya aceptó como plenamente válidas las surrealistas teorías de que las balas dieron la vuelta en la esquina y cayeron desde otra dirección, o que los Mártires de la Plaza se dispararon a sí mismos, así como también dictaminó que nunca hubo intentos de derrocar al estado de derecho en abril de 1996, ni en mayo de 2000. Los tanques de guerra nunca salieron a las calles, nunca hubo cañonazos contra la pared del Congreso, la realidad nunca existió y todos hemos sido víctimas de una alucinación colectiva
En vísperas del 12º aniversario del Marzo paraguayo, el corazón de doña Gladys Bernal tuvo su primera caída. Hace poco perdió a su marido, don Henry. "Lo que más siento es que haya muerto sin ver que se haya hecho justicia a nuestro hijo", reclama. Ella no lo pudo soportar, y debió ser internada de urgencia, víctima de un ataque cardiaco. Ahora aguarda convaleciente una próxima operación quirúrgica y el reemplazo de una válvula a su herido y luchador corazón.
Habrá que hacerle llegar un abrazo grande como el mundo. Habrá que pedirle que no se rinda, porque -aunque no queramos reconocerlo- necesitamos mujeres como ella, que sean nuestra memoria viva y mantengan encendidas las llamas de la utopía, para que no le roben la esencia al rebelde viento de Marzo. En algún lugar está esperando el Paraguay más libre, justo y solidario que los chicos de la plaza fueron capaces de imaginar, al punto de dar su vida por el sueño de hacerlo posible.

sábado, 8 de enero de 2011

Aniversarios

Este 5 de enero se cumplieron diez años del asesinato del periodista Salvador Medina. El 26 de abril se cumplirán veinte años del asesinato del periodista Santiago Leguizamón. Crímenes similares pero a la vez distintos, que unen sus aniversarios en este año del Bicentenario. Una misma realidad de inseguridad para el ejercicio del periodismo en el Paraguay, pero diferentes maneras de sentir la justicia y la impunidad, el olvido y la memoria.
Salvador Medina tenía 27 años de edad y lideraba la emisora comunitaria Ñemity FM, en Capiibary, San Pedro. Con su hermano Pablo, corresponsal del diario ABC Color en la región, realizaba una insistente campaña de denuncia contra la mafia del tráfico de rollos de madera, que aniquilaban los últimos bosques vírgenes.
El 5 de enero de 2001, mientras regresaba en una motocicleta, un hombre enmascarado salió de la espesura y le disparó a quemarropa, matándolo en el acto. Empezó una enrevesada investigación, que -aún con varios puntos cuestionables- obtuvo resultados inusuales. Se logró identificar al asesino, Milciades Maylin, quien fue condenado a 25 años de prisión. Sin embargo, Pablo Medina descubrió en 2005 que Maylin caminaba libremente por las calles. Supo entonces que el asesino se había “fugado” meses atrás de la cárcel de Villarrica, pero nadie se había molestado en comunicarlo.
Recapturado Maylin, reveló a Pablo el nombre de quien le encargó el asesinato de su hermano, un conocido político colorado de la región, ligado a las mafias, pero el juicio está varado en la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia desde hace más de cinco años, esperando se resuelva un pedido de revisión planteado por el defensor del detenido.
Esta semana, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) presentó en Miami una colección de videos sobre periodistas en situación de riesgo en Paraguay. Allí, Pablo Medina cuenta que sigue recibiendo amenazas de muerte y debe movilizarse custodiado por policías, y que en el caso de Salvador solo hubo “una justicia a media”, congelada en el tiempo.El otro caso, el de Santiago Leguizamón, director de Radio Mburucuyá, asesinado el 26 de abril de 1991 en Pedro Juan Caballero, es aún más grave. Santiago denunció a una rosca mafiosa con conexiones políticas con el poder -uno de cuyos socios de entonces hoy aspira a la presidencia de la República-, y lo pagó muy caro. A veinte años del crimen, no hubo un solo detenido, y permanece en la más absoluta impunidad. Sobre el caso Leguizamón volveremos con más detalles en próximos artículos.

viernes, 7 de mayo de 2010

Patria



“Son las paredes de un barrio, es su esperanza morena. Lo que lleva en el alma todo aquel cuando se aleja. Son los mártires que gritan: bandera, bandera... No memorices lecciones de dictaduras o encierros. La Patria es un sentimiento, como mirada de viejo. Sol de eterna primavera, risa de hermanita nueva. ¡Patria son tantas cosas bellas!”.

