viernes, 28 de marzo de 2008

Agua que no has de beber... reclámala a los candidatos


A eso de las diez y media de la mañana, las canillas del baño y la cocina de la Redacción Regional de Ultima Hora, en el barrio Catedral de Ciudad del Este, empiezan a emitir un agudo y estridente silbido que se parece al de una vieja locomotora, de la época en que este país todavía tenía un ferrocarril.
A continuación el sonido es reemplazado por unas sacudidas espasmódicas de toda la cañería, como si tuviera un súbito ataque de epilepsia, seguido de un lúgubre gorgoteo tipo garganta de ultratumba, de esas que se oyen en las películas de terror clase B.
¿Poras, pomberos, poltergeist…? ¿Algún alma en pena en busca de un reportaje periodístico…?
No, nada de eso. Es solo la señal inequívoca de que el sistema de distribución de la Empresa de Servicios Sanitarios del Paraguay (ESSAP) está entrando en su cotidiana parálisis. Desde ese momento, por más que uno prenda velas y rece a todos los santos, o se ponga a bailar la danza de la lluvia, no conseguirá que salga una sola gota de agua, quién sabe hasta qué hora.
De nada sirve que uno llame por teléfono a la sección reclamos de la compañía aguatera. El número da casi siempre ocupado. Y si por casualidad consigue que le de libre, el timbre suena una y otra vez, sin que nadie se moleste en levantar el auricular del otro lado de la línea.
Ante reclamos periodísticos, los directivos de ESSAP siempre dan la misma archisabida explicación que vienen repitiendo como disco rayado desde hace años: “El Lago de la República está con poco agua… ¿qué culpa tenemos si hace rato que no llueve?”.
Mientras, en el asentamiento 23 de octubre se asiste a la dramática escena de mujeres y niños deambulando con sus baldes para mendigar un poco de agua a los vecinos. En el barrio San Agustín hay 200 familias que llevan un mes con sus pozos secos, y salen todos los días a mirar a la calle, esperando que el camión cisterna municipal les traiga algo del líquido vital, que apenas alcanzará para beber y cocinar. El aseo personal es todo un lujo. Lo mismo pasa en 16 barrios a los que la municipalidad provee de agua diariamente.
Así, los pobladores de Ciudad del Este y varias localidades del Alto Paraná (solo el 2% de los 700 mil habitantes tienen servicio de Essap) podemos experimentar en carne propia una moderna versión del suplicio de Tántalo, aquel personaje de la mitología griega aprisionado junto a un manantial de agua fresca de la que no podía beber una sola gota, condenado eternamente a padecer de sed.
Al igual que Tántalo, los esteños vivimos a orillas del Paraná, uno de los más caudalosos del mundo, muy cerca de otros importantes ríos como el Monday, el Yguazú, el Acaray, e incluso tenemos a mano el llamado lago de Itaipú, de 1.400 kilómetros cuadrados y 29 millones de metros cúbicos de agua… y sin embargo seguimos tomando de un charco estancado, que además de secarse a cada rato, recibe los residuos contaminantes de las cloacas de la ciudad.
¿Cuesta tanto dinero tirar un caño y alzar agua del Paraná? Si, claro: entre 300 a 500 mil dólares, según uno de los más recientes estudios técnicos. Pero… ¿qué es esa cifra frente a los millones que Itaipú gasta en la campaña electoral oficialista, disfrazada de asistencia social?
Hace poco más de dos años, cuando el entonces intendente Javier Zacarías Irún, y el entonces director de Itaipú, Víctor Bernal, aún eran socios y compadres políticos, presentaron juntos un plan de extracción de aguas del río Paraná, que se anunció como la gran solución. Pero Bernal y Zacarías se pelearon en vísperas de las elecciones internas del coloradismo y el proyecto se fue al tacho. Bernal acusó que Zacarías pretendía realizar “un gran negociado” con el tema del agua, y el ex intendente dijo que la escasez era culpa del Gobierno de Nicanor.
Ahora, en vísperas de elecciones, cuando la falta de agua nuevamente hace sufrir a muchos esteños, los actuales directivos de Essap e Itaipú anuncian un nuevo proyecto para extraer agua del río Paraná. Naturalmente, para que puedan llevarlo a la práctica, uno tiene que votar por el nicanorismo. ¿Será verdad tanta mentira?

domingo, 23 de marzo de 2008

Guerrilla en el Norte


Germán Aguayo tenía 28 años, era moreno, de rasgos campesinos, complexión atlética, y se hacía pasar como agricultor en la chacra de Santiago Aguirre, en un bucólico paraje del asentamiento Sanguina Cué, San Pedro.
A un vecino le llamó la atención el intenso movimiento en la casa. Personas extrañas que entraban y salían, hombres y mujeres que trotaban y hacían ejercicios. Transmitió sus sospechas a la comisaría.
El miércoles 16 de julio de 2003, policías de Santa Rosa del Aguaray acompañaron a los fiscales sampedranos Antonio Bernal Casco y Arnaldo Giuzzio a verificar el lugar. Fueron recibidos a balazos. Los policías respondieron al fuego. Uno de los moradores cayó muerto, los demás huyeron y una mujer prefirió entregarse, porque se hallaba con sus dos pequeños hijos. En la casa se halló un impresionante arsenal de armas, explosivos y equipos de comunicaciones.
Para sorpresa de los fiscales, la mujer no era otra que Carmen Villalba, buscada por la Justicia bajo la acusación de participar en el secuestro de María Edith de Debernardi. El nombre del campesino acribillado, Germán Aguayo, fue consignado en las crónicas periodísticas y luego se perdió en la hojarasca del olvido.
Casi cinco años después, el nombre reapareció en panfletos hallados en la estancia del sojero brasileño Naborth Boht, en Curusú de Hierro, Horqueta, luego de que desconocidos atracaron el establecimiento, el miércoles 12 de marzo, para incendiar un camión, dos tractores, una cosechadora, un depósito y herramientas. Las pinturas en las paredes y los panfletos decían: “Comando Germán Aguayo del Ejercito del Pueblo Paraguayo (EPP). Tierra a los campesinos paraguayos. Quienes matan al pueblo con agrotóxicos pagarán de esta manera”.
Hubo sonrisas escépticas en corrillos políticos y debates de café: ¿Guerrilleros en el Paraguay, en pleno Siglo Veintiuno? Suena a novela de ficción, a realismo mágico, a teleserie tercermundista. Será otro invento del Gobierno para distraer la atención ante los problemas sociales. Será una maniobra para empañar las elecciones.
La emergencia del grupo ya había sido anunciada el 18 de abril de 2006, durante el ataque e incendio de la comisaría de Hugua Ñandu, Concepción, cuando el “comandante Alexander” (identificado como Osvaldo Villalba, hermano menor de Carmen) le gritó al suboficial de policía Leonardo Cabrera: “¡Decile a tu Nicanor que apenas estamos empezando!”.
La génesis de esta surrealista historia se remonta a 1982, cuando cuatro jóvenes abandonan el Seminario para crear el Movimiento Monseñor Romero y reclutar compañeros. En diciembre de 1987, seis caen presos, descubiertos al cavar un túnel para robar el Banco Nacional de Fomento, en Choré, San Pedro, y son condenados a dos años de cárcel.
En 2002 se los vincula con el secuestro de María Edith de Debernardi. En 2005 con el secuestro y asesinato de Cecilia Cubas. Y mientras algunos son procesados y condenados por estos crímenes, surgen evidencias sobre una columna de hombres armados con uniforme militar que se desplaza a través de los campos y montes de Caaguazú, San Pedro y Concepción.
Descubiertos en febrero de 2006 en la remota localidad de Puentesiño, acribillan al suboficial Oscar Noceda y otra vez desaparecen. El intenso rastrillaje policial y militar no logra hallarlos, hasta que el reciente episodio en Horqueta ya los identifica con nombre y logotipo.
Por primera vez la procesada Carmen Villalba oficia de vocera desde la prisión y reconoce que se trata de “una organización revolucionaria político militar”, de principios comunistas, marxista-leninistas, con un toque de nacionalismo inspirado en Francia y el Mariscal López.
El Ministerio del Interior insiste en que son solo delincuentes comunes. La Fiscalía los considera secuestradores. Pero son mucho más que eso. El presidente Nicanor trata de asociarlos al candidato opositor Fernando Lugo. Y desde el entorno de Lugo se acusa que Villalba y su grupo son instrumentados por el oficialismo colorado.
Las referencias indican que se trata de una columna de 10 o 20 hombres y mujeres, pero cuentan con cierto apoyo de sustentación en miembros de organizaciones campesinas y sociales.
El Paraguay no deja de sorprender. Como si no fuera suficiente tener como principales candidatos en estas elecciones a un ex obispo metido a político, a un general mesiánico y a una maestra disfrazada de caudilla, ahora surge la incógnita sobre un grupo armado que desde las soledades del Norte insiste en presentarse como guerrillero.

viernes, 7 de marzo de 2008

Historias de dos mujeres


Marzo de 1869. El Paraguay se desangra en los estertores de la cruel Guerra de la Triple Alianza. Una procesión de casi dos mil espectros andrajosos, mayoritariamente mujeres, junto a ancianos y niños, ingresa a paso tambaleante por la única calle polvorienta de Yhú, entonces una aldea de poco más de veinte casas entre los montes del Ka’aguazu.
Tras puertas apenas entreabiertas, los pobladores observan esa irrupción indeseable. Todos han recibido la orden de no acercarse a las recién llegadas, las tristemente célebres “destinadas”, acusadas de traición a la patria, presuntamente por conspirar con el enemigo para derrocar al mariscal Francisco Solano López, o simplemente por ser esposas o familiares de los ajusticiados en los tribunales de sangre de San Fernando.
Hija de una distinguida familia yhuense, María Ana Paredes Villagra no puede contenerse al ver esos rostros afligidos que desfilan con un mudo grito de súplica en las miradas. Una anciana tropieza y cae al suelo. María Ana levanta el pesado cántaro con agua y sale al encuentro de las desterradas. Se arrodilla junto a la matrona caída y le acerca un cuenco a la boca, mientras le moja la frente con la punta de su chal humedecido.
Un soldado casi tan flaco como sus prisioneras corre hacia ella con su pesado fusil en ristre, pero María Ana se levanta, altiva, desafiante. El soldado retrocede. La anciana matrona se incorpora y se apoya en ella, con una suave sonrisa.
Durante los seis meses en que las “destinadas” son mantenidas en Yhú, María Ana enfrenta el miedo y los prejuicios de sus compueblanos para tender un puente de solidaridad y auxilio humanitario. Soporta con altivez las amenazas, proveyendo alimentos, medicina y consuelo a las parias de la guerra, con la creciente adhesión de otros yhuenses.
El 18 de setiembre de 1869 llega la orden de que las “destinadas” sean evacuadas a Espadín. La legión de espectros harapientos se pone en marcha hacia la última estación del calvario. Madame Dorotea Duprad de Lasserre recuerda a María Ana, altiva y solidaria, despidiéndolas al frente de los pobladores de Yhú como un ángel difuminado tras una nube de polvareda.
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Marzo de 1980. Lidia Barreto de Portillo, Ña Atala, se remanga el vestido y se dispone a arrinconar los muebles de su casa, en Asunción, para dar origen al Hogar Albino Luís.
Nacida en Yhú, en el mismo olvidado pueblo que un siglo atrás conoció el anónimo heroísmo de su compueblana María Ana, esta humilde mujer campesina llegó a la capital para estudiar enfermería y obstetricia con el fruto del sacrificio familiar.
En Asunción, Lidia Barreto se casa y en setiembre de 1961 da a luz a Albino Luis, quien nace con retardo mental y dificultades físicas. Sufre en carne propia el rechazo y la discriminación, la falta de lugares en donde brindar atención a los chicos con necesidades especiales. Entonces, ella decide transformar su hogar en El Hogar.
En una cruzada al principio solitaria, pero que de a poco va ganando a otros voluntariosos quijotes, Ña Atala emprende el rescate de los abandonados por ser diferentes. A un niño lo encuentra atado con cadenas a un árbol. Los libera y los trae a su casa, para brindarles techo, comida, educación, cuidados médicos especializados, rehabilitación y, por sobre todo, amor.
Golpea mil puertas, organiza mil ferias y actividades para conseguir fondos y ayudas. Encuentra tiempo para fundar el Centro Yhuense de Residentes en Asunción, para ayudar a su nunca olvidada patria chica.
Crea dos hogares más, y junto a su querido Albino Luis llega a tener muchos otros hijos, quizás no de su sangre, pero si de su alma. Con el cuerpo cansado, aunque con el espíritu imbatible, Ña Atala termina de entregar su vida y fallece a los 86 años de edad. Su legado sobrevive como una luz en medio de la oscuridad.
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(En mi querido pueblo natal, Yhú, muy pocos conocen las historias de estas dos admirables mujeres. Hay calles que llevan nombres de lejanos héroes, pero ninguna evoca a estas dos dignas hijas de la comunidad. En el Día Internacional de la Mujer escribo sus vidas como un pequeño homenaje a la memoria).

