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sábado, 19 de noviembre de 2011
La foto
Hay imágenes que lo dicen todo. Y hay fotógrafos sagaces en el momento oportuno, como Carlos Benítez, reportero gráfico de Última Hora, quien al filo de la mañana del jueves husmeaba por pasillos de la Cámara de Senadores, junto a un colega de otro medio, tratando de burlar la vigilancia para satisfacer su olfato de sabueso periodístico.
Tras la puerta de una de las oficinas, Carlos entrevió lo que buscaba. Asomó su cámara y disparó. Vio gestos incómodos y nerviosos, oyó una voz ronca indagando quién los dejó pasar, pero ya emprendían otra vez la retirada, mientras resonaban pasos apurados por el corredor.
El resultado de ese fugaz momento fue la principal ilustración en la portada de Última Hora de ayer, junto a un gran titular: "Golpe en Senado nombra a fiscal colorado de Lugo". Es lo que en la jerga casera del periodismo solemos llamar: La foto.
La imagen muestra al casi eterno senador colorado Juan Carlos Calé Galaverna hablando y gesticulando con las manos en el aire, ante un selecto círculo de personas sentadas que lo escuchan cual gurú de la política criolla: la presidenta del Partido Colorado, Lilian Samaniego, y los senadores correligionarios Silvio Ovelar, Víctor Bernal, Rogelio Benítez y Julio César Velázquez, además del asistente número siete, el único sin traje oscuro ni corbata roja, con camisa amarilla y barba, tumbado en el sillón con un teléfono celular en la mano (como si el aparato intercomunicador marcara la presencia de otra persona en la reunión), el senador y presidente del partido Tekojoja, Sixto Pereira.
Sí, sí... ha leído bien. No es un error de imprenta, no. Sixto Pereira reunido con Calé, Bernal, Velázquez y compañía. Pereira, sí. El aguerrido legislador de izquierda, principal referente político del presidente Fernando Lugo, combativo líder de los carperos y los campesinos sin tierra. El que más de una vez acusó a Galaverna y compañía de ser exponentes de la corrupción y el prebendarismo. El que prometió una práctica política diferente, sin transadas ni componendas. Sixto Pereira, sí.
La foto de Carlos tuvo pleno sentido minutos después de esa reunión que pretendió ser secreta, cuando en sesión extraordinaria convocada exclusivamente por los senadores colorados y luguistas (incluyendo a los de la izquierda y a los liberales luguistas), se eligió como nuevo fiscal general del Estado al colorado Francisco Díaz Verón.
Finalmente hubo humo blanco. Habemus fiscal. Aunque sea otra vez colorado, y con la "ayudita" de los nuevos amigos Cartes y Calé.
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domingo, 23 de octubre de 2011
CANDIDATO, SE BUSCA
(Aviso hallado en la sección Clasificados de un diario:)
* Ante la comprobación del curioso fenómeno que los sociólogos denominan "crisis del clientelismo electoral" (y que en lenguaje común significa que, a muchos de nuestros más conspicuos caudillos y líderes partidarios, los correligionarios ya no los quieren ver ni en cajitas de fósforos), requerimos con suma urgencia:
-Empresario exitoso con voluminosa cuenta bancaria y con importantes contactos fronterizos, que esté dispuesto a representar a nuestro centenario y benemérito partido como candidato a la presidencia de la República en las próximas elecciones.
-No se requiere experiencia previa, tradición ni militancia partidaria (cualquier oposición al respecto podrá ser salvada rápidamente con una oportuna convención del partido, para modificar los puntos claves de nuestros estatutos que impidan la postulación).
-Favor presentar currículum con fotos y plan de inversiones económicas en la seccional más cercana.
-Recompensa: el retorno de los que nunca se fueron y la permanencia en primer lugar en el top ten mundial de la corrupción.
(Otro aviso insertado en la misma página:)
* Ante la maquiavélica conspiración antidemocrática de la derecha oligárquica y fascista, empotrada en los partidos tradicionales y en las corporaciones del imperialismo, que en connivencia con la prensa comercial y mercenaria han bloqueado todos los legítimos intentos por lograr que nuestro gran conductor del cambio pueda ser reelecto en el cargo, y que han desarrollado además sistemáticas campañas de mentiras para desprestigiar a nuestros compañeros líderes de base y dirigentes políticos revolucionarios, buscando presentarlos como personas resistidas por el pueblo para no dar continuidad al proceso, requerimos con suma urgencia:
-Figuras mediáticas que generen mucha simpatía en el electorado, preferentemente conductores estrellas de la televisión con elevado rating y alta medición de share en pantalla, especialistas en narrar chistes o realizar desnudismo ante cámaras, aunque se medirá también la performance de médicos famosos, futbolistas consagrados o empresarios expresidenciables reciclados.
-Favor acercar currículum con fotografías a cualquier dependencia pública, a sedes de movimientos alternativos, a parroquias progresistas o al pub under más cercano.
-Recompensa: otros cinco años de populismo inmediatista y de experimentación política en el poder, aunque tengamos que seguir postergando la necesaria institucionalización del Estado.
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sábado, 14 de mayo de 2011
200 años igual...
La gesta libertaria de mayo de 1811… ¿fue solamente para la ciudad de Asunción? ¿El resto del Paraguay no se independizó de España, hace 200 años?
Entonces… ¿Porqué el 90 % de los actos de festejos del Bicentenario de la Independencia se concentra solo en la capital, mientras al vasto y abnegado país que empieza más allá de Calle Última se destinan solo las migajas de un millonario presupuesto que se dilapida en ultras tecnológicas proyecciones de mappings fugaces, explosiones de luces y fuegos artificiales sobre fachadas de edificios históricos, incluyendo la promoción electoral alevosa de algunas figuras políticas actuales mezcladas con las de los Próceres?
Aunque muchos de los gestores de aquella revolución independentista procedían de la despectivamente llamada “campaña” y hoy son varios de esos pueblos y ciudades de tierra adentro lo que ostentan con orgullo sus nombres –Pedro Juan Caballero, Iturbe, Yegros, Cabañas, Fernando De la Mora… - lo mejor de la linda y gran fiesta bicentenaria se dedica casi exclusivamente a los habitantes de una ciudad que tiene menos de un millón de habitantes, mientras que a más de cinco millones de pobladores del “Paraguay profundo” solo les queda la opción de mirarlo por televisión, en parcial y condicionada transmisión.
No me preocupa tanto el gran costo en dinero, ni creo que sea muy válido el argumento populista de que no debemos gastar en fiestas cuando persisten bolsones de miseria y hay niños muriéndose de hambre en las calles, porque no pasa por allí. Un Bicentenario de la Independencia ocurre una sola vez en la vida. Lo que me molesta es la persistencia de esa odiosa actitud de centralismo, exclusión y discriminación del "otro país" (el que produce y da de comer a la capital), porque si no la hemos podido cambiar positivamente en 200 años, entonces… ¿qué cosa estamos celebrando?
No quiero ser aguafiestas. También me emociona y me da no sé qué ver los edificios históricos como el Panteón de los Héroes, el Cabildo o el Palacio de López , hechos una pinturita, con tantas luces ultramodernas y tanta bandera tricolor, ver a la gente patriótica y feliz en las calles, sentir la música en el aire. Pero también estoy convencido de que si ese "no sé qué" no nos ayuda a ser mejores, a intentar construir en serio una patria más justa, más libre, más equitativa, sin tanta corrupción ni pobreza... no habrá valido la pena gastar tantos millones en celebrar el Bicentenario.
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sábado, 2 de abril de 2011
Veinte años de impunidad
¿Quién diría que ya se van a cumplir veinte años, Santiago?
Veinte años desde aquella mañana en que te reías en el micrófono de la radio, en ese enlace con Ñandutí desde el Amambay, cuando Humberto pedía que te cuides ante las amenazas de muerte, y vos le respondías sin saber que tus palabras iban a quedar para siempre en el bronce: “Hay dos clases de muerte: una es la muerte material y otra es la muerte cuando uno abandonó la ética y la voluntad de trabajo. Prefiero la muerte física a la muerte ética".
Veinte años desde ese fatídico mediodía del 26 de abril de 1991, en que te despedías de los oyentes de tu programa Puertas Abiertas (sin saber que lo estabas haciendo para siempre) y subías al auto manejado por tu fiel Carapé Cabral, para dirigirte al restaurante El Pato donde los muchachos ya te estaban esperando con botellas de cerveza helada y una suculenta feijoada, sin sospechar que la muerte te aguardaba agazapada en el camino.