(Rubén Blades, “Patria”).



Hay un país que nos espera al otro lado de la niebla. Un país que todavía no conocemos y sin embargo extrañamos, cuya belleza no se puede pintar sobre el papel, porque su geografía pertenece al intangible territorio de los sueños.

Un país hecho con la madera de nuestras mejores utopías, e iluminado con el sol de nuestros recuerdos más felices. Incluso con los recuerdos de las cosas que todavía no sucedieron, como aquella Independencia que nació en una furtiva madrugada de mayo de 1811, pero todavía está en camino.

La Patria vive en ese viejo y querido trapo de colores que flamea libre contra el cielo, y algunos llaman bandera. Pero también en la mirada de ese niño de pies descalzos que espera junto a un camino polvoriento. Como hace casi doscientos años de soledad, simplemente espera…

La Patria vive en el canto de los chicos y las chicas de blanco, formando fila en el patio de la escuela o el colegio, mientras sus voces se quiebran en desafinadas estrofas: “Ni opresores ni siervos alientan, donde reinan unión e igualdad…”. Pero también en el eco de las risas, en los juegos de rebeldía que desafían los límites del sistema autoritario y dan rienda suelta a la imaginación creativa.

Patria de mi alegría y de mi duelo. Trueno entre las hojas, puñado de tierra, isla sin mar. Territorio del dolor y la esperanza, donde el aire todavía hiere los ojos de tanta belleza y transparencia. Nación de historia inconmensurable escrita todo el tiempo sobre la arena. Arpa desgranando trinos de campanas en medio de la selva. Guarania que brota desde abajo del suelo y se alza libre como una paloma. Desgarrada bandera rescatada por las manos de una mujer en medio de un campo de batalla. Una pluma que se hunde hasta el mango en el papel y escribe con sangre una historia nueva.

Patria. La palabra rohayhu pintada en los muros de una plaza. Ausencias que duelen. Guitarra en blancas noches de luna y amistad bohemia. Procesión de espectros en busca de la tierra sin mal. Niños pervertidos, poetas olvidados, políticos mentirosos, mafiosos al acecho, jueces en oferta, burócratas corruptos, mujeres de quebracho. ¡Y esta terca esperanza que no se rinde!