viernes, 22 de febrero de 2008

La fiebre arco iris de la solidaridad


Llegaron apretujados como sardinas en la carrocería de un camión de carga que les prestó la Policía, en medio de estruendosas carcajadas y bromas en guaraní, como si en realidad estuvieran dirigiéndose a disfrutar de un partido de fútbol o de una fiesta patronal, llamando la atención al centenar de personas que formaban una larga y paciente fila a la espera de ser vacunadas contra la fiebre amarilla en el patio del Hospital Regional de Ciudad del Este.
Llegaron con sus machetes, azadas, “foisas” (hoces), rastrillos, typycha ñana (escobas caseras hechas de ramas), bolsas para juntar basura, pinceles, latas de pintura de cal. Fue este martes 19, cerca de las 9 de la mañana. Eran unos 150 hombres, mujeres, jóvenes y niños, de aspecto campesino, rostros oscuros y curtidos, pieles quemadas por todos los soles de la frontera.
Llegaron con todas sus ganas, con el ánimo bien dispuesto. Al ver la gran cantidad de bolsitas de plásticos, botellas vacías de gaseosa y otros desperdicios que estaban tirados sobre el pasto, uno de los campesinos más viejos no pudo reprimir la burla en guaraní: “¡Ajepa i puerco ko’a ciuda gua! (¡verdad que son cochinos estos habitantes de la ciudad!”).
Saludaron a los directivos del Hospital y rápidamente se pusieron a trabajar. Atentos a las indicaciones claras y precisas de sus dirigentes, se distribuyeron por todo el terreno que rodea al centro sanitario, y al poco rato estaban iniciando la limpieza al unísono, como un silencioso y eficaz ejército civil, barriendo, rastrillando, cortando la maleza, recogiendo hasta el más pequeño papelito, pintando cada muralla y cada piedra del lugar con la cal blanca y brillante.
Curiosos, los que esperaban en la larga cola para la vacunación les preguntaron quienes son. Y Juan Antonio Martínez, el presidente del Consejo de Desarrollo Rural de Agricultores Mingueros (Codrani), les relató con cierto tono de orgullo que son pobladores y pobladoras del Kilómetro 30 de la ciudad de Minga Guazú, Alto Paraná, que han decidido hacer honor al nombre de su comunidad, y que desde hace varios años se dedican colectivamente a realizar mingas ambientales de limpieza en casas, calles, plazas, parques y todos los espacios que pudieran servir de criadero al mosquito Aedes aegyptis o a cualquier otra alimaña.
“Somos Los Mingueros de Minga, y no estamos dispuestos a permitir que un miserable mosquito le haga daño a nuestros hijos. Nosotros ya nos habíamos vacunado todos, absolutamente todos, cuando vino la primera campaña contra la fiebre amarilla en el año 2003. Ahora nos dedicamos a hacer limpieza y ayudar a otra gente que necesita”, se ufanaba Martínez.
Para el mediodía, antes de acabar la jornada vacunación, ellos y ellas ya habían concluido la limpieza de todo el sector, y se sentaron a disfrutar de un frugal almuerzo que dos señoras del grupo prepararon en una olla popular. Después recogieron sus herramientas y ordenadamente subieron al mismo camión policial, siempre alegres y bromistas, y emprendieron el regreso a sus casas, dejando detrás de sí un hermoso regalo: el terreno alrededor del Hospital limpio, arreglado y reluciente.
Fui uno de los que se quedaron gratamente sorprendidos por la escena. Desconfiado, quise indagar que había detrás, en donde estaba la oculta maniobra partidaria, quien era el caudillo agazapado que intentaba sacar rédito electoral de esa acción, pero los colegas altoparanaenses me dijeron que el Codrani es una organización fundamentalmente gremial, cuyos integrantes son conocidos y respetados por su forma de trabajar colectivamente, por su espíritu altruista y solidario.
No sé… Podría escribir tantas cosas sobre la tremenda inutilidad demostrada por el ministro de Salud y el Gobierno Nacional para hacer frente a la grave crisis de la fiebre amarilla, o sobre el doloroso calvario de tantos compatriotas que siguen formando largas e interminable colas para mendigar una dosis de vacuna que marque la dramática diferencia entre la vida y la muerte… pero sería redundar acerca de todo lo ya dicho por tantas voces más críticas y más lucidas.
Prefiero rescatar este hermoso testimonio de los Mingueros de Minga Guazú, porque se me ocurre que en ese gesto voluntarioso y desinteresado se puede hallar una de las mejores y más poderosas vacunas para enfrentar a este flagelo.
Si frente a la oscura amenaza de la fiebre amarilla todos levantáramos la luminosa fiebre arco iris de la solidaridad, quizás tendríamos menos muertes que lamentar, y mucha más vida y esperanza para celebrar.

viernes, 15 de febrero de 2008

Cortinas de humo


Aquel enero del 2004 se había vuelto caliente, muy caliente, y no solo en el sentido climático.
El viernes 23, una represión contra pobladores rurales que se oponían a la fumigación de un sojal en la colonia Ypekua, distrito de Repatriación, Caaguazú, acabó en el violento asesinato de los campesinos Mario Arzamendia y Carlos Robles por parte de las fuerzas policiales, dejando además otros nueve heridos.
Los titulares en los medios de comunicación reflejaban la creciente indignación popular, justo cuando el presidente Nicanor Duarte Frutos –que entonces llevaba apenas cinco meses al frente del Gobierno- se encontraba de vacaciones desde hacía 17 días en las playas de Guarujá, Brasil. Las fotos de la familia presidencial disfrutando del arrullo de las olas del mar, en contraste con el dolor por las muertes absurdas en el campo empobrecido, daban una pésima imagen para la popularidad del ascendente líder colorado. Algo había que hacer para revertir aquella publicidad tan negativa.
En la tarde del domingo 25 me encontraba cerrando páginas en Última Hora, cuando el editor de la sección Política recibió una llamada telefónica de una alta fuente gubernamental. Pidiendo reserva absoluta sobre la procedencia de la fuente, el funcionario dejó filtrar una noticia que podía considerarse “una bomba periodística” en cualquier Redacción: Los servicios de inteligencia del Brasil habían detectado un plan para asesinar al presidente Duarte Frutos, y el mandatario había decidido su regreso al país en máximas condiciones de secreto y seguridad.
Ultima Hora y los demás diarios publicaron la noticia con máximo destaque en su edición del lunes 26 de enero de 2004, atribuyendo la versión a los “servicios de inteligencia del Brasil”. Fue el tema del día en todas las radios, canales de televisión, agencias noticiosas internacionales y portales de noticias en Internet. La incómoda noticia sobre el asesinato de los campesinos había sido relegada a un total segundo plano.
Lo que siguió fue digno de una obra de espionaje de Robert Ludlum: en lugar de aterrizar en el aeropuerto Silvio Pettirossi, el avión que transportaba al presidente bajó en la aeropista de Itaipú, en Hernandarias, y desde allí el mandatario fue trasladado por tierra, en medio de un aparatoso despliegue bélico, hasta Asunción. Mas filtraciones revelaban con novelescos detalles que “seis sicarios brasileños contratados por una mafia local habían ingresado al país para perpetrar un atentado contra el avión en el que Duarte Frutos tenía previsto regresar. Según la advertencia de la inteligencia brasileña, los asesinos contarían con misiles portátiles para atacar la aeronave en pleno vuelo”.
En sus pocas declaraciones, Nicanor dijo que él no sabía de donde salió la información, pero que se había dejado guiar por los protocolos de seguridad. El tema se mantuvo con especulaciones durante más de una semana en el ámbito político y cumplió su cometido: el asesinato de los campesinos terminó en el opa rei. Del supuesto atentado no hubo más detalles. Nunca se supo nada de los seis sicarios brasileños, ni de los misiles con que se iba a derribar el avión presidencial. Días después, la propia embajada brasileña aclaró que nunca hubo informes de inteligencia de dicho país, pero ya nadie se ocupó de investigar de donde salió aquella versión original.
Hoy lo puedo revelar, porque fui testigo cercano de aquella conversación telefónica: el alto funcionario que “filtró” la noticia no era otro que el actual candidato a gobernador colorado por Central, José María Ibáñez, entonces jefe del gabinete presidencial de Duarte Frutos. Es decir: no me cabe la menor duda, aquella información surgió directamente del mismo entorno presidencial.
Ahora, al leer la noticia de un nuevo supuesto atentado contra la vida del presidente, esta vez con ácido o soda cáustica que cual un argumento digno de un filme de James Bond habría aparecido misteriosamente en el interior de una botella de agua mineral, me acordé de aquel episodio del candente verano de hace cuatro años.
Tal vez sea un poco paranoico o desconfiado como todo buen periodista, pero me llama la atención que esta noticia se produzca justo en momentos en que otro candente tema como la amenaza de una epidemia de fiebre amarilla desnuda una vez mas la inutilidad del Gobierno en materia de salud pública, y enciende la indignación y la rebeldía ciudadana. O quizás porque también he leído a Maquiavelo, que en alguna parte recomienda que cuando las papas queman en materia política, nada es más efectivo que levantar cortinas de humo. ¿Será…?