Veinte años desde que el siniestro Volkswagen Gol color negro, con vidrios polarizados y puerta derecha abollada, te cerró el paso en la esquina de Rodríguez de Francia y De Jesús Martínez, en plena línea internacional fronteriza entre Pedro Juan y Ponta Porá, y los tres oscuros pistoleros brasileños cegaron con 21 certeros disparos tanta pasión informativa, tanto coraje periodístico, tanta lucha democrática, tantos sueños por hacer posible un país diferente.
Veinte años de indignadas marchas de protesta y de estandartes con tu imagen. Veinte años de pronunciar discursos y depositar coronas de flores frente a tu rostro de metal. Veinte años de una niña y tres chicos que tuvieron que hacerse adultos a la fuerza con la dolorosa ausencia de papá. Veinte años de presidentes de la República y ministros de la Corte Suprema jurando en vano reabrir el caso y llevar a tus asesinos ante la Justicia, mientras dejaban que el voluminoso expediente número 70 se vaya cubriendo de polvareda y telarañas en algún neblinoso rincón de la memoria colectiva.
Veinte años desde que la mafia y el crimen organizado, junto a sus padrinos políticos, les demostraron al mundo qué fácil es asesinar a un inquisidor periodista en el Paraguay, y quedar impunes no solo durante veinte años, sino quizás para siempre. Aunque en la sangrienta y dolorosa huella de aquel crimen horrendo hayan surgido y sigan surgiendo muchos otros seguidores de aquel valiente y luminoso Santiago Leguizamón, que no aprendieron la criminal lección, e insisten tercamente en seguir cuestionando, investigando, informando, denunciando, publicando…
Veinte años desde aquella mañana en que te reías en el micrófono de la radio, en ese enlace con Ñandutí desde el Amambay, cuando Humberto pedía que te cuides ante las amenazas de muerte, y vos le respondías sin saber que tus palabras iban a quedar para siempre en el bronce: “Hay dos clases de muerte: una es la muerte material y otra es la muerte cuando uno abandonó la ética y la voluntad de trabajo. Prefiero la muerte física a la muerte ética".
Veinte años desde ese fatídico mediodía del 26 de abril de 1991, en que te despedías de los oyentes de tu programa Puertas Abiertas (sin saber que lo estabas haciendo para siempre) y subías al auto manejado por tu fiel Carapé Cabral, para dirigirte al restaurante El Pato donde los muchachos ya te estaban esperando con botellas de cerveza helada y una suculenta feijoada, sin sospechar que la muerte te aguardaba agazapada en el camino.
Veinte años desde que el siniestro Volkswagen Gol color negro, con vidrios polarizados y puerta derecha abollada, te cerró el paso en la esquina de Rodríguez de Francia y De Jesús Martínez, en plena línea internacional fronteriza entre Pedro Juan y Ponta Porá, y los tres oscuros pistoleros brasileños cegaron con 21 certeros disparos tanta pasión informativa, tanto coraje periodístico, tanta lucha democrática, tantos sueños por hacer posible un país diferente.
Veinte años de indignadas marchas de protesta y de estandartes con tu imagen. Veinte años de pronunciar discursos y depositar coronas de flores frente a tu rostro de metal. Veinte años de una niña y tres chicos que tuvieron que hacerse adultos a la fuerza con la dolorosa ausencia de papá. Veinte años de presidentes de la República y ministros de la Corte Suprema jurando en vano reabrir el caso y llevar a tus asesinos ante la Justicia, mientras dejaban que el voluminoso expediente número 70 se vaya cubriendo de polvareda y telarañas en algún neblinoso rincón de la memoria colectiva.
Veinte años desde que la mafia y el crimen organizado, junto a sus padrinos políticos, les demostraron al mundo qué fácil es asesinar a un inquisidor periodista en el Paraguay, y quedar impunes no solo durante veinte años, sino quizás para siempre. Aunque en la sangrienta y dolorosa huella de aquel crimen horrendo hayan surgido y sigan surgiendo muchos otros seguidores de aquel valiente y luminoso Santiago Leguizamón, que no aprendieron la criminal lección, e insisten tercamente en seguir cuestionando, investigando, informando, denunciando, publicando…
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lunes, 21 de marzo de 2011
El herido corazón de una madre
Hace doce años, la noche del 26 de marzo de 1999, su corazón de madre recibió la herida más terrible, cuando le dieron la ingrata noticia de que su amado hijo Henry Daniel había sido alcanzado por dos balazos en la cabeza, convirtiéndose para siempre en uno de los ocho mártires de la gesta ciudadana del Marzo paraguayo.
Hace doce años, ella se convirtió en una Madre coraje parida por el heroísmo de su hijo, símbolo de lucha y resistencia cívica, conciencia y memoria colectiva de una sociedad amnésica, que no se ha cansado nunca de reclamar justicia para quienes dieron su vida por un ideal que ellos llamaban Patria.
Pero ni el corazón más bravío puede resistir a tanta infamia. Doce años después, el corrupto e ineficaz sistema que algunos llaman erróneamente Justicia, no ha podido atender a los reclamos de las víctimas, los familiares y gran parte de la sociedad paraguaya.
Doce años después, la presunta Justicia ya dictaminó que los asesinos no son los asesinos, y ya aceptó como plenamente válidas las surrealistas teorías de que las balas dieron la vuelta en la esquina y cayeron desde otra dirección, o que los Mártires de la Plaza se dispararon a sí mismos, así como también dictaminó que nunca hubo intentos de derrocar al estado de derecho en abril de 1996, ni en mayo de 2000. Los tanques de guerra nunca salieron a las calles, nunca hubo cañonazos contra la pared del Congreso, la realidad nunca existió y todos hemos sido víctimas de una alucinación colectiva
En vísperas del 12º aniversario del Marzo paraguayo, el corazón de doña Gladys Bernal tuvo su primera caída. Hace poco perdió a su marido, don Henry. "Lo que más siento es que haya muerto sin ver que se haya hecho justicia a nuestro hijo", reclama. Ella no lo pudo soportar, y debió ser internada de urgencia, víctima de un ataque cardiaco. Ahora aguarda convaleciente una próxima operación quirúrgica y el reemplazo de una válvula a su herido y luchador corazón.
Habrá que hacerle llegar un abrazo grande como el mundo. Habrá que pedirle que no se rinda, porque -aunque no queramos reconocerlo- necesitamos mujeres como ella, que sean nuestra memoria viva y mantengan encendidas las llamas de la utopía, para que no le roben la esencia al rebelde viento de Marzo. En algún lugar está esperando el Paraguay más libre, justo y solidario que los chicos de la plaza fueron capaces de imaginar, al punto de dar su vida por el sueño de hacerlo posible.
Hace doce años, ella se convirtió en una Madre coraje parida por el heroísmo de su hijo, símbolo de lucha y resistencia cívica, conciencia y memoria colectiva de una sociedad amnésica, que no se ha cansado nunca de reclamar justicia para quienes dieron su vida por un ideal que ellos llamaban Patria.
Pero ni el corazón más bravío puede resistir a tanta infamia. Doce años después, el corrupto e ineficaz sistema que algunos llaman erróneamente Justicia, no ha podido atender a los reclamos de las víctimas, los familiares y gran parte de la sociedad paraguaya.
Doce años después, la presunta Justicia ya dictaminó que los asesinos no son los asesinos, y ya aceptó como plenamente válidas las surrealistas teorías de que las balas dieron la vuelta en la esquina y cayeron desde otra dirección, o que los Mártires de la Plaza se dispararon a sí mismos, así como también dictaminó que nunca hubo intentos de derrocar al estado de derecho en abril de 1996, ni en mayo de 2000. Los tanques de guerra nunca salieron a las calles, nunca hubo cañonazos contra la pared del Congreso, la realidad nunca existió y todos hemos sido víctimas de una alucinación colectiva
En vísperas del 12º aniversario del Marzo paraguayo, el corazón de doña Gladys Bernal tuvo su primera caída. Hace poco perdió a su marido, don Henry. "Lo que más siento es que haya muerto sin ver que se haya hecho justicia a nuestro hijo", reclama. Ella no lo pudo soportar, y debió ser internada de urgencia, víctima de un ataque cardiaco. Ahora aguarda convaleciente una próxima operación quirúrgica y el reemplazo de una válvula a su herido y luchador corazón.
Habrá que hacerle llegar un abrazo grande como el mundo. Habrá que pedirle que no se rinda, porque -aunque no queramos reconocerlo- necesitamos mujeres como ella, que sean nuestra memoria viva y mantengan encendidas las llamas de la utopía, para que no le roben la esencia al rebelde viento de Marzo. En algún lugar está esperando el Paraguay más libre, justo y solidario que los chicos de la plaza fueron capaces de imaginar, al punto de dar su vida por el sueño de hacerlo posible.