viernes, 31 de julio de 2009

El viento de agosto entre las ruinas


Llora el viento de agosto entre las desoladas ruinas.
¡Shsst…! Silencio. ¿Pueden escucharlo…?
Viento rebelde que envuelve los negros muñones de hierro y cemento, que acaricia los restos de irreconocibles objetos retorcidos entre los escombros, rescatando cuatrocientas historias humanas trágicamente interrumpidas hace cinco años.
Viento indignado que se detiene reverente ante el altar de las víctimas, para no apagar las débiles llamitas de las velas encendidas que chisporrotean en el aire húmedo, junto a esos nombres inmortalizados en ajadas fotografías y desgarradas letras de memoria.
¿Pueden escuchar como grita el viento de agosto entre las ruinas del infierno…?
En sus alas malheridas devuelve los ecos de aquel 1 de agosto de 2004, antes de las 11.20 de la mañana, cuando la vida todavía era vida, y la alegría cotidiana estallaba bajo el radiante Sol del domingo en el viejo barrio de Trinidad. Aire poblado de risas infantiles, olor a tallarines caseros y parrillas en el patio. Y aquel supermercado repleto de gente disfrutando de un alegre día en familia.
Y de pronto la explosión sorda… y el mundo que se quiebra en pedazos. Y los gritos, y las corridas, y ¡Dios mío! ¿Qué pasa...? ¡Humo, hay humo! ¡Hay que salir, rápido! ¡Carlitos! ¿Dónde está Carlitos? ¡Mamá, mamá…! No puedo… respirar. ¿Qué pasa, por qué se amontonan todos? ¡Dejen salir! ¡Las puertas…! ¡Están cerradas las puertas! ¡No… nooo…! ¡Abran, por Dios…! ¡Pa… pá… me duele! ¡Abran las puertas, desgraciados…! ¡No… pue… do… res… pirar! ¡Pa… pá…!
Grita el viento de agosto entre las ruinas del infierno.
Cinco años.
Cinco años tratando de curar heridas que ya no pueden sanar. Cinco años tratando de recomponer pedazos de vida fragmentada, buscando la identidad en cada resto u objeto sobreviviente. Cinco años de lucha y encuentro solidario, portando la foto del ser querido como una marca de fuego en el corazón, levantando la memoria herida como bandera de dignidad, buscando razones para la esperanza.
Cinco años de recorrer pasillos de tribunales cual incómodos fantasmas que reclaman justicia para la tragedia criminal más grande de la historia paraguaya. Cinco años de mirarle la cara a la miseria humana convertida en sistema de corrupción e impunidad.
Seamos todos hoy el viento de agosto.
Abracemos a las víctimas y familiares del 1A en una gran cadena de solidaridad que no pueda romper ni el tiempo, ni la soledad, ni la infamia.
Sin justicia no hay paz. Otro Ycuá Bolaños, ¡Nunca más!

miércoles, 1 de julio de 2009

La justicia kamba ra'anga


Montanaro vuelve al Paraguay, en silla de ruedas y con tapabocas (Foto: Juan Aguero). Su representación cómica a cargo de los kamba ra’anga de Itaguazú (Foto: René González).


No hubo necesidad de que el enmascarado y folklórico locutor en guaraní nombrara siquiera su nombre.
En la mágica noche de Itaguazú, en las cumbres de la agreste serranía de Altos, los guaikuru y los kamba ra’anga bailan una danza colectiva que evoca antiguos rituales de fuego, al son de la banda koygua, mientras la multitud apretujada en torno a la kancha kora aplaude y festeja cada representación cómica surgida del ingenio popular.
“¡Ahora llega un visitante famoso…! ¡Alguien que seguramente hizo muchas cosas malas en el pasado y que se fue del país cuando las cosas se pusieron bien feas…! ¡Pero aquí está de vuelta con nosotros…!”, exclama en lenguaje aborigen la voz impostada del locutor con máscara de travieso duende.
Entre el murmullo multicolor de la fiesta popular se abre paso una grotesca figura en silla de ruedas, escoltada por otras siluetas igualmente enmascaradas.
Se produce un repentino silencio. Un momento muy breve en que el inconsciente colectivo rescata de la memoria la otra imagen: la original, la que se registró en la madrugada de ese viernes 1 de mayo de 2009, en los corredores del Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi, cuando aquellas fotografías e imágenes en video le mostraron al mundo que el ex ministro del Interior y victimario mayor de la dictadura stronista, prófugo de la Justicia, Sabino Augusto Montanaro, había llegado sorpresivamente, anciano y enfermo, con la intención de morir en su patria.
No hubo siquiera necesidad de nombrar su nombre. Bastó la caricatura de aquella imagen que se multiplicó en las pantallas de la televisión, en las portadas de los diarios y en los sitios web de noticias.
Aquel anciano de siniestra historia, conducido en silla de ruedas, con un tapabocas que le cubría el rostro, volvía a revivir en forma de farsa por un kamba ra’anga enmascarado, vestido con una tosca túnica hecha de bolsas de tela, trasladado en su silla por otros personajes aun más grotescos, en medio de la hilaridad y los gritos de jolgorio de la muchedumbre, mientras era paseado en una caravana, sometido a estrambóticas caídas, golpes y gritos de burlas.
“Oú jey Montanaro (El regreso de Montanaro)” se convirtió en la representación cómica más celebrada y exitosa en la tradicional fiesta de San Pedro y San Pablo, en la compañía Itaguazú de Altos, durante las noches del 28, 29 y 30 de junio.
En la representación anónima de la comedia popular, con sus identidades difuminadas detrás de las máscaras, los jóvenes pobladores campesinos asumen la corporización de un anhelo colectivo. Y mientras el verdadero Montanaro sigue evadiendo el justo castigo gracias a los resquicios de una Ley que él nunca supo cumplir ni respetar, su otro yo caricaturizado en la leyenda ritual de Itaguazú recibe la condena social de la burla y el escarnio público.
Es la justicia kamba ra’anga.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal

Pedro Juan Caballero, verano de 1985.
Desde la ventanilla, la ciudad se extendía como un árido sueño difuminado entre remolinos de tierra roja.
El ómnibus me dejó frente a un céntrico hotel, en la zona más turbulenta junto a la línea divisoria. La tarde empezaba a caer y el aire parecía impregnado con un denso olor a barricada. Me instalé en una habitación y pedí un teléfono. Busqué el número del corresponsal que alguien me había apuntado en un papel. Me habían dicho que se trataba del director de una radio local.
El papel decía: 2598, Radio Mburucuyá, Santiago Leguizamón.
Una voz grave y enérgica me respondió desde el otro lado del tubo. Le expliqué que acababa de llegar, enviado por el diario para realizar una serie de notas periodísticas, y que necesitaba su ayuda. Me preguntó donde estaba alojado y le di el nombre del hotel. Entonces, con un tono imperativo que en principio me asustó, me ordenó que recogiera inmediatamente mis cosas y lo esperara a la entrada.
-Vas a venir a la radio –me dijo-. No voy a permitir que un colega quede abandonado en ese antro de pandillaje.
Toda protesta fue en vano. Quince minutos más tarde, un hombre corpulento y burlón preguntaba por mí en la recepción. Allí empecé a conocerlo, sin presagiar todavía que me encontraba frente a la dimensión de una leyenda.

* * * *

En esa época, el local de Radio Mburucuyá no era más que una pequeña casa de tablas construida en medio de un enorme terreno baldío, casi en las afueras de la ciudad, a unos setecientos metros de la “terra de ningueim” (tierra de nadie), como llaman los lugareños a ese mundo entre dos países que es la frontera seca paraguayo-brasileña.
Una precaria torre de metal que bailaba con las ráfagas del viento norte le servía de antena. Más de una vez la estructura fue derribada por las tormentas, pero a los pocos días estaba otra vez levantada, desafiante, irradiando su mensaje transgresor.
Adentro, en un pequeño estudio armado con equipos que parecían sacados de un museo, Santiago Leguizamón ofrecía cotidianamente su programa Puertas abiertas, un espacio de libre comunicación que abarcaba todo el territorio de la mañana, tejiendo una amplia red de información y solidaridad, mas allá del constante sobresalto de vivir en la frontera.
Me impresionó encontrar esa línea periodística tan claramente crítica y comprometida con el cambio en una radioemisora del interior, sobre todo en una zona tan marcada por la corrupción y la violencia como el Amambay. En medio de la tormentosa niebla represiva de la dictadura, Santiago había logrado encender una luz de esperanza para toda la ciudadanía honesta de Pedro Juan Caballero, con la que se identificaron decididamente quienes deseaban convertir esa comarca del terror en un espacio de integración y convivencia solidaria.

* * * *

-¿Por qué Radio Mburucuyá es prácticamente una excepción con respecto a las demás radios del interior? –le pregunté una mañana, mientras tomábamos mate en el estudio, antes de empezar la transmisión.
-El secreto es muy sencillo –me respondió-. Para mí, el micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal.