viernes, 8 de febrero de 2008

El amor en los tiempos de la fiebre amarilla

¿Qué es el amor…? Un desorden de los sentidos, dicen los sicólogos. Una erupción química, dicen los médicos. Una locura socialmente aceptada, dicen los sociólogos. Amar es nunca tener que pedir perdón, dice un filme de Hollywood. El amor es un secreto entre los dos, dice la letra de un bolero. Si no tengo amor nada soy, dice San Pablo. El amor es solo un maravilloso invento cultural, dice Joaquín Sabina. El amor es eterno mientras dura, dice un cínico enamorado. El amor es un estupendo negocio, dice un empresario, en vísperas del Día de los Enamorados.
¡Ah, el amor… en los tiempos del dengue y la fiebre amarilla! ¿Por qué lo reducimos a su expresión sentimental, a la relación de pareja? ¿Las demás formas de amor no son igualmente sublimes, igualmente locas, igualmente únicas?
Los enamorados de Dios. Desde el mítico Jesús de Nazaret, capaz de llegar el supremo martirio en la cruz, hasta el admirable monseñor Oscar Romero, acribillado en medio de una misa en la desgarrada El Salvador de los ‘80, entregándose por entero a una pasión divina.
Y qué decir del amor de una madre o de un padre hacia sus hijos. Tantas historias de abnegación y sacrificio sin límites por lograr la felicidad del ser que uno ha engendrado.
El otro amor que me maravilla es el de los enamorados de un ideal, de una causa noble, de una utopía. El de Ernesto “Che” Guevara dejando atrás su patria, su familia, los privilegios terrenales conquistados, para internarse en los montes al encuentro de la muerte y de la historia, en búsqueda del sueño de una nueva humanidad.
Mis enamorados favoritos siguen siendo esas chicas y esos chicos que un día de marzo de 1999 se juntaron en una plaza de Asunción para expresar su amor por una ilusión llamada patria, o democracia, o futuro en libertad. Tanto amor que no importaban las lluvias de balas asesinas, ni el avance de todos los tanques de guerra del mundo.
A pocos días del 14 de febrero, paso en limpio la lista esencial aunque incompleta de mis muchos amores:
Amo a la gente que es capaz de vencer al miedo y dar la cara para reclamar contra las injusticias. Las mareas humanas con carteles y pancartas desbordando calles y plazas. Los puños campesinos alzados sobre la tierra roja. Las roncas voces juveniles que entonan Patria Querida bajo el flamear rabioso de una bandera tricolor al viento. La dignidad indoblegable de los sobrevivientes y familiares de víctimas del incendio del Ycuá Bolaños, que no se rinden ante la Justicia más injusta y la impunidad más impune, y siguen convocando a la solidaridad, a la lucha, a la memoria, a la vida.
Amo el paisaje que me identifica, que me cuenta quien soy y de donde vengo: La lluvia mansa sobre los verdes cerros de Sapucai. El sabor agreste del guaviramí en los últimos campos sin soja de Caaguazú. Los atardeceres que incendian el río Paraguay junto al viejo puerto de Concepción. Ese cielo nocturno tan lleno de estrellas que corona la inmensidad del Chaco. El último canto del guyra campana en las selvas del Mbaracayú. El rumor del río Paraná en el amanecer luminoso de las Tres Fronteras.
Amo al pueblo que me vio nacer, mi bucólico Yhú que se resiste a quedar dormido en sus cien años de soledad. Amo a la Asunción legendaria que supo anidar mis mejores sueños juveniles y regalarme un sitio cálido a donde volver tras mis andanzas de periodista trotamundos. Amo a esta Ciudad del Este conflictiva y enigmática, vital y llena de futuro, que hoy me hace sentir como si siempre hubiera sido mi casa.
Amo las guaranias de Flores, las polcas de Emiliano, los textos de Rafael Barrett, las novelas de Roa Bastos, los poemas de Elvio Romero, los cómics de Robin Wood, los dibujos de Goiriz, la guitarra de Berta Rojas, el teatro de Nené Nuñez, la voz de Ricardo Flecha, las fotos de René González, las cerámicas de Ña Rosa, los artículos de Mengo Boccia, las películas de Juanca Maneglia y Tana Schémbori, el humor de Moneco y Casartelli, el embriagante olor a tinta fresca en un ejemplar de Última Hora al salir de la rotativa.
Amo la tormentosa esencia de una mujer que a veces está tan cerca y otras veces tan lejos. El bálsamo del cariño solidario de tantos lectores amigos y lectoras amigas. El legado de la memoria de mi papá Karai Chi’ito, la ternura sin distancias de mi mamá Ña Nilda, la sonrisa llena de futuro de mi pequeña Andrea Soledad.

viernes, 1 de febrero de 2008

Ciudad del Este: Un largo viaje de la dictadura a la democracia


“Quien viene de otro sueño feliz de ciudad/, aprende de prisa a llamarte de realidad…”
(Caetano Veloso, “Sampa”).

Naciste hace 51 años con el nombre de un sanguinario dictador, bautizada con el salvaje rumor del río y de la selva, entre remolinos de tierra roja como sangre, pero fuiste capaz de atraer y encender las mejores esperanzas de miles de familias de las más diversas culturas.
Naciste como un sueño de ambición geopolítica para los planes de la expansión bandeirante, edificada sobre la negra historia de los “mensú” esclavos del yerbal, pero supiste convertirte en un enclave estratégico del Paraguay, en medio del violento triángulo del Cono Sur latinoamericano.
Naciste glorificada por sicarios y torturadores travestidos en héroes cívicos. La nómina de algunos de tus pioneros fundadores se iguala con la lista de los delincuentes más buscados por crímenes contra los derechos humanos y el patrimonio del Estado. Pero detrás de tu historia oficial hay otra historia sumergida, que habla de revueltas sociales y resistencias heroicas, de luchadores y mártires. ¿Será por eso que en tus calles hoy conviven la estatua del dictador taiwanés Chiang Kai-shek con el monumento al libertador Simón Bolívar?
Naciste como una nueva “El Dorado” entre los montes del Alto Paraná, centro neurálgico de la “Marcha hacia el Este”, oasis en medio del desierto verde que sedujo a caravanas de migrantes de todos los rincones del país y de diversas partes del mundo, atraídos por la ilusión de un nuevo futuro de obras hidroeléctricas y puertos comerciales.
Naciste planificada a escala humana y ambiental como la exuberante “Ciudad Jardín”, con tus arboladas y anchas avenidas, tus espacios públicos diseñados cual una Brasilia guaraní y subtropical, pero a poco de echarte a andar te hicieron “Jardín de la corrupción”, subastaron tus paseos y plazas para instalar precarias galerías y casillas de venta informal, transformándote en un gigantesco bazar persa, en una subdesarrollada ciudad-shopping que ahuyenta a los turistas y atrae a los contrabandistas, y ni los mejores esfuerzos de tus nuevas autoridades han conseguido aún devolverte la imagen con que tus hijos te sueñan.
La tragicómica paradoja del destino hizo que el mismo dictador que te dio tu denominación original fuese derrocado con violencia del poder en la misma fecha de tu cumpleaños, hoy hace ya 19 años. Desde día ese te quedaste sin nombre, al igual que tantas calles, avenidas, plazas, escuelas y localidades del país. Y en la prisa por re-nombrarte optaron por lo más obvio: tu ubicación geográfica. Si Concepción es la ciudad del Norte, Encarnación la Ciudad del Sur, Asunción la ciudad del Oeste… esta Ciudad del Este que alguna vez fue Puerto Presidente Stroessner, ¿cómo se llama realmente?
Hoy cumples 51 años… y es un desafío descubrirte y sentirte de otra manera, para aprender a amarte por detrás de la estereotipada –aunque real- imagen del Puente de la Amistad colapsado de vehículos y hormigas humanas, del incesante tráfico legal e ilegal de lo que alcances a imaginar, de tus veredas atestadas de “mesiteros” y “sacoleiros”, de “motoqueiros kamikazes” que te atropellan en cualquier esquina, del periódico estallido de la violencia en los titulares de la crónica roja.
Porque detrás de esta urbe caótica y caricaturizada por los medios de comunicación, habita otra ciudad -¿otras ciudades?- de encantos mágicos, de rincones secretos con el aporte de múltiples culturas migrantes, de músicas exóticas y riquezas culinarias, de artículos y productos que no existen en otras partes del mundo, de un paisaje verde junto al río y un aire tan transparente que hiere la vista, de una forma de ser y celebrar la vida que solo se entiende bajos los peculiares códigos de la frontera.
Crítica, intensa, subyugante, contradictoria, vital… la capital del Alto Paraná celebra su 51 aniversario con severos interrogantes y profundas esperanzas. ¡Salud y felicidades!

P.D.: Desde Ciudad del Este, un gran abrazo solidario a los sobrevivientes y familiares de víctimas del incendio del Supermercado Ycua Bolaños, en este histórico día en que se aguarda la sentencia del juicio sobre la gran tragedia que ocasionó 400 muertos y marcó a fuego a la conciencia nacional. En un país en que la verdadera justicia se ha vuelto una utopía casi inalcanzable, solo la activa resistencia cívica puede garantizar que la memoria siga viva. El 2 de febrero de 1989 se acabó la dictadura. El 2 de febrero de 2008, ¿se acabará la impunidad?

viernes, 25 de enero de 2008

La muerte del enemigo público numero uno


La canción del grupo musical mexicano Maná, “Labios compartidos”, sonaba estridente como timbre de llamada en el celular de Sebastián González, miembro de la banda de asaltantes y secuestradores liderada por Valdecir Pinheiro, pero el dueño del teléfono ya no lo podía atender, porque estaba yerto en el piso, con los ojos abiertos y vidriosos, acribillado a balazos al lado de su escopeta calibre 12.
Eran las 8:10 de la mañana del miércoles 23 de enero en la fracción San Antonio del barrio Pablo Rojas de Ciudad del Este. Alrededor reinaba el caos: olor a sangre y pólvora, eco de disparos y sirenas, gritos metálicos en los intercomunicadores de radio, cadáveres tendidos en los patios de las casas, policías armados buscando a más delincuentes en el vecindario, periodistas y fotógrafos arriesgando su vida tras la noticia, pobladores aterrorizados y curiosos detrás de las murallas.
La impactante escena fue filmada con una pequeña cámara digital por el periodista Francisco Espínola, y el video del teléfono celular sonando con la música de Maná al lado del cadáver todavía está disponible en el portal Ciudad del Este de Ultimahora.com, como un pintoresco y enigmático detalle de ese miércoles de violencia: ¿Quién estaba haciendo esa llamada telefónica que nunca más sería contestada?
Un poco más allá, tendido con los brazos en cruz sobre un piso de cerámicas rojas, semidesnudo y cubierto de sangre, yacía el criminal más buscado de la Triple Frontera, Valdecir José Pinheiro dos Santos, cerebro de más de diez sonados casos de secuestros extorsivos desde el 2003, numerosos asaltos y varios asesinatos. “Se acabó el reinado del enemigo público número uno”, decretó el ex ministro del interior, Rogelio Benítez, quien junto a su actual sucesor, Libio Florentín, llegó hasta el escenario del enfrentamiento cuando ya todo estaba consumado y solo quedaba aparecer en las fotos.
Después del susto y el asombro ante las balaceras transmitidas en directo por los cronistas de radio y televisión, se ha instalado una sensación de alivio en gran parte de la ciudadanía esteña, especialmente en los círculos de empresarios y personajes adinerados que estaban en la lista de potenciales víctimas de secuestro por parte de la banda. Aunque todavía andan sueltos algunos delincuentes de cuidado como Joel Ramírez, Pedro Clever Gavilán o Roque Jacinto “Pyguazú” González, el más temible y peligroso ya ha sido eliminado. Muerto el perro, ¿se acabó la rabia?
En la euforia de esta celebración colectiva por el éxito policial, nadie pierde el tiempo en cuestionar si Valdecir y sus secuaces abatidos realmente fallecieron en el enfrentamiento o fueron ajusticiados. Y aunque la mayoría de los periodistas hemos visto a Juan Aníbal González, alias “Cambilo”, ser alzado herido pero aún vivo en la carrocería de una camioneta patrullera, no ha sido ninguna sorpresa recibir la noticia de que “murió camino al hospital”.
Ya se sabe: cuando se trata de criminales peligrosos, la policía del Alto Paraná no acostumbra tomar prisioneros. Y menos cuando en la refriega cae asesinado un policía apreciado y temerario como el oficial primero Rodolfo Adrián Colmán, quien al frente del Grupo 26 de Investigaciones fue el primero en arremeter a pecho gentil, sin chaleco antibalas, en el aguantadero de los maleantes.
Doloridos e indignados por la muerte de su camarada, los miembros de la policía fronteriza no se detienen en cuestiones anecdóticas como acordarse de que hasta los peores criminales también tienen derechos humanos. Saben que la gran mayoría de la población esteña les apoya y les aplaude en este procedimiento. Y quizás, desde una perspectiva distorsionada pero crudamente real, no dejan de tener razón, porque si Valdecir Pinheiro y sus secuaces hubiesen sido aprehendidos vivos, con la gran cantidad de recursos económicos y contactos poderosos que manejan, en poco tiempo estarían comprando a jueces, a fiscales, a guardiacárceles y a los mismos policías, para fugarse o salir nuevamente de la prisión –como ya lo han hecho tantas veces–, y continuar sembrando el terror.
Así que ahora la población puede dormir tranquila: Valdecir Pimheiro, el “enemigo público número uno” está muerto y enterrado. “¿Y ahora, a quien le van a echar ahora la culpa de los próximos golpes?”, se preguntan en voz baja los insidiosos de siempre. Y uno se interroga si los verdaderos enemigos públicos del Paraguay no son en realidad la pobreza, la corrupción, la injusticia, la impunidad, las autoridades y los políticos sinverguenzas. ¿Será que algún grupo comando les puede iniciar cacería, hasta exterminarlos como a Valdecir Pinheiro?