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lunes, 14 de marzo de 2011
Los indígenas sojeros
Después de haber leído tantos libros e investigaciones que aseguran que el cultivo de la soja produce riqueza solo para unos pocos empresarios rurales, en su mayoría extranjeros, mientras condena a una gran masa de campesinos e indígenas a sobrevivir en la miseria, cuesta entender una experiencia como la de los Aché de Puerto Barra Tapyi, Alto Paraná, que han encontrado justamente en la producción agrícola mecanizada de la oleaginosa el medio para construir su prosperidad y salir del atraso, sin renunciar a la esencia de su cultura y su identidad como pueblo originario.
Este miércoles 9 de marzo nos tocó participar del ritual de celebración de la cosecha en los campos de la comunidad, a 130 kilómetros al Sur de Ciudad del Este, y fue llamativo verlos con los rostros cubiertos por sus tradicionales pinturas de fiesta, cantando un himno primordial en lengua Aché, mientras tres potentes y modernas máquinas cosechadoras recolectaban hasta 4.200 kilos por hectárea de las 100 cultivadas de soja, en un rendimiento que les permitirá obtener cerca de 300 mil dólares para las 38 familias asentadas.
Han tenido que pasar más de 35 años desde que sus antepasados eran perseguidos y cazados como animales en los montes del Alto Paraná, cuando los patrones de obrajes ofrecían sumas de dinero por cada cabeza de “indio guayakí” muerto. El anciano José Kuategi, guardián de la memoria de su pueblo, todavía tiembla cuando recuerda los horrores de los últimos 28 indígenas Aché que salieron del monte, desnudos y atados con sogas, temidos como enemigos peligrosos.
Pero la solidaridad de una familia misionera les ayudó a encontrar un refugio a orillas del río Ñacunday, donde hoy mantienen una comunidad modelo en unas 850 hectáreas de tierra recuperada y asegurada, en donde guardan reservas de bosques para enseñarles a sus hijos como era vivir en el monte, pero a la vez aprenden a manejar la computadora conectada a internet, y a desarrollar 240 hectáreas de agricultura de renta, combinada con rubros de consumo, manejando sus propios tractores y sembradoras mecánicas.
Hay varios interesantes aspectos a ser estudiados en esta rica experiencia que rompe esquemas y teorías. Indígenas que no tienen niños mendigando en las calles, y mantienen con orgullo la esencia de su cultura originaria. ¿Acaso haberse convertido en sojeros incorpora a los Aché al sistema capitalista, cuando el dinero que obtienen con su laboriosidad productiva es re-distribuido comunitariamente, y una gran parte se destina a mejorar los servicios sociales: salud, educación, comedor colectivo...?
sábado, 12 de febrero de 2011
El sueño del chico

¡Ya sé lo que quiero ser cuando sea grande...! Antes deseaba ser parlamentario, ganar mensualmente cerca de 20 millones de guaraníes con solo levantar la mano y gritar "aprobado", pero en estos días cambié radicalmente de idea. Ahora prefiero ser ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno del cambio... pero manteniendo a la vez el cargo nominal de Consejero de Itaipú.
De este modo, puedo embolsillarme limpiamente... ¡59 millones de guaraníes! Un salario mucho más alto que el de mis otros colegas ministros, que solo ganan 12 millones. Sin contar viáticos, gastos de representación, gratificaciones, vehículos y todos los privilegios que acarrea tan alto y digno cargo.
Claro... para eso debo tener el perfil de heroico luchador estudiantil y gremial durante la dictadura, destacado dirigente de partidos y movimientos de izquierda, y en tal carácter cuestionar públicamente el escandaloso robo y despilfarro del dinero público que han cometido los sucesivos regímenes colorados... y prometer que cuando nosotros lleguemos al poder haremos un Gobierno totalmente distinto, políticamente ético, austero en la administración de los recursos estatales y solidario con los más pobres.
Cuando la alianza política a la que pertenezco gane las elecciones y a mí me elijan parlamentario del Mercosur, en lugar de ejercer el cargo para el cual fui votado, voy a preferir ser nombrado miembro del Consejo de Itaipú, allí donde se pagan sueldos astronómicos que no condicen con la realidad social del país. Y si luego el presidente me ofrece además el cargo de Canciller, voy a declarar ante la prensa que conservaré los dos cargos, pero como soy de izquierda, progresista y solidario con los pobres, anuncio que optaré por el sueldo más bajo, el de 12 millones, porque eso es lo que da buena imagen.
Claro... como en este país todo se acaba descubriendo tarde o temprano, si la prensa llega a averiguar después que en realidad me hice el ñembotavy y me quedé calladamente con el salario más alto -el de 59 millones, je...-, voy a defenderme diciendo que me hice asesorar y tengo dictámenes jurídicos de que la Ley solo prohíbe cobrar dos salarios, no el salario más alto, (el del cargo que no ejerzo, aunque siga figurando, je).
¿Qué importa que esta incongruencia mía -por no decir otra cosa-decepcione a tantos y aumente aun más el creciente desprestigio de un Gobierno que prometía ser distinto, y les haga un daño muy grande a tantos compañeros míos que si intentan ser coherentes con los ideales que alguna vez nos unieron? Total... he cumplido mi sueño.
domingo, 16 de enero de 2011
La dignidad de los Aché
La caja de cartón estaba allí, en el despacho de la fiscala María del Carmen Meza, en Iruña, a 115 kilómetros al Sur de Ciudad del Este. En su interior había varios paquetes de medicamentos, antiparasitarios, antigripales, antibióticos y expectorantes. Era la mañana del miércoles 12 de enero. Un tibio rayo de sol se colaba entre las persianas. José Onegi, Lorenzo Puapirangi, Felipe Brevigi Kajapukuji y Hugo Airaji, representantes de la comunidad indígena Aché de Puerto Barra, Alto Paraná, escuchaban atentamente lo que les relataba la agente fiscal.
El diputado liberal por Alto Paraná, Nelson Segovia Duarte, había estado en esa misma oficina el día anterior y dejado para ellos la caja de medicamentos, en concepto de donación, buscando “un arreglo amistoso” tras el incidente en que el legislador fue descubierto por los indígenas, cuando se hallaba cazando ilegalmente en sus tierras, en la madrugada del 31 de diciembre.
Los Aché se miraron. Esos medicamentos iban a ser muy útiles para la humilde farmacia de la comunidad. Pero no. Con un simple gesto se pusieron de acuerdo. Entonces José Onegi comunicó que no iban a retirar la donación. “Nuestra dignidad no se compra con una caja de medicamentos”, explicó.
Los Aché de Puerto Barra tienen una larga historia de superar adversidades. Hasta hace poco, sus padres y abuelos eran cazados como animales en los montes del Alto Paraná. Tras larga lucha, conquistaron las 850 hectáreas de tierra en que están asentados, donde hoy muestran cómo son capaces de conciliar su cultura ancestral con los desafíos de la modernidad, al haberse convertido en exitosos productores de soja y maíz, sin alterar su modo de vida ni destruir el medio ambiente.
El 30 de diciembre fueron premiados como Destacados 2010 por el diario Última Hora. Esa misma noche, el eco de disparos los despertó. Se dirigieron presurosos al río Ñacunday, donde hallaron al diputado Segovia y a dos acompañantes, con escopetas de caza y ejemplares muerto de coati y pato silvestre, a bordo de una lancha.
Hicieron la denuncia a la Comisaria de Naranjal. Los policías liberaron a los cazadores furtivos y olvidaron comunicar el procedimiento. Cuando la prensa requirió sobre el caso, lo negaron. Pero los indígenas habían registrado lo sucedido en una serie de 42 fotografías, que entregaron a los medios. Cuatro días después se tuvo que abrir una carpeta fiscal por presuntos delitos contra el Medio Ambiente y el acta de la intervención policial apareció milagrosamente, aunque fechado en diciembre 2011, y negando que había animales silvestres cazados.
Habrá que ver qué decide la Justicia en este caso. Pero los indígenas Aché ya nos han dado una gran lección: La dignidad no se compra con una caja de medicamentos.
Habrá que ver qué decide la Justicia en este caso. Pero los indígenas Aché ya nos han dado una gran lección: La dignidad no se compra con una caja de medicamentos.