* * * *

Su dormitorio estaba instalado en una habitación contigua al estudio de la radio. Allí, al lado de la suya, en forma permanente había dos o tres camas disponibles “para los atorrantes que siempre caen de visita”. Le gustaba compartir su casa, su vida y su trabajo, como si la entrega hacia los demás fuera su mejor forma de ser feliz.
Como empresario era buen periodista. Pasaba avisos radiales que nunca se facturaban, porque eran pedidos de sus múltiples amigos o correspondían a algún servicio social. Allá por el 88 se le ocurrió la idea de instalar un “negocio anexo” a la emisora, un lavadero automático para vehículos, que resultó en un rotundo fracaso. Allí quedaron las costosas instalaciones, sub utilizadas para lavar los “móviles” de la radio, que se reducían a una camioneta, una citroneta destartalada, una moto y algunas bicicletas.
Desde 1990 había comenzado a editar Mburucuyá Revista. Perdía plata, pero no le importaba.
-Si quisiera volverme millonario, vendería la radio y me dedicaría al contrabando –me dijo una vez-. Me resultaría tremendamente fácil, porque conozco a todos los mafiosos de la zona.

* * * *

Conocía a la mafia, sí. Pero desde el otro lado de las barricadas de combate, que había comenzado a edificar con sus palabras aceradas, defendiendo a golpes de claridad el nebuloso sueño de la democracia.
Cada vez que uno de sus móviles llamaba para informar que había amanecido un cuerpo acribillado en medio de la línea divisoria, Santiago se indignaba porque daban la noticia como quien informa sobre el estado de tiempo.
“No podemos resignarnos a aceptar el crimen en Pedro Juan como parte de la vida cotidiana. Cada asesinato tiene que seguir siendo un motivo de escándalo”, exhortaba en sus programas.
Una de sus frases favoritas era la que se atribuye a San Juan Crisóstomo y que estampó con letras visibles en el primer número de Mburucuyá Revista. La frase dice: “Hay que temer más el escándalo que produce el silencio, y no el escándalo que proviene de la verdad revelada”.

* * * *

Vivir bajo constante presión y recibiendo continuas amenazas no le impedía derrochar su espíritu farrista y dicharachero. Le gustaba organizar asados en el patio de la radio, compartir el whisky, la cerveza o la caipirinha. Acudía casi todos los días a almorzar en su lugar favorito: el “Pato Restaurante”, propiedad de uno de sus amigos más queridos, Julio Cesar Acosta, entonces presidente de la Liga Deportiva del Amambay, quien se negaba a cobrarle la cuenta a pesar de sus continuas protestas.
“La feijoada que preparan en el Pato es lo mejor de Pedro Juan y Ponta Porá”, solia propagar. Precisamente, ese trágico viernes del 26 de abril de 1991, Santiago se dirigía al mismo local para celebrar el Día del Periodista con sus amigos y toda la gente de la radio, cuando la muerte lo esperó en una esquina. Desde entonces, en el Pato quedó un lugar vacío junto a una mesa que ya nunca nadie podrá llenar.

* * * *

En principio se burlaba de las amenazas de muerte y los avisos que le hacían llegar los mafiosos. Aquella mañana, horas antes de su muerte, le dijo a Humberto Rubín: “Prefiero la muerte física a la muerte ética”. Llevaba un revólver en la guantera, más para tranquilizar a sus amigos que como verdadera medida de precaución. Aceptaba la compañía de su fiel e incondicional secretario Pedro “Carapé” Cabral, no tanto por seguridad, sino para tener a álguien que oyera sus plagueos.
La ultima vez que lo vi fue dos meses antes de su muerte, cuando pasó por la redacción del diario a dejarme los últimos ejemplares de su revista. Me contó que un conocido industrial yerbatero de Pedro Juan le había dicho: “Cuidate, porque te van a matar”.
Recuerdo que en esa ocasión le pregunté algo que ya varias veces le habíamos cuestionado con otros colegas: si valía la pena ese estilo de “periodismo kamikaze” que él ejercía con tanta audacia en esa región donde no hay policías ni jueces que te puedan proteger. Recuerdo que hubo un largo silencio, antes de que me respondiera con otra pregunta: “¿Y te parece que hay otra manera...?”.