viernes, 18 de enero de 2008

El periodismo en el ojo de la tormenta

El domingo 13 de enero, el suboficial de policía José Luis Vallejos fue presentado en varios medios de comunicación como un despiadado asesino, sindicado como el ejecutor del crimen del infortunado joven Iván Martínez, acribillado a balazos en San Bernardino.
El parte policial redactado en la Comisaría local lo incriminó directamente, aún sin pruebas fehacientes. La fiscala de Caacupé, Liliana Lorena Ledesma, lo imputó por homicidio doloso. El ministro del Interior, Libio Florentín, llegó a anunciar que sería dado de baja en forma deshonrosa de la Policía Nacional.
Pero apenas 72 horas después, la situación dio un vuelco inesperado. Unas fotos enviadas en forma anónima a la página que Iván mantenía en Internet, permitieron a su hermano mayor identificar al supuesto verdadero autor del crimen, con un gran parecido físico con el policía incriminado. A partir de allí, la historia fue radicalmente distinta.
En solo tres días, el suboficial Vallejos pasó a transformarse de victimario en víctima, de culpable en inocente. Y así como hubo graves errores de procedimiento por parte de la Policía y de la Fiscalía, también los hubo por parte de un sector del periodismo.
Noticieros y programas de televisión que imprimieron sobre sus imágenes: “Policía mata a joven en San Bernardino”. Informes radiales que dieron como un hecho todo lo que afirmaba el parte policial. Titulares de diarios que se olvidaron del término “supuesto” o “presunto” que exige cualquier código de ética periodística.
¿Y ahora…? ¿Quién le devuelve al suboficial Vallejos esos tres días en que fue expuesto injustamente al escarnio público, al vía crucis carcelario, al dolor de su familia y sus amigos? ¿Le sirven de algo las rectificaciones y pedidos de disculpas?
El periodismo es ejercido por seres humanos, hombres y mujeres que podemos perfectamente equivocarnos. Pero el hecho de manejar medios de alcance masivo, que influyen cotidianamente en la vida de miles de personas, nos exige que cometamos lo menos posible cualquier error, porque muchos de sus efectos provocan irreparables daños.
Lo hemos dicho en este espacio y lo sostenemos en el seno de nuestras organizaciones: en el gremio de comunicadores y en la sociedad paraguaya hace falta un debate a fondo sobre la ética periodística, y la elaboración de un código consensuado, que pueda ser asumido y respetado mayoritariamente. Principios básicos, como la presunción de inocencia o el chequeo responsable de toda información, deben estar más incorporados al ejercicio cotidiano de la profesión, y deben volverse parte del aire que respiramos.
En estos días, la Redacción de Última hora vive una lamentable situación, pero que al mismo tiempo es aleccionadora y fructífera. Un (ahora ex) compañero periodista, Esteban Acevedo, fue acusado de cometer un delito y una grave falta ética profesional, por extorsión y chantaje al empresario y político colorado Rodolfo Max Friedman, afectado por una serie de publicaciones sobre la fragilidad y el sometimiento de la Justicia en Guairá.
El político presentó una grabación respaldatoria. Ante la evidencia, los directivos de Última Hora han procedido rápidamente a desvincular al periodista Acevedo. Y los miembros de Última Hora suscribimos un pronunciamiento, en el que reprobamos la falta ética del ex compañero, que es personal y no involucra al resto de la Redacción, pero ratificamos la decisión de seguir denunciando los hechos de corrupción que involucran a Friedman o a cualquier otra persona.
Es deplorable que una actitud individual sea utilizada para intentar desacreditar el importante trabajo de muchos colegas y medios que siguen trabajando con esfuerzo y riesgo por construir un periodismo paraguayo más objetivo, serio, responsable y ético. Pero a la vez es saludable y esperanzador que los propios directivos y comunicadores sean los primeros en reaccionar, en tomar medidas y asumir posturas de compromiso por transformar positivamente la situación.

jueves, 10 de enero de 2008

La rebelión de Hernandarias


Sucedió en vísperas de Navidad. En ese festivo atardecer del 23 de diciembre de 2007, cuando los mita’i hacían estallar petardos en las esquinas del centro de Hernandarias y varios vecinos estaban en la vereda, brindando anticipadamente por la proximidad de la nochebuena.
La joven Lilian Ramírez, de 22 años, salió de su casa y se dirigió caminando hacia un local de cabinas de Internet, con la intención de comunicarse con una de sus hermanas que está en España, y que iba a pasar las fiestas allá lejos, otra víctima de la migración forzada que disgrega cada vez más a las familias paraguayas.
Fue entonces cuando dos hombres desconocidos, a bordo de una motocicleta, le cerraron el paso, le encañonaron con un arma y exigieron que entregue su cartera y su teléfono celular. Lilian se asustó y echó a correr. Uno de los hombres le disparó y ella cayó fulminada en plena calle Cesar Gianotti, una de las principales arterias céntricas de Hernandarias, a apenas dos cuadras de la Comisaría Policial y de la Fiscalía. Los motociclistas asesinos tranquilamente reanudaron la marcha, y en el camino de su fuga asaltaron a otras dos mujeres.
El cuerpo de la pobre Lilian quedó allí, tendida en la calle, durante varias horas. La fiscala de turno, Haydeé Barboza, nunca llegó para la intervención y hubo que buscar a su colega, Troadio Galeano, para levantarla. Como ya se ha vuelto habitual en esta castigada región del Alto Paraná, todo hacía suponer que la investigación del crimen se iba a acabar antes de comenzar, archivada entre cientos de expedientes de casos sin resolver que vegetan en los archivos de la despintada sede de la Fiscalía local, y que los criminales se estarían riendo entre las sombras.
Pero esta vez algo diferente sucedió. El asesinato de Lilian fue la gota que colmó el vaso de la indignación de muchos hernandarienses. Y como no se ha visto desde hace tiempo en esta zona, los ciudadanos comunes comenzaron a unir su dolor, su rabia, su impotencia. Así nació la Asociación de Víctimas de la Injusticia, que hoy ya congrega a más de un centenar de pobladores, y que acaba de dar a luz también a una Contraloría Ciudadana. Ya han obtenido su primer resultado positivo: que el Ministerio Público disponga la intervención de la Fiscalía de Hernandarias.
Esta semana pude verlos y conocerlos de cerca, reunidos en vigilia permanente a la sombra de un viejo mango, en el patio de la Heladería Tropical, frente a la sede del Ministerio Público, vigilando el proceso de intervención.
Allí estaba Dora Ramírez, la tenaz hermana de Lilian, altiva bajo el Sol, enarbolando el retrato de su familiar asesinada, clamando justicia.
Allí estaba Trifilda Álvarez, la desconsolada viuda de Felipe Samudio, el campesino ultimado a balazos en noviembre pasado, cuando sembraba soja en su chacra de la colonia Fortuna, cuyos asesinos siguen libres y se dan el lujo de ir a amenazarla de muerte en su propio domicilio.
Allí estaba Remigia Herrera, la indignada madre de Cinthia Carolina, quien según todos los indicios habría sido asesinada por su propio marido, pero el fiscal interviniente caratuló misteriosamente la causa como suicidio.
Allí están… rostros de hombres y mujeres como cualquiera, arrancados de su vida cotidiana y colocados en situaciones límites por el azote de la violencia criminal, por la inseguridad convertida en ley de la frontera, por la inacción o la complicidad de autoridades corruptas, por la dolorosa pérdida de la vida de un ser querido arrancada de manera sorpresiva e irremediable.
Allí están… rompiendo la pasividad y la apatía, superando el miedo y el silencio, alzando su voz para decir: aquí estamos, queremos una Hernandarias diferente, un Alto Paraná sin corrupción y sin violencia, un Paraguay en donde nadie tenga que morir por un teléfono celular, en donde las instituciones funcionen para aclarar los crímenes y sancionar debidamente a los culpables.
Hay sectores incómodos ante la rebelión de Hernandarias. Fiscales, policías, jueces, políticos… preocupados de que algo pueda cambiar ante la presión de la gente. Acusan de que los que están en la calle son pocos, que no representan a nadie, que son manipulados por líderes opositores o por abogados que solo quieren figuración mediática. Pero lo cierto es que los ciudadanos y ciudadanas de Hernandarias están allí, con su dignidad y su rebeldía en alto. Y es bueno saber, en estos tiempos, que hay gente que se moviliza por defender sus derechos.

jueves, 3 de enero de 2008

Carta olvidada en el interior de un viejo zapatito


Queridos Reyes Magos:

Me dicen que escribirles es una tontería, una pérdida de tiempo, porque ustedes no son seres reales, son solamente personajes de una antigua leyenda cristiana que se está volviendo cada vez menos creíble.
Eso me dicen… pero aún así les escribo esta carta. Porque… si viven en el alma de tantos niños y niñas, si están en el recuerdo nostálgico de tantos adultos que quizás sigamos atesorando nuestra niñez en algún rincón del corazón, si son capaces de convocar tantos sueños y tantas fantasías en cada mágica madrugada del 6 de enero, si pueden despertar tanta energía creadora, tanta fuerza, tanta esperanza…
Entonces, ustedes están mucho más vivos que muchos seres de carne y hueso que hoy son apenas sombras o fantasmas. Ustedes son mucho más realidad que tantas personas reales y palpables que en el fondo son mentiras vivientes.
Hasta los nueve años de edad, como tantos niños de Yhú, mi pueblo natal, yo creía fervorosamente en los Reyes Magos.
La magia nos envolvía al escribir cartitas de letras temblorosas, con el esfuerzo de enumerar supuestos actos de bondad, para canjearlos por una pelota de cuero o un camioncito a control remoto. Las entregábamos a nuestros padres, convencidos de que conocían el imposible servicio postal que las llevaría hasta el País de los Sueños.
Sí... era magia la que nos impulsaba a preparar el pasto y el agua fresca para los exhaustos camellos, al pie de la ventana. Era magia la que nos mantenía en duermevela, seguros de poder vislumbrar las sombras de los tres jinetes en el silencio de la madrugada. Era magia la que nos despertaba de un salto para ver qué había junto a los zapatitos. Era magia la que inundaba las calles de risas infantiles, en la mañana del 6 de enero, convirtiendo al mundo en una feliz aldea de niños jugando.
Un día se rompió el encanto... Algún siniestro pyrague, creyendo que acaso nos hacía un favor, nos reveló la supuesta verdad y nos robó la magia.
El mundo se volvió otro. Los Reyes Magos no existen. Los Reyes Magos son los padres. Los Reyes Magos son el invento publicitario de algún shopping center. Los Reyes Magos son políticos en campaña llevando juguetes a los barrios pobres a cambio de votos. En un mundo así, ¿cómo puede haber espacio para la magia?
Pero en esta víspera de la madrugada de Reyes, el niño que sobrevive dentro de mí se adueña de mi mano y me impulsa a escribirles estas líneas, que quedarán dentro de un viejo zapatito en la ventana, en donde les dejo mis pedidos.
Les pido que nos traigan de regalo las ganas y las fuerzas para seguir creyendo que es posible construir un Paraguay mejor. Que a pesar de que el país está así como está, con tanta pobreza, con tanta corrupción, con tanta impunidad, con tantos compatriotas que se ven obligados a emigrar a naciones lejanas para buscar trabajo, con tanto engaño por parte de las autoridades y los políticos, no caigamos en la desesperanza, no caigamos en el error de creer que esto no lo arregla nadie y que ya no vale la pena luchar.
Les pido que nos laven las telarañas de los ojos, para poder ver que, a pesar de tantas malas noticias, también hay cosas lindas que han ocurrido y siguen ocurriendo. Que hay mucha gente construyendo pequeñas cosas, desde lo cotidiano, desde lo comunitario. Que no todos somos corruptos. Que hay gente honesta, valiente, idealista, y a lo mejor está allí, en la casa vecina, y que talvez muchos periodistas todavía no tenemos el valor de descubrir que ellos son en realidad la buena noticia, la verdadera buena noticia.
No les pido que vengan ustedes a solucionar nuestros problemas, porque en realidad no podrían hacerlo, por más magos que sean. Además no va a servir, porque así no aprenderíamos nada. Pero en cambio si podrían ayudarnos a descubrir que nosotros podemos, que somos capaces de superar nuestras propias limitaciones, de unirnos por encima de las diferencias, pensando en el país que les vamos a dejar a nuestros hijos.
Los abraza con mucho cariño.

Andrés

viernes, 28 de diciembre de 2007

Brindo por la esperanza


"Brindo por los que vuelven con las luces de otro día."
(Andrés Calamaro, "Salud").

Brindo por el país que espera algo más que buenos deseos en el nuevo año que se inicia.
Brindo por que de una vez pasemos de los discursos y las promesas a las acciones concretas.
Brindo por que aprendamos las lecciones de tantos dolorosos errores cometidos y seamos capaces de rectificar el destino.
Brindo por que podamos redescubrir los valores de la solidaridad y del amor, para compartir nuestros mejores sueños por encima de nuestras rencillas cotidianas y de nuestras mezquinas diferencias.
Brindo por quienes se disponen a pasar la fiesta de fin de año en una fría y distante ciudad europea o norteamericana, a medio mundo de distancia de su tierra natal y de sus seres más queridos, con el corazón oprimido por el insalvable techaga'u.
Brindo por que en un futuro próximo los hombres y las mujeres del Paraguay ya no se vean obligados a marcharse en busca del sueño de vida digna que su propia patria les niega.
Brindo por los sobrevivientes y familiares de las víctimas del 1-A. Por su heroico testimonio de lucha, su increíble resistencia para no rendirse ni doblegarse, por su digno ejemplo de superar el dolor y mantenerse organizados y movilizados.
Brindo por que en este 2008 todas y todos podamos acompañarlos para que al fin puedan obtener la justa reparación de la Justicia, que ayude a darles un poco de paz a sus sufridos corazones.
Brindo por quienes probablemente no tengan con qué brindar. Por los incontables compatriotas que se debaten en la necesidad y en la pobreza extrema. Por los niños y niñas condenados a pasar hambre y soledad por culpa de la ambición, del egoísmo, de la indiferencia, de la violencia, de la ineficacia estatal.
Brindo por que desde nuestros respectivos lugares en la sociedad seamos un poco más activos en las búsquedas de soluciones a los profundos dramas sociales del Paraguay.
Brindo por que en el año que comienza podamos aprender a librarnos de tanta mala onda, de los frívolos programas ñembo fashion de la radio y la televisión, de los petardos enloquecidos, de los eternos baches de nuestras calles, del sogue, del dengue, del cólera, del sida, de la crisis, de los gobernantes y políticos corruptos, de los salvadores de la patria, de los represores de campesinos, de los coimeros, de los asaltantes y secuestradores, de los depredadores de la naturaleza, de los vendedores de ilusiones, de los ladrones de sueños, de los profetas del pesimismo, de la cachaca estruendosa, de la resaca, del calor insoportable y de todo mal.
Brindo por los que brindan.
Por los admirables ejemplares de seres humanos que en medio de la adversidad más terrible han logrado conservar intactas la sonrisa y la ternura, la alegría y la esperanza.
Por los que en esta noche de Año Nuevo elevarán sus copas a la luz de las estrellas y decidirán que un nuevo tiempo se inicia al estrenar las hojas de un flamante calendario.
Que entre todos y todas hagamos posible un 2008 que valga la pena.
¡Salud...!

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Preguntas en Navidad


¿De qué sirve llenar la casa, los árboles, la ciudad entera de luces doradas y resplandecientes, cuando el alma permanece a oscuras?
¿De qué sirven tantos árboles de plástico importado, adornados con nieves de algodón, ni tantos muñecos barbudos ridículamente vestidos con abrigos de lana en medio de este calor infernal, cuando bastan "dos trocitos de madera" -como canta Maneco- para techar el mágico pesebre?
¿De qué sirve atropellarse en los shoppings y en los comercios buscando regalos y más regalos, cuando lo que hace falta es un gesto verdaderamente solidario, una acción de caridad humana y cristiana que nazca desde lo profundo del corazón, para darle el real sentido a la Navidad?
¿De qué sirve gastar tanta plata en fiestas, manjares, bebidas, adornos, show, luces, música... si el niño Dios cuyo cumpleaños celebramos eligió todo lo contrario: nacer en un humilde establo de animales y vivir su vida en la mayor austeridad?
¿De qué sirve el infernal estruendo de las bombas y los petardos, el vértigo de la velocidad por las calles, el volúmen de la cachaca al máximo, si todo eso no alcanza a llenar el vacío interior?
¿De qué sirve inundar el correo con bellas y coloridas tarjetas navideñas, con esplendorosos mensajes que reproducen los mejores deseos impresos en tinta brillante, si todo lo que allí dice nunca lo ponemos en práctica?
¿De qué sirve regalar un pan dulce o una sidra en esta Navidad, si vamos a olvidarnos por el resto del año de quienes nada tienen para comer y para beber?
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma...? Bueno... ustedes ya me entienden.
A pesar de todo, y porque a cada instante que transcurre se nos brinda la oportunidad de ser siempre mejores... ¡Feliz Navidad!

viernes, 7 de diciembre de 2007

La guerra de la soja


Ya les conté sobre mi pesadilla recurrente: Despertar una mañana… y encontrarme en un país convertido en un inmenso campo de cultivos de soja.
En mi sueño apocalíptico, las selvas han sido destruidas, los árboles arrancados de raíz, los ríos secados o contaminados, los edificios derrumbados por un ejército de topadoras que avanzan como las máquinas guerreras de la película Terminator, seguidos por las sembradoras mecánicas.
Y allí estamos… los sobrevivientes humanos. Perdidos y condenados a vagar eternamente en un mar de soja, obligados a alimentarnos con leche de soja y hamburguesas de soja. Hasta que el elemento transgénico empieza a revelar sus efectos mutantes, y advertimos con horror que de nuestros cuerpos brotan ramas, hojas y vainas de oleaginosa, transformándonos en los increíbles hombres-soja.
Entonces me despierto, agitado y sudoroso, y compruebo aliviado que, por suerte, solo se trata de un mal sueño.
¿Un mal sueño...?
Ayer viernes, los pobladores de Reloj-kue, en el aislado distrito de San Cristóbal, a unos 150 kilómetros al suroeste de Ciudad del Este, nuevamente salieron de sus ranchos y sus chacras desoladas, con sus machetes y garrotes al aire, con una firme determinación, enarbolando un gran cartel que dice: “¡Pare de fumigar!”, y una firme determinación: no permitir que los sojeros arrojen una sola gota más de productos agrotóxicos sobre los vastos sojales que se han adueñado del paisaje altoparanaense.
Los colonos tienen buenas razones para estar indignados. Desde hace poco más de una década, sus humildes viviendas, sus chacras, hasta la capilla y la pequeña escuelita del lugar, todo se ha ido quedando rodeado hasta casi quedar ahogado por un vasto océano verde de cultivos mecanizados. Y en cada época de siembra o de cosecha, vivir allí se ha vuelto casi un infierno, cuando las pulverizadoras entran en acción y una blanca niebla de picante olor se levanta e inunda todos los rincones, hiriendo los pulmones como si fuera una imparable lengua de fuego.
Cuentan las maestras de Reloj-cue que en varias oportunidades tienen que suspender las clases, porque las nubes de agrotóxicos penetran en las aulas y los niños se revuelvan por las nauseas que les produce inhalar el veneno.
El pasado 13 de agosto se vertió la gota que colmó el vaso, cuando el niño Jesús Giménez, de apenas 3 años, falleció luego de varios días de agonía. El niño había enfermado súbitamente, luego de que una pulverizadora del colono brasileño Wilmar Filipetti había regado de agroquímicos sus cultivos, a pocos metros del hogar de los Giménez. El caso fue denunciado ante la Fiscalía de Santa Rita, pero hasta ahora no hay avances en la investigación. ¿Otro caso más, entre tantos, que acabará en la impunidad?
La tierra de Alto Paraná es naturalmente roja como la sangre, pero a veces se vuelve aún más roja cuando el conflicto agrario estalla en una indeseable violencia. El 16 de setiembre, en La Fortuna, Hernandarias -otro ardiente escenario de la llamada “guerra de la Soja”-, personas vinculadas a la Mesa Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (MCNOC) se cansaron de formar barreras humanas o hacer movilizaciones para salir en las fotos de prensa, y directamente dispararon a matar al tractorista Felipe Samudio y dejaron herido a su hijo Ariel, cuando intentaban fumigar un campo de soja.
Algo está mal en este país, para que la gente se mate entre sí, sea con balas o con veneno. Brasileños o paraguayos, sojeros o antisojeros, ya somos todos hijos de esta tierra.
El problema no es la soja, ni tampoco lo son los brasileños inmigrantes que más lo cultivan. El verdadero problema es el modelo de agricultura mecanizada masiva, que se ha ido imponiendo sin límites, sin restricciones ni controles, en nombre de la rentabilidad capitalista, y la impunidad con que se lo permite desde las instituciones del Estado y desde la clase política.
No tendría nada de malo plantar soja, siempre que se adecue a las normas medioambientales que impone la legislación, y sin avasallar a las otras formas de agricultura, orgánicas, diversificadas, de auto consumo y de renta familiar, que responden a una práctica cultural bien campesina y paraguaya, y que no sigan siendo avasalladas por un sistema de monocultivo empresarial que solo busca el lucro, sin importar los daños que ocasiona.
Dicen que la soja es de alto contenido proteínico, una maravilla para la alimentación. Pero, discúlpenme, yo sigo prefiriendo un jugoso bife de carne vacuna, con abundante ensalada.