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domingo, 2 de enero de 2011
Bicentenario a lo Paraguay

Lo pude ver por televisión desde Ciudad del Este, gracias a la Red Guaraní, el único canal que se dignó en transmitir en vivo un espectáculo que intentaba pulsar la emotividad y el patriotismo de los paraguayos y paraguayas, en el primer día de este año 2011 que evoca el Bicentenario de nuestra Independencia, nada menos. Los demás canales de televisión estaban pasando, en ese momento, programas de entretenimiento o películas norteamericanas mil veces repetidas.
Después de haber visto –también por tevé- shows de similar evocación bicentenaria, como los de Argentina, Chile, México, tenía una secreta ilusión de que este primer intento paraguayo se aproxime al clima de excelencia artística, cultural, político-social y tecnológica, logrado en los países hermanos.
Pero una vez más, al parecer, se impuso nuestra idiosincracia nativa, y el resultado fue un producto en gran parte improvisado, o mal organizado, u organizado a medias, que popularmente ha sido calificado (aunque nos disguste la auto-estigmatización) como “un Bicentenario a lo Paraguay”.
En primer lugar, la clásica impuntualidad. Casi media hora de retraso para una multitud que esperaba desde el atardecer, fue una gran falta de respeto. ¿Es tan dificil empezar algo a tiempo?
Lo más lamentable de la noche fueron los discursos de las autoridades. Mediocres y desubicados para una ocasión tan digna. El impresentable presidente del Congreso, Oscar González Daher, dirigió un saludo chabacano, chato y sin contenido, que el público contestó con sonoros abucheos. El flamante intendente municipal de Asunción, Arnaldo Samaniego, demostró una vez más ser un pésimo orador. Pero quien estuvo más desacertado fue el vicepresidente Federico Franco, que confundió el acto cultural con algún mitin liberal, y pronunció un discurso de barricada, de mal gusto y poca rigurosidad histórica. Si lo que buscaban era inflamar patriotismo, produjeron el efecto contrario: que sintamos vergüenza de nuestros seudo-líderes políticos.
El show artístico fue bueno, aunque con desniveles. El coro de niños, emotivo. El concierto de las 200 Arpas del Bicentenario y su posterior ensamblaje con la orquesta Sonidos de la Tierra fue uno de los mejores momentos, pero el estupendo trabajo desarrollado por los maestros Luis Szarán y Cesar Cataldo se vio empobrecido por las serias fallas de sonido, que se notaban claramente en la transmisión televisiva, pero que según me confirmaron quienes asistieron al acto, fue aún peor en la plaza: una gran parte del público en las áreas periféricas del sector vip no podía escuchar y tampoco ver gran cosa en el escenario.
Otra intervención poco feliz fue la del "momento humorístico”. Un show sin mucho contenido, con caracterizaciones muy forzadas de Juana María de Lara y de Rodríguez de Francia. Hasta para caricaturizar a un personaje se necesita conocer sus características, y esa criatura no tenía ni asomo de la personalidad de 'El Supremo'. Gustavo Cabañas es un gran actor y un histriónico humorista, pero necesita un buen guión, que en esta oportunidad estuvo ausente. El humor también debe ser algo serio, y más en un espectáculo como este.
Lo inexplicable fueron los largos baches entre una y otra presentación. La emotiva danza de los indígenas Maká y del ballet Kamba cua quedó como descolgada, como un relleno mientras las autoridades se mudaban al otro escenario. Poco funcional para un espectáculo que debería pensarse como un gran show con potencialidad de transmisión televisiva internacional.
He leído en las redes sociales a muchas voces cuestionadoras del espectáculo de proyección audiovisual “mapping” sobre la fachada del Cabildo. A mí me gustó. Siempre será difícil comprimir 200 años de historia en 8 minutos, y la interpretación, así como la observación de lo interpretado, siempre resultará subjetiva, pero lo que se pudo ver fue emocionante: una proyección creativa, con un gran aprovechamiento del diseño arquitectónico del Cabildo.
Pero gran parte del ‘efecto sorpresa’ y el impacto se perdió por la sucesiva demora. El ensamblaje tenía que ser automático, tras el show artístico. Y me quedó, como espectador, un cierto sabor de boca de frustración, esa incómoda sensación de que una vez más dejamos pasar la oportunidad de hacer algo realmente bueno, algo que tenga impacto en nuestras almas y que además trascienda nuestras fronteras con buena calidad.
¿Qué será que nos impide hacer las cosas a la perfección? ¿Incapacidad de convocar a nuestros mejores talentos, y de crearles un clima para que trabajen juntos en equipo, por encima de las diferencias y las rencillas caseras? ¿Falta de liderazgo real en la Comisión Bicentenario? ¿Habrá posibilidad de mejorar esto, o es lo que nos espera a lo largo del 2011? ¿O será que si estamos ante el desafío de que “un Bicentenario a lo Paraguay?” pueda significar, de una vez por todas, una marca de excelencia y de cosas bien hechas?
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viernes, 10 de diciembre de 2010
Réquiem por un paragua
Te decían “El Gallo”.
Un “marcante” que te ganaste por ser “guapo” en tu humilde oficio de albañil en Buenos Aires, por el orgullo con que ostentabas tu condición de paraguayo en esta gran ciudad donde te dicen “paragua” con una marca de desprecio, al igual que llamaban “bolita” a la chica boliviana, Rosemary Churapuña, a la que asesinaron igual que a vos en la noche de ese trágico martes 7 de diciembre, cuando el sueño de una vida digna en tierra ajena y lejos de la patria se les cambió en repentina pesadilla.
Tu nombre era Bernardo Salgueiro y tenías 22 años de edad. Habías llegado hace un año desde las verdes campiñas del Paraguay, como tantos miles de compatriotas, huyendo de la pobreza rural, de la injusticia y el abandono en tu propia tierra, convencido de que en la gran capital argentina es más fácil pelearle a la miseria, hacerte un sitio en alguna villa, conchabarte en obras de construcción, juntar dinero para regresar cuanto antes y adquirir el ranchito propio bajo el cielo de ñandutíes, en donde ver crecer libres a tus hijos.
Quiso el azar, o el destino, o el juego de los poderes políticos y mafiosos en este conurbano bonaerense, que esa noche de martes estuvieras allí, en la entrada de la Villa 20, cuando empezó el violento operativo policial de desalojo contra los ocupantes del Parque Indoamericano, y te vieras envuelto en un confuso torbellino de gritos, corridas, humo, gas lacrimógeno, pedradas, disparos, hasta sentir ese golpe seco en el abdomen que te hizo doblarte, gritar por ayuda mientras sentías que el aire se te iba, que era la vida misma y todos tus sueños los que se te escapaban.
Escuché a tu hermana Griselda, con esa voz tan paragua y tan dolida como música de lamento guaraní, contar que esa pelea ni siquiera era la tuya, que solo estabas allí para buscar a tus dos sobrinos pequeños y llevarlos a casa del abuelo, en Barracas, pero ese disparo que hasta ahora nadie sabe quien lo hizo, aunque todos lo sospechan, te convirtió en mártir de la lucha social, en un nombre de bandera, en una consigna heroica, en un rol que nunca pediste y nunca quisiste. Solo querías la vida distinta que tu propia patria te negaba.
Te decían “El Gallo”.
Caíste al atardecer de un martes 7 de diciembre, lejos de tu tierra. Quiso el destino que me encontrara también justamente aquí, en esta Buenos Aires convulsionada por tu muerte, para escribirte este réquiem apurado, dolido, conmovido. Bernardo Salgueiro, compatriota, hermano: que descanses en paz.
Un “marcante” que te ganaste por ser “guapo” en tu humilde oficio de albañil en Buenos Aires, por el orgullo con que ostentabas tu condición de paraguayo en esta gran ciudad donde te dicen “paragua” con una marca de desprecio, al igual que llamaban “bolita” a la chica boliviana, Rosemary Churapuña, a la que asesinaron igual que a vos en la noche de ese trágico martes 7 de diciembre, cuando el sueño de una vida digna en tierra ajena y lejos de la patria se les cambió en repentina pesadilla.
Tu nombre era Bernardo Salgueiro y tenías 22 años de edad. Habías llegado hace un año desde las verdes campiñas del Paraguay, como tantos miles de compatriotas, huyendo de la pobreza rural, de la injusticia y el abandono en tu propia tierra, convencido de que en la gran capital argentina es más fácil pelearle a la miseria, hacerte un sitio en alguna villa, conchabarte en obras de construcción, juntar dinero para regresar cuanto antes y adquirir el ranchito propio bajo el cielo de ñandutíes, en donde ver crecer libres a tus hijos.