* * * *

Cuando se supo la trágica noticia, me encontraba con los colegas Héctor Guerín y Oscar Torrents en Ciudad del Este, en una conferencia con los estudiantes de periodismo, y recuerdo que ninguno supo qué decir. Nos quedamos largamente en silencio, juntando bronca y dolor
Después vinieron las marchas, el sepelio desgarrador, la indignación, las promesas del presidente Rodríguez: “No descansaremos hasta atrapar a los asesinos”. El rostro de Santiago multiplicado en pancartas y volantes. Santiago con alas de ángel dibujado por Casartelli. Santiago estatua de bronce gracias a Herman Guggiari. Santiago convertido en nombre de una calle. Santiago premio de periodismo. Santiago en los informes internacionales sobre derechos humanos. Santiago ritual de encuentro cada 26 de abril, con flores, discursos y velas encendidas. Santiago grito, canción, proclama, símbolo vivo, espina lacerante.
Y por detrás de todo, una realidad cruel: el caso Santiago Leguizamón es el patético ejemplo de la inoperancia del trabajo policial y judicial en el Paraguay.

viernes, 2 de noviembre de 2007

En el país del no me acuerdo


“En el país del no me acuerdo
doy tres pasitos y me pierdo
un pasito para allí
no recuerdo si lo di
un pasito para allá
!ay, que miedo que me da!
En el país del no me acuerdo

doy tres pasitos y me pierdo
un pasito para atrás
y no doy ninguno más
porque yo ya me olvidé
donde puse el otro pie.”
(Una canción infantil de María Helena Walsh, escritora, poeta y cantautora argentina)

El 22 y el 23 de abril de 1996: ¿Será que existieron realmente esos dos días en el calendario? ¿O acaso fueron tragados por alguno de esos agujeros negros en el tiempo, como los que imagina con genial delirio el gran maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick?
Recuerdo bien aquella tarde, hace más de once años, cuando un colega de la sección política me contó el rumor que incendiaba el país: El entonces comandante del Ejército, general Lino Oviedo, se había peleado con el presidente Juan Carlos Wasmosy y amenazaba con dar un golpe de Estado.
Recuerdo bien esa larga jornada de adrenalina pura en la Redacción de ÚH. Carreras de periodistas y fotógrafos. Teléfonos que no paraban de sonar. El comunicado del embajador norteamericano que confirma la noticia. Las interminables guardias de prensa frente al destacamento de la Caballería. La renuncia de Wasmosy al cargo de presidente de la República firmada en un trozo de papel blanco. La presión de los países del Mercosur y la visita del secretario general de la OEA, César Gaviria. La gente en las calles, los primeros jóvenes carapintadas que iniciaban una larga vigilia democrática en las plazas del Congreso, la salvaje represión de la policía. ¿Ahora resulta que todo fue mentira, que nada de eso fue verdad? Aquella foto del diputado Marcelo Duarte con la sangre que le manaba de la cabeza por el bastonazo de un casco azul, ¿era solo salsa de tomate? ¿Todo no pasó de un grave fenómeno de alucinación colectiva, como uno de esos sueños nebulosos y recurrentes de Denzel Washington en la película Deja Vu?
En la estupenda novela Cien años de Soledad, el escritor colombiano Gabriel García Márquez cuenta cómo una misteriosa enfermedad llamada “la peste del olvido” se abate sobre los pobladores de Macondo y nadie consigue recordar lo que pasa. ¿Será que el Paraguay es Macondo y escribe su historia sobre la arena? ¿Se han contagiado con la peste del olvido los ministros de la Corte Suprema de Justicia que esta semana borraron con el codo lo que habían escrito antes con la mano, al sentenciar que la realidad nunca existió, y que el general Lino Oviedo nunca intentó alzarse contra el Estado de Derecho, y que por lo tanto está libre de toda condena judicial, libre para ser candidato a presidente de la República, como quiere el Tendotá?
¿Se han contagiado también con la peste del olvido el presidente, los ministros, la mayoría de los diputados y senadores, algunos colegas periodistas y analistas que escribieron sobre el intento de golpe de abril de 1996, pero que hoy meten las manos en los bolsillos y silban bajito mirando al cielo, mientras los intereses políticos pasan como con una topadora por sobre la institucionalidad, la credibilidad y la independencia de la Justicia en el Paraguay?
El problema no es Lino Oviedo. Si no fuera porque no puede explicar coherentemente el origen de su cuantiosa fortuna, o porque no se han podido despejar las sospechas sobre su participación en el asesinato del vicepresidente Argaña y de los jóvenes del Marzo Paraguayo, Oviedo sería un fascinante fenómeno político, un interesante personaje para una novela de realismo mágico latinoamericano. Y sí, hay que reconocer que así como pudo ser victimario de libertades públicas y derechos civiles, también fue víctima y prisionero de una mafia político-económica, y hoy está de vuelta, renacido, casi imparable, otra vez convertido en protagonista estrella de la escena política, potencial candidato a presidente del Paraguay.
El problema es lo que se juega detrás de todo esto: la perversión del sistema democrático, la consagración de la impunidad y de la Justicia instrumentada por el poder político, la corrupción fortalecida, la oposición complaciente o vendida, las esperanzas ciudadanas de un cambio democrático cada vez más lejanas aunque todavía latentes.
Y frente a eso, la grata comprobación de que todavía hay mucha gente que se resiste a sucumbir a la peste del olvido y a convivir en el país del no me acuerdo.