viernes, 30 de noviembre de 2007

O oscuras en la Capital de la Energía

Lo primero que me llamó la atención, al entrar a un popular restaurante de Ciudad del Este, fue que todas las mesas lucían enormes velas en el centro. “¡Que romántico!”, le comenté a la amiga que me acompañaba. Me miró y sonrió, con una expresión burlona que significaba: “¡Pobre tonto, no sabés lo que te espera!”.
Era una linda noche de vientos y relámpagos que estallaban en el horizonte, presagiando una fresca lluvia de verano. Yo llevaba pocos días de haberme mudado a la capital del Alto Paraná, y tenía ganas de descubrir sus encantos y misterios. Así que me dejé invitar a esa cena de bienvenida, dispuesto a disfrutar de una amable plática y un buen tinto malbec con mi amiga fronteriza.
Me llamó la atención que los mozos no hubieran encendido ninguna de las velas. Cuando uno de ellos se acercó a tomar nuestros pedidos, estuve a punto de pedirle aplicar la llamita mágica, pero mi amiga dijo: “No, esperá nomás, ya verás para qué sirven las velas. No es que los esteños seamos románticos… ¡apenas somos prácticos!”.
No entendí lo que me quiso decir hasta unos veinte minutos después, cuando se produjo el ruido de una explosión lejana, un intenso parpadeo de la luz, un “¡ooooohhh!” colectivo, y de golpe el mundo se volvió oscuro, muy oscuro.
Entonces sí, los mozos acudieron presurosos a encender las velas, y el ambiente se transformó como si hubiéramos dado un salto hacia atrás en el tiempo, transportándonos a plena época medieval.
–¿Ahora entendés para qué son las velas? –me explicó mi amiga–. Aquí, en Ciudad del Este, la energía eléctrica se corta a cada rato, apenas sopla un viento fuerte o hace mucho calor.
–Pero… en la radio repiten siempre que vivimos en “la Capital de la Energía” –intenté protestar–. Que tenemos Acaray, Itaipú, la hidroeléctrica más grande del mundo…
–Vos haceme caso –me aconsejó–. Comprá velas, linternas y mucha agua mineral…
Le dije que estaba exagerando y no le hice caso. La luz regresó cerca de tres horas después, cuando ya habíamos abandonado el restaurante y transitado por las calles oscuras y tenebrosas, mirando con envidia que al otro lado del río la brasileña ciudad de Foz de Yguazú estaba luminosa y resplandeciente.
A la siguiente noche me arrepentí de no hacerle caso. Estaba en mi departamento viendo una película, cuando otra vez sentí el ruido de la explosión, el parpadeo, y la oscuridad total. Busqué velas, linternas, pero sabía que no los tenía. Lo único que tenía a mano para proyectar una tenue luz era la pantalla del celular.
Fueron largas horas de silencio y oscuridad. Hacía calor, mucho calor. Abrí la canilla del lavabo para tratar de refrescarme, pero solo se escuchaba un sordo gorgoteo. Ni una gota de agua. Después me enteré que cuando se corta la luz, también se corta el agua, por no sé qué curiosos mecanismos técnicos que vuelven dependientes a un servicio del otro.
La luz llegó casi al amanecer, cuando ya los mosquitos se habían adueñado de la casa. Lo primero que hice, a la mañana, fue acudir al supermercado y comprar provisiones de velas, linternas, y bidones de agua mineral para todo un año.
Ahora ya no me toman desprevenido. En poco más de dos meses de vivir en CDE he pasado por más de veinte cortes de luz y agua corriente, ya me volví un experto en bañarme con el contenido de apenas un vaso de agua mineral, en cocinar con un calentador a alcohol, en leer, escribir y hacer muchas otras cosas a la luz del fuego ritual, como los hombres de las cavernas.
Todavía no entiendo porqué si vivimos junto a dos de las tres principales represas del país, tenemos un servicio de energía eléctrica tan precario y deficiente. La otra vez le escuché al jefe regional de la Administración Nacional de Electricidad (Ande) explicar que la red local está colapsada, que los transformadores no dan abasto y explotan por exceso de demanda, que no hay recursos para ampliar los equipamientos, etc. ¿Y que hace Itaipú gastando millones en construir escuelas, hospitales o caminos, en abierta campaña electoral proselitista, en vez de preocuparse de que lo que produce –la energía eléctrica- le llegue con eficiencia a los usuarios? ¿Entonces hay que pedirle a los Ministerios de Salud y Educación que nos arreglen el tendido eléctrico?
Ya aprendí, como todos los esteños, a ser más práctico que romántico y a andar por la vida con linternas, velas, fósforos y bidones de agua. Solo que cuando escucho a los locutores locales pasar el jingle de que vivimos en “la capital de la energía” tengo ganas de tirarles con el medidor por la cabeza.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal

Pedro Juan Caballero, verano de 1985.
Desde la ventanilla, la ciudad se extendía como un árido sueño difuminado entre remolinos de tierra roja.
El ómnibus me dejó frente a un céntrico hotel, en la zona más turbulenta junto a la línea divisoria. La tarde empezaba a caer y el aire parecía impregnado con un denso olor a barricada. Me instalé en una habitación y pedí un teléfono. Busqué el número del corresponsal que alguien me había apuntado en un papel. Me habían dicho que se trataba del director de una radio local.
El papel decía: 2598, Radio Mburucuyá, Santiago Leguizamón.
Una voz grave y enérgica me respondió desde el otro lado del tubo. Le expliqué que acababa de llegar, enviado por el diario para realizar una serie de notas periodísticas, y que necesitaba su ayuda. Me preguntó donde estaba alojado y le di el nombre del hotel. Entonces, con un tono imperativo que en principio me asustó, me ordenó que recogiera inmediatamente mis cosas y lo esperara a la entrada.
-Vas a venir a la radio –me dijo-. No voy a permitir que un colega quede abandonado en ese antro de pandillaje.
Toda protesta fue en vano. Quince minutos más tarde, un hombre corpulento y burlón preguntaba por mí en la recepción. Allí empecé a conocerlo, sin presagiar todavía que me encontraba frente a la dimensión de una leyenda.

* * * *

En esa época, el local de Radio Mburucuyá no era más que una pequeña casa de tablas construida en medio de un enorme terreno baldío, casi en las afueras de la ciudad, a unos setecientos metros de la “terra de ningueim” (tierra de nadie), como llaman los lugareños a ese mundo entre dos países que es la frontera seca paraguayo-brasileña.
Una precaria torre de metal que bailaba con las ráfagas del viento norte le servía de antena. Más de una vez la estructura fue derribada por las tormentas, pero a los pocos días estaba otra vez levantada, desafiante, irradiando su mensaje transgresor.
Adentro, en un pequeño estudio armado con equipos que parecían sacados de un museo, Santiago Leguizamón ofrecía cotidianamente su programa Puertas abiertas, un espacio de libre comunicación que abarcaba todo el territorio de la mañana, tejiendo una amplia red de información y solidaridad, mas allá del constante sobresalto de vivir en la frontera.
Me impresionó encontrar esa línea periodística tan claramente crítica y comprometida con el cambio en una radioemisora del interior, sobre todo en una zona tan marcada por la corrupción y la violencia como el Amambay. En medio de la tormentosa niebla represiva de la dictadura, Santiago había logrado encender una luz de esperanza para toda la ciudadanía honesta de Pedro Juan Caballero, con la que se identificaron decididamente quienes deseaban convertir esa comarca del terror en un espacio de integración y convivencia solidaria.

* * * *

-¿Por qué Radio Mburucuyá es prácticamente una excepción con respecto a las demás radios del interior? –le pregunté una mañana, mientras tomábamos mate en el estudio, antes de empezar la transmisión.
-El secreto es muy sencillo –me respondió-. Para mí, el micrófono de la radio es mucho más que un simple trozo de metal.

* * * *

Su dormitorio estaba instalado en una habitación contigua al estudio de la radio. Allí, al lado de la suya, en forma permanente había dos o tres camas disponibles “para los atorrantes que siempre caen de visita”. Le gustaba compartir su casa, su vida y su trabajo, como si la entrega hacia los demás fuera su mejor forma de ser feliz.
Como empresario era buen periodista. Pasaba avisos radiales que nunca se facturaban, porque eran pedidos de sus múltiples amigos o correspondían a algún servicio social. Allá por el 88 se le ocurrió la idea de instalar un “negocio anexo” a la emisora, un lavadero automático para vehículos, que resultó en un rotundo fracaso. Allí quedaron las costosas instalaciones, sub utilizadas para lavar los “móviles” de la radio, que se reducían a una camioneta, una citroneta destartalada, una moto y algunas bicicletas.
Desde 1990 había comenzado a editar Mburucuyá Revista. Perdía plata, pero no le importaba.
-Si quisiera volverme millonario, vendería la radio y me dedicaría al contrabando –me dijo una vez-. Me resultaría tremendamente fácil, porque conozco a todos los mafiosos de la zona.

* * * *

Conocía a la mafia, sí. Pero desde el otro lado de las barricadas de combate, que había comenzado a edificar con sus palabras aceradas, defendiendo a golpes de claridad el nebuloso sueño de la democracia.
Cada vez que uno de sus móviles llamaba para informar que había amanecido un cuerpo acribillado en medio de la línea divisoria, Santiago se indignaba porque daban la noticia como quien informa sobre el estado de tiempo.
“No podemos resignarnos a aceptar el crimen en Pedro Juan como parte de la vida cotidiana. Cada asesinato tiene que seguir siendo un motivo de escándalo”, exhortaba en sus programas.
Una de sus frases favoritas era la que se atribuye a San Juan Crisóstomo y que estampó con letras visibles en el primer número de Mburucuyá Revista. La frase dice: “Hay que temer más el escándalo que produce el silencio, y no el escándalo que proviene de la verdad revelada”.