Quiso el azar, o el destino, o el juego de los poderes políticos y mafiosos en este conurbano bonaerense, que esa noche de martes estuvieras allí, en la entrada de la Villa 20, cuando empezó el violento operativo policial de desalojo contra los ocupantes del Parque Indoamericano, y te vieras envuelto en un confuso torbellino de gritos, corridas, humo, gas lacrimógeno, pedradas, disparos, hasta sentir ese golpe seco en el abdomen que te hizo doblarte, gritar por ayuda mientras sentías que el aire se te iba, que era la vida misma y todos tus sueños los que se te escapaban.
Escuché a tu hermana Griselda, con esa voz tan paragua y tan dolida como música de lamento guaraní, contar que esa pelea ni siquiera era la tuya, que solo estabas allí para buscar a tus dos sobrinos pequeños y llevarlos a casa del abuelo, en Barracas, pero ese disparo que hasta ahora nadie sabe quien lo hizo, aunque todos lo sospechan, te convirtió en mártir de la lucha social, en un nombre de bandera, en una consigna heroica, en un rol que nunca pediste y nunca quisiste. Solo querías la vida distinta que tu propia patria te negaba.
Te decían “El Gallo”.
Caíste al atardecer de un martes 7 de diciembre, lejos de tu tierra. Quiso el destino que me encontrara también justamente aquí, en esta Buenos Aires convulsionada por tu muerte, para escribirte este réquiem apurado, dolido, conmovido. Bernardo Salgueiro, compatriota, hermano: que descanses en paz.
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sábado, 20 de noviembre de 2010
Los indeseables
Sobreviven desde hace tres o cuatro años en míseras chozas de hule y cartón levantadas en las veredas, arrinconadas contra la alambrada de un gran terreno baldío, en los costados de la Terminal de Ómnibus de Ciudad del Este, y otro grupo junto a la valla del Centro Regional de Educación.
Son cerca de 170 personas, principalmente mujeres, niños y adolescentes, pertenecientes a las etnias Mbya Guaraní y Ava Guaraní, que han ido llegando desde dispersas comunidades de Caaguazú y Caazapá, huyendo de la miseria y del olvido en sus antiguas tierras arrasadas, hasta recalar y constituir sus precarias “tolderías urbanas” en el paisaje esteño. De allí han sido desalojados con la fuerza policial y llevados en camiones hasta sus lugares de origen, más de una vez, pero siempre acaban volviendo, porque alegan que en el campo morirán de hambre. En la ciudad al menos pueden mendigar, o robar, o prostituirse.
Son mirados como “enemigos públicos”, indeseables invasores del espacio público urbano. Este jueves 18, más de 500 personas, entre taxistas, productores de la Feria de Hortigranjeros, educadores y alumnos, marcharon por las calles para exigir a las autoridades que los indígenas “sean echados de la ciudad y nunca más se les permita regresar”.
Se los ve como un grave peligro cotidiano. Niños y jóvenes siempre drogados, ojos vidriosos por el crack o el pegamento, mendigan junto a los semáforos, exigiendo dinero con actitud agresiva. Adultos en estado de borrachera casi permanente ofrecen a sus niñas de apenas 11 años como precoces prostitutas a los infaltables degenerados. Hay innumerables denuncias de robos y asaltos a traseúnntes, especialmente a turistas y viajeros que llegan a la Terminal.
La gota que colmó el vaso de la indignación fue el asesinato de Críspulo Porra Arévalos, un humilde cuidador de autos de más de 70 años, que hace un par de semanas fue apuñalado mortalmente por Juan Ramírez, joven indígena de 18 años, solo porque el hombre le exigió que no molestara a los visitantes a la Feria.
Triste cuadro de lucha social de ciudadanos humildes contra sus propios hermanos aún más pobres y degradados. Es entendible el reclamo de los manifestantes, pero… ¿no están errando en el blanco? La marcha de protesta, en lugar de ser contra los indígenas, ¿no debería ser contra las autoridades del Gobierno central, departamental y municipal, por desentenderse tan irresponsablemente de la suerte de los más desposeídos de todo?
Y pensar que atender la cuestión indígena fue una de las principales banderas del Gobierno Lugo. ¿Qué se ha hecho desde el Indi, aparte de haber utilizado políticamente y luego descartado a una digna y querida líder nativa como Margarita Mbywangi?
Son cerca de 170 personas, principalmente mujeres, niños y adolescentes, pertenecientes a las etnias Mbya Guaraní y Ava Guaraní, que han ido llegando desde dispersas comunidades de Caaguazú y Caazapá, huyendo de la miseria y del olvido en sus antiguas tierras arrasadas, hasta recalar y constituir sus precarias “tolderías urbanas” en el paisaje esteño. De allí han sido desalojados con la fuerza policial y llevados en camiones hasta sus lugares de origen, más de una vez, pero siempre acaban volviendo, porque alegan que en el campo morirán de hambre. En la ciudad al menos pueden mendigar, o robar, o prostituirse.
Son mirados como “enemigos públicos”, indeseables invasores del espacio público urbano. Este jueves 18, más de 500 personas, entre taxistas, productores de la Feria de Hortigranjeros, educadores y alumnos, marcharon por las calles para exigir a las autoridades que los indígenas “sean echados de la ciudad y nunca más se les permita regresar”.
Se los ve como un grave peligro cotidiano. Niños y jóvenes siempre drogados, ojos vidriosos por el crack o el pegamento, mendigan junto a los semáforos, exigiendo dinero con actitud agresiva. Adultos en estado de borrachera casi permanente ofrecen a sus niñas de apenas 11 años como precoces prostitutas a los infaltables degenerados. Hay innumerables denuncias de robos y asaltos a traseúnntes, especialmente a turistas y viajeros que llegan a la Terminal.
La gota que colmó el vaso de la indignación fue el asesinato de Críspulo Porra Arévalos, un humilde cuidador de autos de más de 70 años, que hace un par de semanas fue apuñalado mortalmente por Juan Ramírez, joven indígena de 18 años, solo porque el hombre le exigió que no molestara a los visitantes a la Feria.
Triste cuadro de lucha social de ciudadanos humildes contra sus propios hermanos aún más pobres y degradados. Es entendible el reclamo de los manifestantes, pero… ¿no están errando en el blanco? La marcha de protesta, en lugar de ser contra los indígenas, ¿no debería ser contra las autoridades del Gobierno central, departamental y municipal, por desentenderse tan irresponsablemente de la suerte de los más desposeídos de todo?
Y pensar que atender la cuestión indígena fue una de las principales banderas del Gobierno Lugo. ¿Qué se ha hecho desde el Indi, aparte de haber utilizado políticamente y luego descartado a una digna y querida líder nativa como Margarita Mbywangi?
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martes, 16 de noviembre de 2010
Lecciones del 7 de noviembre
El 20 de abril de 2008, cuando el pueblo paraguayo eligió mayoritariamente en las urnas al ex obispo Fernando Lugo como presidente de la República y puso fin a 60 años de gobierno principalmente dictatorial del Partido Colorado, la mayoría de los análisis políticos destacaban que la ciudadanía había adquirido “plena madurez y conciencia cívica”, y que finalmente había aprendido “no solo a votar, sino también a elegir”.
Ahora, la historia parece haber cambiado. El domingo 7 de noviembre, a medida en que se iban conociendo los resultados de las elecciones municipales, en los que el coloradismo se reveló ganador de intendencias y mayoría de concejalías en numerosos municipios, incluyendo a la capital Asunción y a ciudades gran importancia y significación política, las reacciones de muchas personas, en los medios de comunicación y en las redes sociales, eran las siguientes: “El paraguayo sigue siendo un pueblo de cretinos”, “la gente no quiere el cambio, prefiere la corrupción”, “retrocedimos en la historia, no vamos a aprender nunca”, “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”.
Confieso que me cuesta entenderlo. ¿Cómo es posible que el mismo “pueblo maduro y consciente” se transforme tan rápido en “un pueblo de cretinos”, como si pasáramos mágicamente del estado sólido al líquido? ¿No será muy mesiánico esperar que la gente vote necesariamente por las opciones que nosotros creemos mejores, y no por lo que ella -la gente- cree que es mejor?
La pichadura es mala. No deja entender correctamente la realidad. No deja aprender de ella. Hay un mensaje que la mayoría de la ciudadanía expresó en los resultados del 7 de noviembre. Si no lo sabemos leer, que mal.
Será tal vez el desencanto ante expectativas que no fueron satisfechas en estos dos años y más del Gobierno Lugo. Serán las alianzas decididas mal y pronto por una élite política, sin participación real del electorado. Será el discurso supuestamente progresista, que solo plantea enunciados teóricos y mediáticos, sin un trabajo político cercano a la gente.