jueves, 16 de agosto de 2007

Adiós al Tiranosaurio


Así luce hoy la tumba de Alfredo Stroessner, en el cementerio Campos da Esperança, de Brasilia.(Foto: René González).


A un año de la muerte del ex dictador Alfredo Stroessner

Hace un año, el miércoles 16 de agosto de 2006, el ex dictador Alfredo Stroessner falleció en un hospital de Brasilia. Gracias al dato proveído por una fuente anónima del entorno familiar, fuí el primer periodista en llegar a Brasilia, el domingo 13, con el camarógrafo Rufino Recalde, de Telefuturo. El martes 15 se nos unieron la colega Francisca Pereira y el fotógrafo Claudio Ocampos, de La Nación, y Rolando Rodi, de Canal 13, con quienes establecimos un solidario grupo de trabajo durante toda la cobertura.
El primer día de mi llegada hice amistad con una persona dentro del Hospital Santa Luzia, donde estaba internado el ex dictador, quien en los sucesivos días me proveyó de valiosa información "of the record". Tal como lo habíamos combinado, a pocos minutos de que se produjo el deceso, mi fuente, a quien bauticé como "El Ángel", me llamó al celular y me dijo simplemente: "Ya se foi" (Ya se fue).
Así me convertí en el primer periodista en enterarse del fallecimiento. Le pasé el dato a mis colegas de la Agencia Reuters de Brasilia, que me habían ayudado mucho, y fueron quienes dieron la noticia al mundo. Al día siguiente del sepelio, con Rufino regresamos a visitar la tumba de Stroessner, que lucía desolada y llena de flores marchitas. Esta es la crónica que surgió en esa oportunidad:


La tumba estaba allí, en medio de la desolada vastedad del cementerio Campos da Esperança, en Brasilia.
Unas finas lozas de cemento la recubrían, al fondo de la fosa todavía abierta, por cuyos huecos se podía divisar el ataúd lustroso reposando en la fría penumbra de la bóveda, con los restos de quien alguna vez fue el todopoderoso dictador del Paraguay.
Eran las 10.22 del día viernes 18 de agosto de 2006, el día después del discreto y casi solitario sepelio de Alfredo Stroessner Matiauda, a quien el gran escritor Augusto Roa Bastos bautizara, con certera precisión literaria, como El Tiranosaurio.
Con el camarógrafo Rufino Recalde, de Telefuturo, habíamos resuelto volver al sitio, esperando hallar a algún familiar o seguidor del ex tirano encendiendo velas ante la tumba. Pero no había nadie. Solo las anónimas coronas de flores del día anterior marchitándose sin remedio a un costado y una nube de insectos sobrevolando la fosa polvorienta. Ni familiares, ni guardias, ni cuidadores, ni lápida con nombres, ni velas encendidas, ni flores renovadas.
¿Eso era todo...? ¿Esa tumba desolada y aún abierta era todo lo que quedaba de quien fue el todopoderoso amo y señor del Paraguay durante 35 años? ¿Qué se hizo de toda su gloria tiránica, de su poder arbitrario, de sus ejércitos que sembraban terror, de su legión de fanáticos aduladores, de su compleja red de pyragués? ¿Qué se hizo, general, de tu oscura leyenda? ¿Soñaste alguna vez con este triste y solitario final?

El fin de una historia
Los periodistas ansiamos estar en el lugar de los hechos que marcan la historia de un país, ser observadores directos de un momento crucial para contarlo como solo un comunicador puede hacerlo.
El gran John Reed como cronista de las revoluciones mexicana y rusa; Truman Capote y la violencia del medio oeste americano; Arturo Pérez-Reverte y sus informes desde Sarajevo bajo las bombas; John-Lee Anderson contando la invasión a Irak; Jorge Lanata y sus artículos desde la zona de guerra entre Hizbolá e Israel.
Al igual que muchos colegas, en mi vida profesional me tocó ser cronista de momentos álgidos en la historia contemporánea del Paraguay, pero nunca imaginé que tendría la oportunidad de ver morir de cerca al ex dictador en su lujoso y solitario exilio.
Sábado 12 de agosto, a las 21.50. Una llamada telefónica de Oscar Ayala, jefe de Redacción de Última Hora, interrumpe el inicio de una prometedora noche de diversión: "¿Podés viajar a Brasilia esta madrugada? Dicen que Stroessner está a punto de morir".
Maletas apresuradas, gestiones, contactos, pasajes, viáticos, adioses, un vuelo somnoliento al amanecer. Poco después del mediodía del domingo 13 éramos los primeros periodistas paraguayos que llegaban al Hospital Santa Luzia, en Brasilia, donde el ex general de 93 años, acusado de haber causado directamente el asesinato y la desaparición de más de 400 compatriotas, agonizaba acribillado de agujas y conectado a un respirador artificial, convertido en un anciano esquelético de apenas 45 kilos.

La tumba de la conciencia
Se fue, como si nada. A las 11.20 del miércoles 16 de agosto, su debilitado corazón dejó de latir, vencido por la infección pulmonar, por el peso de los años, por la certeza de que nunca más iba a pisar el suelo que lo vio nacer, a no ser que aceptara rendir cuentas ante la Justicia.
Fue contradictorio pasar esa noche en vela frente a la mansión del exclusivo barrio Lago Sur, junto a los colegas brasileños, observando el hermético y desolado velorio, el paso apresurado de los pocos que llegaban tratando de huir de los flashes de prensa, como si tuvieran vergüenza de ser vistos. ¿Será que la tenían?
Después, el reducido cortejo, la silenciosa lenta marcha por las frías autopistas de Brasilia hasta ese cementerio polvoriento bajo las últimas luces del atardecer. Los discursos nostálgicos. La flor y el puñado de tierra. El final de todo.
Ahora estoy aquí, el día después, solo ante la tumba del Tiranosaurio, cobrándome cuentas en nombre de quienes no pueden estar, preguntándome si acaso será también la tumba de la conciencia, la tumba de las ilusiones de todas sus víctimas de que alguna vez se haga justicia, la tumba de las esperanzas de que alguna vez se recupere todo lo robado.