* * * *

Vivir bajo constante presión y recibiendo continuas amenazas no le impedía derrochar su espíritu farrista y dicharachero. Le gustaba organizar asados en el patio de la radio, compartir el whisky, la cerveza o la caipirinha. Acudía casi todos los días a almorzar en su lugar favorito: el “Pato Restaurante”, propiedad de uno de sus amigos más queridos, Julio Cesar Acosta, entonces presidente de la Liga Deportiva del Amambay, quien se negaba a cobrarle la cuenta a pesar de sus continuas protestas.
“La feijoada que preparan en el Pato es lo mejor de Pedro Juan y Ponta Porá”, solia propagar. Precisamente, ese trágico viernes del 26 de abril de 1991, Santiago se dirigía al mismo local para celebrar el Día del Periodista con sus amigos y toda la gente de la radio, cuando la muerte lo esperó en una esquina. Desde entonces, en el Pato quedó un lugar vacío junto a una mesa que ya nunca nadie podrá llenar.

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En principio se burlaba de las amenazas de muerte y los avisos que le hacían llegar los mafiosos. Aquella mañana, horas antes de su muerte, le dijo a Humberto Rubín: “Prefiero la muerte física a la muerte ética”. Llevaba un revólver en la guantera, más para tranquilizar a sus amigos que como verdadera medida de precaución. Aceptaba la compañía de su fiel e incondicional secretario Pedro “Carapé” Cabral, no tanto por seguridad, sino para tener a álguien que oyera sus plagueos.
La ultima vez que lo vi fue dos meses antes de su muerte, cuando pasó por la redacción del diario a dejarme los últimos ejemplares de su revista. Me contó que un conocido industrial yerbatero de Pedro Juan le había dicho: “Cuidate, porque te van a matar”.
Recuerdo que en esa ocasión le pregunté algo que ya varias veces le habíamos cuestionado con otros colegas: si valía la pena ese estilo de “periodismo kamikaze” que él ejercía con tanta audacia en esa región donde no hay policías ni jueces que te puedan proteger. Recuerdo que hubo un largo silencio, antes de que me respondiera con otra pregunta: “¿Y te parece que hay otra manera...?”.

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Cuando se supo la trágica noticia, me encontraba con los colegas Héctor Guerín y Oscar Torrents en Ciudad del Este, en una conferencia con los estudiantes de periodismo, y recuerdo que ninguno supo qué decir. Nos quedamos largamente en silencio, juntando bronca y dolor
Después vinieron las marchas, el sepelio desgarrador, la indignación, las promesas del presidente Rodríguez: “No descansaremos hasta atrapar a los asesinos”. El rostro de Santiago multiplicado en pancartas y volantes. Santiago con alas de ángel dibujado por Casartelli. Santiago estatua de bronce gracias a Herman Guggiari. Santiago convertido en nombre de una calle. Santiago premio de periodismo. Santiago en los informes internacionales sobre derechos humanos. Santiago ritual de encuentro cada 26 de abril, con flores, discursos y velas encendidas. Santiago grito, canción, proclama, símbolo vivo, espina lacerante.
Y por detrás de todo, una realidad cruel: el caso Santiago Leguizamón es el patético ejemplo de la inoperancia del trabajo policial y judicial en el Paraguay.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Morir por un celular


Javier Augusto Brítez, 17 años, era un chico lleno de vida y de sueños. En la noche del lunes 12 de noviembre estaba con un amigo en la vereda de su casa, en el barrio Las Carmelitas de Ciudad del Este, haciéndole escuchar los últimos hits musicales que había bajado de Internet en el dispositivo mp4 de su teléfono celular, cuando la muerte le salió al paso.
Dos jóvenes se acercaron raudamente a bordo de una moto. El que venía detrás, identificado como Fernando Enmanuel Monges, de 19 años, se bajó y les apuntó con un revólver, exigiéndole a Javier que entregue el celular. Todo pasó muy rápido. El chico intentó resistirse. El agresor le disparó seis balazos. Murió poco después en el hospital.
Este caso es apenas uno más entre cientos que sucedieron en los últimos meses. En Ciudad del Este, según estimaciones de la propia Fiscalía, se roban unos 100 teléfonos celulares al día, y muchas de las víctimas son heridas, acuchilladas, baleadas, o asesinadas.
El caso más reciente es el de Denis Augusto Brítez, de 14 años. Su agresor fue otro niño, de apenas 13 años, quien le clavó un puñal entre las costillas y le cortó en la nariz, porque no le entregó rápido el Motorola L7 tan codiciado. Ocurrió en la escuela Primer Intendente Municipal de Ciudad del Este. El pequeño ladrón siempre iba armado a clases, pero como es menor de edad resulta inimputable y ahora está libre.
Antes, un hecho trágico como este era una gran noticia.
Ahora ya no.
El 13 de junio de 2001, el adolescente Diego Báez Mellid, de 15 años, alumno del Colegio Salesianito de Asunción, fue asesinado a puñaladas por otros dos jóvenes solo por robarle la mochila. Entonces fue un escándalo que motivó grandes titulares en los diarios, debates en las radios, largos informes en los noticieros de televisión, durante semanas enteras, y provocó una movilización juvenil sin precedentes. Miles de estudiantes salieron a las calles a exigir justicia y seguridad, con el grito de batalla “¡Basta Ya!”.
Ahora ya no.
Ahora un hecho así merece dos columnas perdidas con un título repetido y esquemático: “Otro joven es asesinado para robarle su celular”. Un flash rápido en la radio. Un informe breve en la tevé. Y rápidamente vamos a un corte comercial o pasamos a otro tema: las próximas elecciones coloradas, el insulto del día del político de turno, el próximo partido de fútbol de la selección paraguaya, la modelo atrevida que se desviste y muestra la cola… Ahora ya nadie sale a la calle, a reclama o a gritar “¡Basta ya!”.
¿Qué nos pasa…?
¿Ya nadie se conmueve ante el dolor sin consuelo de los familiares de las víctimas?
Duele, sí. Duele mucho que te arranquen la vida de un ser querido, así, tan de golpe, tan de sorpresa. Duele el dolor, duele la ausencia, duele la impotencia. Duele que una vida humana, sagrada e invalorable, valga tan poco en estos días: una ajada mochila llena de útiles escolares y sueños juveniles; un teléfono celular, unos billetes mugrientos para financiar un toco de marihuana o una bolsita de crack.
"Duele estar vivo aquí/ donde no hay más que hacer/ que esperar que un loco te acribille a la salida /el país entero se parece a una guarida…", dice Víctor Heredia en una desgarradora canción de su disco "Fénix".
Duele, sí. Duele despertarse frente a la dura, absurda, incomprensible realidad. Duele tratar de entender que lo que siempre parecía lejano, o que siempre le sucedía a otros, de pronto se te haya metido entre las paredes de tu casa, bajo la piel de tu alma. ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué a mi hija? ¿Por qué a nuestro hermano, hermana, compañero, compañera...?
Desde el dolor se pueden entender muchas cosas. La rabia, la indignación, la condena sin discriminación a los políticos, las cruzadas fundamentalistas en favor de leyes más duras y de un Estado aún más represivo.
Duele, sí. Pero no hay que dejar que el dolor nos haga perder de vista el trasfondo de las cosas.
Por ejemplo, que las causas de la violencia criminal no están solamente en la supuesta permisividad de las leyes, sino también en la endémica corrupción que nos agobia, y en las infrahumanas condiciones de miseria en que sobrevive casi la mitad de nuestra población.
Por ejemplo, que la imposición de penas más severas contra los delincuentes no significará tampoco solución alguna, desde el momento en que nuestras cárceles tampoco sirven para rehabilitar a nadie. Por el contrario, son usadas como escuela de criminalidad y como base de operaciones para las mafias organizadas. ¿De qué sirve hacinarlas aún más? ¿Estaremos acaso más seguros con eso?
Los paraguayos y las paraguayas hemos vivido siempre en una sociedad violenta, víctimas de una fuerte cultura represiva, pero que no se ha caracterizado precisamente por reprimir al crimen, sino más bien a los que quieren cambiar este sistema injusto, corrupto y criminal.
Lo preocupante de este caso es que en los últimos años, desde la caída de la dictadura, los ciudadanos hemos logrado pequeños avances hacia una sociedad un poco más democrática, humana y generosa en su legislación. Solo que hemos sido incapaces de erradicar la corrupción, y muchos de esos avances, como las penas sustitutivas, las condenas alternativas o las libertades condicionales, han sido perversamente utilizadas por jueces y fiscales corruptos, incapaces o irresponsables. Sería lamentable que hoy, movidos por el dolor, perdamos esos importantes avances, porque eso significaría que nuestra sociedad seguirá siendo corrupta, pero además se volverá aún mucho más represiva.
Que el dolor sirva de algo bueno. En memoria de nuestros seres queridos exijamos no solamente justicia contra los criminales que nos asaltan en las esquinas, sino también contra los grandes criminales disfrazados de grandes señores que han condenado a este país a convertirse en una inmensa guarida.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Política y violencia social en Ciudad del Este