Si no existe capacidad de generar alternativas que convenzan de verdad, no queda otra que aprender a perder, a convivir y a reconstruir mejores opciones desde la llanura. Es el saludable juego de la democracia.
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viernes, 22 de octubre de 2010
La venganza de los edificios
Meses atrás se cayó el techo del Palacio de Justicia de Ciudad del Este. Este martes 19 ocurrió lo mismo con el histórico local del Correo Paraguayo, en Asunción. Ayer viernes 22, el edificio del Congreso Nacional literalmente hizo agua: la lluvia se coló por los agujeros del techo, invadiendo la lujosa Sala VIP de Sesiones de la Cámara de Diputados, y mojó costosos equipos informáticos y carpetas de documentos de los parlamentarios.
No faltarán quienes intenten explicar que estos “accidentes” se deben a simples fallas técnicas, sea por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento en el caso del Correo, o por deficiencias estructurales como consecuencia de la corrupción, al utilizar materiales de baja calidad en la construcción de los otros locales.
Sin embargo, quienes nos consideramos seguidores de Cortázar y García Márquez, proclives a leer los signos de los tiempos y a encontrar vida en la materia inerte, no podemos dejar de interpretar que detrás de estos sucesos se ocultan mensajes bien determinados. Es la venganza de los edificios.
Quienes conocen el gran mercado judicial del Este, inapropiadamente llamado Palacio de Justicia, no deben extrañarse de que el techo se desplome de vergüenza o de cansancio ante la alevosa compra-venta de resoluciones y sentencias de jueces, o de votos adelantados de ministros de la Corte. Hay quienes aseguran haber visto más de una vez a la estatua de la diosa Astrea bajar de su pedestal, sacarse la venda, tirar la balanza y echar a correr despavorida por las calles.
Lo del Correo, tampoco sorprende. Tantos años de cartas violadas y encomiendas saqueadas, robadas, perdidas. Tanto prebendarismo, burocracia e ineficiencia acumulados. Es como para sacudirse y querer sepultar todo lo viejo. Dejar que surja algo nuevo.
En donde menos existen dudas es en lo ocurrido en el Congreso. A pocas horas de que la mayoría de los diputados aprobaran, por 47 votos a favor y 15 en contra, una estirada declaración que enarbola como amenaza la posibilidad del recurrente y rayado juicio político, hay que dar gracias de que solo se haya producido un fuerte chubasco interior, y no un diluvio bíblico.
Ok, podrán decir que todo esto es solo un fantasioso delirio para llenar esta columna de fin de semana. Todo lo que quieran. Pero yo, por las dudas, en estos días evito pasar por cerca de estos escenarios de tantos excesos oficiales y políticos.
No faltarán quienes intenten explicar que estos “accidentes” se deben a simples fallas técnicas, sea por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento en el caso del Correo, o por deficiencias estructurales como consecuencia de la corrupción, al utilizar materiales de baja calidad en la construcción de los otros locales.
Sin embargo, quienes nos consideramos seguidores de Cortázar y García Márquez, proclives a leer los signos de los tiempos y a encontrar vida en la materia inerte, no podemos dejar de interpretar que detrás de estos sucesos se ocultan mensajes bien determinados. Es la venganza de los edificios.
Quienes conocen el gran mercado judicial del Este, inapropiadamente llamado Palacio de Justicia, no deben extrañarse de que el techo se desplome de vergüenza o de cansancio ante la alevosa compra-venta de resoluciones y sentencias de jueces, o de votos adelantados de ministros de la Corte. Hay quienes aseguran haber visto más de una vez a la estatua de la diosa Astrea bajar de su pedestal, sacarse la venda, tirar la balanza y echar a correr despavorida por las calles.
Lo del Correo, tampoco sorprende. Tantos años de cartas violadas y encomiendas saqueadas, robadas, perdidas. Tanto prebendarismo, burocracia e ineficiencia acumulados. Es como para sacudirse y querer sepultar todo lo viejo. Dejar que surja algo nuevo.
En donde menos existen dudas es en lo ocurrido en el Congreso. A pocas horas de que la mayoría de los diputados aprobaran, por 47 votos a favor y 15 en contra, una estirada declaración que enarbola como amenaza la posibilidad del recurrente y rayado juicio político, hay que dar gracias de que solo se haya producido un fuerte chubasco interior, y no un diluvio bíblico.
Ok, podrán decir que todo esto es solo un fantasioso delirio para llenar esta columna de fin de semana. Todo lo que quieran. Pero yo, por las dudas, en estos días evito pasar por cerca de estos escenarios de tantos excesos oficiales y políticos.
viernes, 15 de octubre de 2010
El Gran Mercado Judicial
El Palacio de Justicia de Ciudad del Este queda a tan solo dos cuadras de la Feria de los Productores Hortigranjeros, junto a la Terminal de Ómnibus, y a seis cuadras del Mercado de Abasto, pero en la práctica es como si el mismo fuera apenas una prolongación de estos frecuentados centros de comercio popular.
La diferencia es que en estos dos últimos locales se ofrecen a viva voz frutas, verduras, queso, huevo, carnes, mandioca, ropas, calzados…, mientras en el primero se ofrecen libre y abiertamente en venta: resoluciones y sentencias de jueces, servicios de agilización o extravío de expedientes, implementación de chicanas, votos adelantados de ministros de la Corte Suprema de Justicia. ¡Hagan sus ofertas, señores…! ¿Quién paga más…?
Todos lo saben, todos lo dicen: en Ciudad del Este hay tres mercados: el de la Terminal, el del Abasto… y el más grande de todos, el Judicial.
Todos lo dicen, todos lo saben, pero pocas veces se ha podido documentar y mostrar de manera tan flagrante la alevosa y escandalosa corrupción, como lo han hecho en estos días algunos colegas periodistas de Última Hora y Telefuturo, junto con un equipo investigador del Ministerio Público, encabezado por el fiscal anti-corrupción Arnaldo Giuzzio.
Ver las filmaciones hechas con cámara oculta en la que el juez de Santa Rita, Carlos Ortega, recibe 2.000 dólares como anticipo de una coima de 15.000 dólares a cambio de una sentencia judicial, nombrando como presunto cómplice a su colega Manuel Trinidad, juez penal de Ciudad del Este, es algo que revuelve el estómago… aunque aquí nadie se ha sorprendido por eso. Todos lo saben, todos lo dicen. Lo único llamativo es que los muy tontos se hayan dejado filmar.
Tampoco sorprende mucho que el ministro de la Corte, Sindulfo Blanco, aparezca salpicado en la presunta venta de un voto suyo a cambio de 15.000 dólares, a cargo de un funcionario judicial llamado Carlos Torres, en una causa en la que la sentencia no se conocería públicamente hasta cuatro meses después del cobro. Por suerte en Paraguay hay muchas personas llamadas Carlos Torres… y siempre se puede alegar un caso de homonimia.
Todos lo dicen, todos lo saben: Habrá imputaciones, separaciones de cargo, sumarios abiertos, declaraciones rimbombantes de gremios de abogados, mucha prensa durante día o semanas… y luego, nada. El gran Mercado Judicial del Este no va a interrumpir sus vitales actividades bursátiles por estas nimiedades.
La diferencia es que en estos dos últimos locales se ofrecen a viva voz frutas, verduras, queso, huevo, carnes, mandioca, ropas, calzados…, mientras en el primero se ofrecen libre y abiertamente en venta: resoluciones y sentencias de jueces, servicios de agilización o extravío de expedientes, implementación de chicanas, votos adelantados de ministros de la Corte Suprema de Justicia. ¡Hagan sus ofertas, señores…! ¿Quién paga más…?
Todos lo saben, todos lo dicen: en Ciudad del Este hay tres mercados: el de la Terminal, el del Abasto… y el más grande de todos, el Judicial.
Todos lo dicen, todos lo saben, pero pocas veces se ha podido documentar y mostrar de manera tan flagrante la alevosa y escandalosa corrupción, como lo han hecho en estos días algunos colegas periodistas de Última Hora y Telefuturo, junto con un equipo investigador del Ministerio Público, encabezado por el fiscal anti-corrupción Arnaldo Giuzzio.
Ver las filmaciones hechas con cámara oculta en la que el juez de Santa Rita, Carlos Ortega, recibe 2.000 dólares como anticipo de una coima de 15.000 dólares a cambio de una sentencia judicial, nombrando como presunto cómplice a su colega Manuel Trinidad, juez penal de Ciudad del Este, es algo que revuelve el estómago… aunque aquí nadie se ha sorprendido por eso. Todos lo saben, todos lo dicen. Lo único llamativo es que los muy tontos se hayan dejado filmar.