Ciudad del Este tiene todo para convertirse en comunidad modelo: ubicación estratégica privilegiada junto al Brasil y la Argentina, buen diseño urbanístico, lindos paisajes, atractivos turísticos, valiosos recursos naturales, el comercio más dinámico y millonario, la cercanía de la represa de Itaipú, una población cosmopolita y multicultural, gente laboriosa y con ganas de salir adelante. Pero tiene un grave problema: es prisionera de un sistema político salvaje y casi caníbal, que condiciona y asfixia su vida cotidiana.
Lo que sucedió esta semana es un lamentable ejemplo. El lunes 12, la sede comunal amaneció sitiada por cerca de 200 ex empleados que integran el Sindicato de Trabajadores de la Municipalidad de Ciudad del Este (Sitramucde), quienes clausuraron calles, cerraron el tránsito e interrumpieron los servicios públicos, causando un perjuicio evaluado en 500 millones de guaraníes por la intendenta Sandra MacLeod. Exigían la reposición inmediata en los puestos de los cuales fueron despedidos hace siete años por otro intendente.
Los ex municipales son viejos conocidos por su accionar violento, porque en años anteriores ya habían mantenido a la ciudadanía en jaque con sus paros y barricadas, y en 1999 volvieron casi ingobernable la ciudad, al punto de forzar la renuncia del entonces intendente Juan Carlos Barreto.
Su sucesor Eduardo Morales, designado por la Junta, en una arriesgada acción política se amparó en que la última huelga fue declarada ilegal por la Justicia y se sacó el peso de encima: en el 2000 los despidió en forma masiva. Pero los del Sitramucde apelaron y lograron que la Corte revea el fallo. Desde entonces exigen su reposición y no aceptan negociar indemnización.
Visto de este modo, los ex empleados están luchando por un legítimo derecho. Pero quienes habitan Ciudad del Este saben que tras la ilegal acción de esta semana está la mano del oficialismo nicanorista, manejada a través de su principal caudillo en la zona, el todopoderoso director de Itaipú y candidato a senador, Víctor Bernal, con la intención de joderle la vida a su principal contrincante en la región, su otrora socio del alma, el ex intendente y también influyente caudillo regional Javier Zacarías Irún, hoy candidato a vicepresidente por la fórmula de Luis Castiglioni.
Los detalles del conflicto revelan cómo se mueven los hilos desde bambalinas. El lunes la policía de CDE cumplió una función puramente decorativa, viendo como los manifestantes cerraban calles y violaban el derecho a la libre circulación, sin intervenir. El fiscal Félix Rodríguez exhibió una orden del juez Cesar Centurión, que prohíbe manifestaciones a 200 metros de la Municipalidad, pero el jefe de policía Wenceslao Recalde, viejo zorro en estas cuestiones, dijo que él nunca se enteró.
El fiscal Rodríguez anunció que iba a ordenar la prisión del jefe policial por desacato, pero luego sufrió un súbito ataque de amnesia. Ya queríamos ver cómo iba a ser y quién iba a cumplir la presunta orden de prisión (“Arréstese a si mismo y métase en la cárcel”). La intendenta MacLeod acusó que la policía cumplía órdenes directas de Nicanor para no desalojar a los huelguistas.
Si la intención de Bernal y Nicanor era dañar la imagen de Zacarías Irún, en principio lograron un efecto contrario. La administración municipal apareció como víctima del ataque de vándalos y despertó la solidaridad ciudadana y de figuras como el obispo Rogelio Livieres Plano. Pero el miércoles 14, cerca de la medianoche, algún torpe estratega les cambió la política y la sangre casi llegó al río Paraná. Los empleados municipales, dirigidos por altos directivos de la institución, salieron con garrotes y honditas a cagar a golpes a los pocos manifestantes que se encontraban en el campamento, destrozando toldos, sillas y hasta faroles del alumbrado público, y mandando a más de uno al hospital, al mejor estilo de las célebres patotas parapoliciales de Ramón Aquino.
Como trofeo exhibieron bombas molotov, machetes, cuchillos y garrotes que capturaron en su singular cacería, como para demostrar que los violentos eran los manifestantes, y no ellos. La intendenta MacLeod desapareció del mapa y todavía no explicó si ella dio la orden, o si el patoterismo de su gente solo fue producto del excesivo entusiasmo de los muchachos. Los del Sitramucde, que ya tenían las fuerzas menguadas, encontraron el motivo que necesitaban para aparecer como víctimas, reagruparse y volver con todo al día siguiente, a cerrar otra vez calles, siempre ante la pasividad policial.
Así está Ciudad del Este: con una Municipalidad que no puede trabajar y recaudar normalmente, con una población harta de ver conflictos incontrolados y que impiden las labores cotidianas.
Es legítimo que Nicanor, Blanca y Bernal compitan electoralmente contra Castiglioni y Zacarías Irún. Lo ilegítimo es que conviertan a Ciudad del Este (y de alguna manera al resto del país) en un territorio del “todo vale”, y que para lograr sus objetivos instrumenten a la Policía, a la Justicia, y a todas las instituciones públicas, incluyendo a las de salud y educación, provocando caos y anarquía. Una lamentable muestra de cómo la política mal orientada destruye a una comunidad, en lugar de construir.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Réquiem para una paraguaya sudaca


Que irónico, mamá. Dijiste que te ibas tan solo por dos años a España, que hacías el gran sacrificio de alejarte de tus hijos y de tus hijas, de trabajar cuidando niños ajenos en tierras tan lejanas y extranjeras para que los tuyos puedan tener un futuro digno en su propio país. Dijiste que te ibas en busca de la vida… ¡y te encontraste con la muerte!
Que trágico y doloroso, mamá. Extrañarte tanto en todos estos meses en que no estabas, esperar cada minuto con angustia para escuchar tu voz lejana y dulce en el teléfono desde el otro lado del mar, abrazar el frío monitor de la computadora cada vez que llegaba un e-mail tuyo como si así te abrazaran a vos y se hiciera menos sentida tu ausencia, soñar cada noche con tu sonrisa iluminando de vuelta los pasillos del aeropuerto… para despertar una mañana y enterarse de que tu ancha sonrisa ya no volverá a descender nunca más de ningún avión, que tu voz no ya volverá a sonar en ningún auricular de ningún teléfono, que tu último e-mail se quedó grabado para siempre en la memoria cibernética de una computadora como una espina lacerante en el corazón.
Cuántas preguntas sin respuestas, mamá. ¿Por qué tenías que irte dejándonos tan huerfanos? ¿Por qué se tienen que ir tantas mamás y tantos papás, aunque les duela tanto y nos duela tanto a todos? ¿Por qué se ha abierto esta brecha tan grande en el corazón de la patria, que nos separa y nos divide, empujando a tantos paraguayos y paraguayas a hipotecarlo todo para poder comprar el pasaje, someterse a un largo vía crucis para obtener el pasaporte, las colas, la humillación, las coimas, los sellos, la visa para un sueño? ¿Qué es lo que pasa con este país, que hace a sus hijos “a su imagen y semejanza, para de sí arrojarlos”, como bien señalaba el querido Augusto Roa Bastos?
Duele, mamá. Duele escuchar que los políticos en campaña electoral no tienen ninguna propuesta seria para enfrentar el drama del éxodo que desangra al Paraguay. O que algunos candidatos o candidatas se burlen del sufrimiento popular, al decir que los paraguayos y las paraguayas ya solo se irán a España de vacaciones. ¡Quien pudiera! Pero todos nosotros bien sabemos que tu sacrificada partida no fue ninguna vacación, que tuviste que dejar atrás partes desgarradas de vos misma, pedazos de tu corazón herido, tus padres, tus hijos, tus afectos, tus nostalgias del valle, la oportunidad arrebatada de una vida digna en tu propia patria, para obligarte definitivamente a ser otro en un mundo ancho y ajeno.
Dicen que ya son 17 los paraguayos y paraguayas que, como vos mamá, se han muerto en España. Si cada vida migrante es ya un drama social, cada muerte se vuelve casi una tragedia griega. Repatriar los restos mortales cuesta mucho dinero y cada día que se mantiene el cuerpo en una morgue española se contabiliza en miles de euros. ¿Cómo pueden pagarlo los familiares, si justamente quienes se van lo hacen por la falta de recursos? No queda más que recurrir nuevamente a la solidaridad ciudadana para pagar los altos costos, ya que el Estado paraguayo no se hace responsable (¿será que últimamente el Estado paraguayo es responsable de algo que no sea la corrupción, la prepotencia oficialista, la injusticia, la pobreza, el éxodo sin fin?).
Que irónico, mamá. Vos que siempre fuiste tan humilde y tan anónima en vida, te has convertido en noticia con tu muerte. Que triste y qué indignante vernos en el velorio de tu cuerpo ausente, con una vela encendida ante la foto de tu sonrisa, transformada en la tapa de los diarios y en la imagen central en los noticieros de televisión.
Si al menos todo esto sirviera para ayudarnos a ver y entender mejor lo que está pasando, y nos llevara a comprometernos a trabajar por cambiar las cosas para construir un Paraguay distinto, en donde irse del país sea una opción libre para cada ciudadano y ciudadana, y no el desesperado y único camino que nos queda, entonces quizás tu sonrisa borrada y tu muerte tan lejana no sería tan en vano, querida mamá. Y del hueco doloroso de tu ausencia irradiaría una nueva luz de amor y de esperanzas.

viernes, 2 de noviembre de 2007

En el país del no me acuerdo


“En el país del no me acuerdo
doy tres pasitos y me pierdo
un pasito para allí
no recuerdo si lo di
un pasito para allá
!ay, que miedo que me da!
En el país del no me acuerdo

doy tres pasitos y me pierdo
un pasito para atrás
y no doy ninguno más
porque yo ya me olvidé
donde puse el otro pie.”
(Una canción infantil de María Helena Walsh, escritora, poeta y cantautora argentina)

El 22 y el 23 de abril de 1996: ¿Será que existieron realmente esos dos días en el calendario? ¿O acaso fueron tragados por alguno de esos agujeros negros en el tiempo, como los que imagina con genial delirio el gran maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick?
Recuerdo bien aquella tarde, hace más de once años, cuando un colega de la sección política me contó el rumor que incendiaba el país: El entonces comandante del Ejército, general Lino Oviedo, se había peleado con el presidente Juan Carlos Wasmosy y amenazaba con dar un golpe de Estado.
Recuerdo bien esa larga jornada de adrenalina pura en la Redacción de ÚH. Carreras de periodistas y fotógrafos. Teléfonos que no paraban de sonar. El comunicado del embajador norteamericano que confirma la noticia. Las interminables guardias de prensa frente al destacamento de la Caballería. La renuncia de Wasmosy al cargo de presidente de la República firmada en un trozo de papel blanco. La presión de los países del Mercosur y la visita del secretario general de la OEA, César Gaviria. La gente en las calles, los primeros jóvenes carapintadas que iniciaban una larga vigilia democrática en las plazas del Congreso, la salvaje represión de la policía. ¿Ahora resulta que todo fue mentira, que nada de eso fue verdad? Aquella foto del diputado Marcelo Duarte con la sangre que le manaba de la cabeza por el bastonazo de un casco azul, ¿era solo salsa de tomate? ¿Todo no pasó de un grave fenómeno de alucinación colectiva, como uno de esos sueños nebulosos y recurrentes de Denzel Washington en la película Deja Vu?
En la estupenda novela Cien años de Soledad, el escritor colombiano Gabriel García Márquez cuenta cómo una misteriosa enfermedad llamada “la peste del olvido” se abate sobre los pobladores de Macondo y nadie consigue recordar lo que pasa. ¿Será que el Paraguay es Macondo y escribe su historia sobre la arena? ¿Se han contagiado con la peste del olvido los ministros de la Corte Suprema de Justicia que esta semana borraron con el codo lo que habían escrito antes con la mano, al sentenciar que la realidad nunca existió, y que el general Lino Oviedo nunca intentó alzarse contra el Estado de Derecho, y que por lo tanto está libre de toda condena judicial, libre para ser candidato a presidente de la República, como quiere el Tendotá?
¿Se han contagiado también con la peste del olvido el presidente, los ministros, la mayoría de los diputados y senadores, algunos colegas periodistas y analistas que escribieron sobre el intento de golpe de abril de 1996, pero que hoy meten las manos en los bolsillos y silban bajito mirando al cielo, mientras los intereses políticos pasan como con una topadora por sobre la institucionalidad, la credibilidad y la independencia de la Justicia en el Paraguay?
El problema no es Lino Oviedo. Si no fuera porque no puede explicar coherentemente el origen de su cuantiosa fortuna, o porque no se han podido despejar las sospechas sobre su participación en el asesinato del vicepresidente Argaña y de los jóvenes del Marzo Paraguayo, Oviedo sería un fascinante fenómeno político, un interesante personaje para una novela de realismo mágico latinoamericano. Y sí, hay que reconocer que así como pudo ser victimario de libertades públicas y derechos civiles, también fue víctima y prisionero de una mafia político-económica, y hoy está de vuelta, renacido, casi imparable, otra vez convertido en protagonista estrella de la escena política, potencial candidato a presidente del Paraguay.
El problema es lo que se juega detrás de todo esto: la perversión del sistema democrático, la consagración de la impunidad y de la Justicia instrumentada por el poder político, la corrupción fortalecida, la oposición complaciente o vendida, las esperanzas ciudadanas de un cambio democrático cada vez más lejanas aunque todavía latentes.
Y frente a eso, la grata comprobación de que todavía hay mucha gente que se resiste a sucumbir a la peste del olvido y a convivir en el país del no me acuerdo.