Tampoco sorprende mucho que el ministro de la Corte, Sindulfo Blanco, aparezca salpicado en la presunta venta de un voto suyo a cambio de 15.000 dólares, a cargo de un funcionario judicial llamado Carlos Torres, en una causa en la que la sentencia no se conocería públicamente hasta cuatro meses después del cobro. Por suerte en Paraguay hay muchas personas llamadas Carlos Torres… y siempre se puede alegar un caso de homonimia.
Todos lo dicen, todos lo saben: Habrá imputaciones, separaciones de cargo, sumarios abiertos, declaraciones rimbombantes de gremios de abogados, mucha prensa durante día o semanas… y luego, nada. El gran Mercado Judicial del Este no va a interrumpir sus vitales actividades bursátiles por estas nimiedades.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Los sobrevivientes de la Isla de la Utopía

Están allí, acampados frente a la sede del Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra (Indert), en Asunción, casi desapercibidos para los medios de comunicación. Tienen el pelo canoso, la piel marcada por los años y los golpes recibidos, pero en sus miradas se percibe intacto el brillo de aquella antigua rebeldía. Siguen siendo los mismos hombres y mujeres que hace tres décadas se internaron en los montes de San Pedro para fundar la colonia San Isidro de Jejuí, con la utopía de "vivir como hermanos”.
Eran tiempos sombríos de la dictadura stronista, pero en algunos sectores del campesinado, bajo el influjo de aires renovadores en la Iglesia Católica, surgían las Ligas Agrarias Cristianas, en busca de una sociedad más justa y solidaria.
La Fenalac (Federación Nacional de Ligas Agrarias Cristianas) obtuvo del IBR la adjudicación de tierras junto al río Jejuí. En mayo de 1969, en un área de 230 hectáreas, se establecieron 31 familias (unas 150 personas), dispuestas a construir un modelo autosustentable de tenencia asociativa de la tierra y de producción comunitaria.
Se convirtió en "mal ejemplo". La dictadura no podía permitirlo. El diario Patria, vocero del Partido Colorado, acusó que San Isidro era un "koljós" soviético en medio de la selva. En la madrugada del 8 de febrero de 1975, un pelotón al mando del teniente coronel José Félix Grau asaltó la colonia y apresó a los moradores. El pa'i Braulio Maciel, párroco local, fue baleado en la pierna.
Los ranchos fueron destruidos, las chacras arrasadas. Las tierras, por las que ya habían pagado hasta el último guaraní, fueron confiscadas y revendidas. La Isla de la Utopía se convirtió en estancia. San Isidro fue borrada a sangre y fuego. Pero sus pobladores —presos, torturados, perseguidos y dispersos, con la absoluta prohibición de regresar al lugar— mantuvieron vivo el sueño.
Con la caída de la dictadura, empezaron la lucha por recuperar sus derechos. Dos veces fueron desalojados con violencia por la Policía, acusados de invadir sus propias tierras. En 2005, treinta años después de haber sido expulsados, el juez Silvino Delvalle, dictaminó que 150 hectáreas les sean devueltas.
Desde entonces, la burocracia estatal ha impedido el cumplimiento de la reparadora sentencia. El Indert del Gobierno de Fernando Lugo, abanderado con la reforma agraria, pone aún más escollos que los gobiernos colorados. Cansados de esperar, los sobrevivientes de la Isla de la Utopía están allí, acampados en la jungla de cemento, reclamando un sueño más antiguo que sus propias vidas.
No habría que dejarlos tan solos.
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viernes, 10 de septiembre de 2010
Memo para la posteridad

Aquí están, estos son…
Los que elegimos por voto universal para ser representantes del pueblo en la Cámara de Diputados, pero nos traicionaron grosera y alevosamente para representar a los intereses de unos pocos poderosos fabricantes de cigarrillos, que se niegan a ajustarse a las regulaciones internacionales de protección de la salud, y no tienen escrúpulos para seguir amasando millones a costa de la muerte.
Aquí están, estos son…
Los que hicieron retroceder al Paraguay varias décadas en el tiempo, borrando de un plumazo valiosas conquistas como la prohibición de fumar en lugares cerrados, o advertir con mayor rigor los peligros de contraer cáncer. Los que desoyeron irresponsablemente las recomendaciones de la comunidad médica y los organismos mundiales de la salud. Los que exponen al país a recibir sanciones por violar acuerdos internacionales.
Aquí están, estos son…
Los 41 diputados que aprobaron el jueves una Ley de control de tabaco a la medida de los cigarrilleros y rechazada por la ciudadanía. Los que seguirán siendo culpables de que unas 730 personas mueran anualmente en el país por causas relacionadas al tabaquismo, según datos de Ministerio de Salud. Tomen nota, hagan copy paste y guarden la lista en el archivo de la memoria, para que los hijos de nuestros hijos lo sepan y no lo olviden.
Aquí están, estos son: Andrés Retamozo, Arístides Da Rosa, Arnaldo Samaniego, Atilio Penayo, Blanca Duarte, Carlos Liseras, Clemente Barrios, Concepción Cubas, Eladio Gómez, Herminio Dávalos, Hugo Velázquez, Jorge Baruja, Juan Espínola, Juan Vázquez, Juan Ziet, Justo Cárdenas, Justo Zacarías, Luis Gneiting, Luis Sarquis, Luis Sarubbi, Madgaleno Silva, Mario Morel, Mario Soto, Nardi Gómez, Oscar Silvero y Víctor González, todos del Partido Colorado, Asociación Nacional Republicana (ANR).
La lista sigue con Andrés Giménez, Blas Vera, Blas Lanzoni, Carlos Zena, César López, Dionisio Ortega, Edgar Ortiz, Gustavo Cardozo, Hugo Capurro, Jorge Ávalos, Julio Mineur, Luis Neuman, Mirta Mendoza, Modesto Salinas y Nelson Segovia, todos del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA).
Aquí están, estos son…
No los olvide.
Muy pronto vendrán otra vez a prometernos la Luna y a pedir nuestro voto.
No sé usted… pero yo tengo muy clara la respuesta que les voy a dar.
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viernes, 28 de mayo de 2010
Huevadas violentas

Se hacen llamar dirigentes sindicales, líderes que en teoría luchan por un modelo de sociedad alternativa con mayor justicia y equidad, pero el comportamiento demostrado el miércoles a la tarde, al rodear y atacar a la sede de la Redacción del diario Última Hora, en Asunción, arrojando huevos y petardos, además de proferir insultos verbales de todo tipo, contradictoriamente los asocia a exaltados integrantes de turbas o patotas, o de violentas barras bravas futboleras.
La Mesa Coordinadora Sindical quiso justificar que la manifestación fue dirigida solo contra el empresario Antonio J. Vierci, presidente del grupo empresarial al que pertenece este diario, en protesta por “la línea editorial que responde a intereses fácticos”, pero quienes se hallaban en el interior del edificio atacado eran periodistas y funcionarios, obreros de talleres y de transporte, y asustados clientes atrapados por la violencia.
A los comunicadores nos resultó aun más inexplicable identificar entre los dirigentes al propio secretario de organización del Sindicato de Periodistas del Paraguay, el colega Eduardo “Coco” Arce. Un medio periodístico atacado por una turba, y el directivo del gremio que debería defendernos, ubicado del lado de los agresores.
La línea editorial de un diario es la opinión oficial de sus editores, con la cual se puede discordar libremente, y existen mecanismos democráticos para contestar y expresar el disenso: el derecho a réplica, los espacios informativos, las secciones de opinión pública, o las variadas opciones de libre acceso y contestación que permite también la edición digital en internet. Un acto de agresión como el que protagonizaron los funcionarios públicos no solo cae en la práctica ilegal de la violencia, sino además configura un atentado contra la libertad de prensa y de expresión.
Quienes conocen mi manera de pensar y mi postura personal, saben que siempre apoyé las conquistas laborales, y en este caso estoy a favor de la Ley que reduce las horas de trabajo de los funcionarios públicos, por más que crea que en este conflicto se juegan intereses políticos extra-gremiales, en la pulseada de poder entre el Gobierno y sus adversarios en el Parlamento. Dentro del pluralismo que caracteriza a Última Hora, nunca he sentido restricciones para expresar mis opiniones en mis columnas semanales, aunque resulten discordantes con la línea editorial del diario.
Es lo que muchos periodistas venimos haciendo desde hace décadas: informar responsablemente y expresar con libertad nuestra opinión, y leer y escuchar con respeto a quienes disienten, sin salir a patotear y a arrojar huevos a la cara de todos los que piensan distinto.
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viernes, 21 de mayo de 2010
El hombre que hizo temblar a la dictadura

Diciembre de 1969. La caravana de promeseros asciende la loma de Caacupé, mientras el país se estremece bajo una fuerte oleada represiva del terrorismo estatal. Los campesinos de las Ligas Agrarias son perseguidos a sangre y fuego. En los oscuros calabozos, medio centenar de presos políticos claman sordamente a una Justicia que tiene los ojos más vendados que nunca.
El dictador Alfredo Stroessner se dispone a hacer gala de catolicismo en la tradicional Procesión de la Virgen de Caacupé, cuando le comunican que el nuevo obispo de la Diócesis serrana ha resuelto suspender la festividad religiosa, en protesta contra “las injusticias y falsedades de parte de los responsables del Gobierno del país”. En una carta pastoral, el prelado escribe: “La Procesión de la Virgen hubiera debido significar íntima alegría de todos los hogares, pero en muchos la luz de la alegría se apagó. El temor alejó, si no es la muerte, al jefe del hogar…”.
El supremo gobernante monta en cólera: ¿Quién es ese insensato obispo que se atreve a desafiarlo, privándolo de la anual exhibición ante el altar de la Virgen? “Es un salesiano, excelencia…”, le contesta la voz trémula de uno de sus esbirros. “Se llama Ismael Rolón”.
Aquel cura caazapeño testarudo se convierte rápidamente en uno de los mayores dolores de cabeza del tirano. El 4 de febrero de 1971, a poco de asumir como arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón renuncia a integrar el Consejo de Estado –cargo que constitucionalmente correspondía a los arzobispos-, para no avalar “la situación de crecientes abusos y patentes violaciones de derechos humanos”, según justifica en una carta pública.
Habló con profética valentía cuando tenía que hablar, y actuó calladamente cuando sentía que las gestiones privadas eran más efectivas. Sus masivas “procesiones del silencio” enseñaron que la mudez puede ser más estentórea que el grito panfletario. Y definió con una certera frase para la historia (“hombres escombros”) a los autoritarios y corruptos.
Tras la caída de la dictadura, en 1989, dejó su silla arzobispal, pero siguió educando y defendiendo los derechos humanos. Desde su idílico Oasis de Ypacaraí, iluminó con su palabra reflexiva la realidad cotidiana.
En estos días en que su cansado cuerpo físico se debate entre la vida y la muerte, a sus 96 años de edad, es necesario rescatar la figura de monseñor Ismael Rolón. Un compatriota digno y heroico, quien mantuvo siempre una intachable conducta moral, una coherencia y rectitud humana poco frecuente en el Paraguay.
viernes, 2 de octubre de 2009
Al fin un secuestro tratado con seriedad

Se puede aprender positivamente de los errores. Las autoridades policiales, fiscales y judiciales, que esta vez manejaron con mayor seriedad, prudencia y profesionalismo, el caso del secuestro del joven Rubén Dario Vargas en Presidente Franco, así lo han demostrado.
A diferencia del caso anterior, en que otro joven alto paranaense, Juan Alberto Ortiz, resultó secuestrado y acabó trágicamente asesinado, como consecuencia de la descoordinación, imprudencia, irresponsabilidad y peleas internas entre miembros de las fuerzas de seguridad, en esta ocasión se reveló que los diversos organismos pueden trabajar juntos, manteniendo las debidas reservas para no poner en peligro la vida de la víctima.
La presencia del viceministro de Seguridad Interna, Carmelo Caballero, resultó clave para contener los característicos desbordes de algunos policías. El ex fiscal electoral es uno de los hombres más brillantes y capacitados en el esquema de seguridad del Gobierno Lugo, y tuvo ocasión de demostrarlo. La fiscala antisecuestro, María Graciela Vera Colmán, también actuó con mucha solvencia, revelando su experiencia en la lucha contra este delito. Y hasta los jefes policiales se mostraron correctos, cautelosos, medidos, casi irreconocibles.
La gran mayoría de los periodistas alto paranaenses también se mantuvo a la altura de la situación. Tras las muchas críticas y autocríticas por la manera en que se manejó la información en el caso anterior, esta vez se guardaron primicias sin publicar, se respetaron pactos de silencio, se trazó una prudente distancia para no acosar ni a los investigadores, ni a los familiares. Los informadores no dejaron de hacer su trabajo, solo que lo hicieron con más ética y responsabilidad.
Todo esto no quiere decir que la oleada de crimen y violencia en la frontera Este se acabe fácilmente. Hay una peligrosa sensación de inseguridad, abonada por sectores políticos retardatarios, que reclaman a gritos la militarización del Alto Paraná, como si ella pudiera ser la solución.
Esta vez se demostró que la actuación profesional de las fuerzas de seguridad es posible. Es el camino democrático institucional más correcto en un pretendido Estado de derecho.
A diferencia del caso anterior, en que otro joven alto paranaense, Juan Alberto Ortiz, resultó secuestrado y acabó trágicamente asesinado, como consecuencia de la descoordinación, imprudencia, irresponsabilidad y peleas internas entre miembros de las fuerzas de seguridad, en esta ocasión se reveló que los diversos organismos pueden trabajar juntos, manteniendo las debidas reservas para no poner en peligro la vida de la víctima.
La presencia del viceministro de Seguridad Interna, Carmelo Caballero, resultó clave para contener los característicos desbordes de algunos policías. El ex fiscal electoral es uno de los hombres más brillantes y capacitados en el esquema de seguridad del Gobierno Lugo, y tuvo ocasión de demostrarlo. La fiscala antisecuestro, María Graciela Vera Colmán, también actuó con mucha solvencia, revelando su experiencia en la lucha contra este delito. Y hasta los jefes policiales se mostraron correctos, cautelosos, medidos, casi irreconocibles.
La gran mayoría de los periodistas alto paranaenses también se mantuvo a la altura de la situación. Tras las muchas críticas y autocríticas por la manera en que se manejó la información en el caso anterior, esta vez se guardaron primicias sin publicar, se respetaron pactos de silencio, se trazó una prudente distancia para no acosar ni a los investigadores, ni a los familiares. Los informadores no dejaron de hacer su trabajo, solo que lo hicieron con más ética y responsabilidad.
Todo esto no quiere decir que la oleada de crimen y violencia en la frontera Este se acabe fácilmente. Hay una peligrosa sensación de inseguridad, abonada por sectores políticos retardatarios, que reclaman a gritos la militarización del Alto Paraná, como si ella pudiera ser la solución.
Esta vez se demostró que la actuación profesional de las fuerzas de seguridad es posible. Es el camino democrático institucional más correcto en un pretendido Estado de derecho.
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domingo, 5 de julio de 2009
El delito de estar resfriado

Escribo este texto con un tapabocas colocado sobre el rostro. Resulta molesto y me da una imagen algo ridícula, pero a mis compañeros de la Redacción Regional de Última Hora en Ciudad del Este les otorga una sensación de seguridad, la ilusión de que los virus de mi gripe no les llegarán a través del aire, y que de alguna manera eso aleja la amenaza de contraer la nueva peste apocalíptica.
No soy el único culpable. Otras dos compañeras tratan de disimular los síntomas del resfriado, casi con vergüenza de haber contraído la enfermedad estacional. Hay bromas incómodas, temores inconfesados. El eco de cada tos contenida, de cada estornudo sofocado, suena como la comisión de un grave delito social.
Hace apenas dos meses, contraer un resfriado hubiera sido algo tan común, una consecuencia lógica de los cambios climáticos a la llegada del invierno, que en nada hubiera alterado nuestra actividad cotidiana.
Ahora no. Ahora cada gota de secreción nasal es motivo de alarma y casi un motivo de segregación personal. ¡Alto...! ¿Qué hacés aquí? ¡Andate a ver a un médico! ¿Por qué no te internás en un hospital? No pongas en peligro a los demás. No te acerques. No me toques. No me beses. No me abraces. Te quiero mucho, pero es mejor que conserves la distancia.
¿Quién inventó este virus apocalíptico, que incrementa nuestra paranoia colectiva y profundiza nuestro aislamiento individual? ¿Será cierto que el A H1N1 fue incubado en algún siniestro laboratorio, con oscuros objetivos comerciales o políticos? ¿Es tan temible de verdad, o es solo un eco desmedido de los medios de comunicación? ¿Acaso no mueren miles de personas más por culpa del hambre, la desnutrición, la miseria, la violencia, la inseguridad, los accidentes de tránsito?
Será importante combatir a la ex peste porcina con el molesto tapabocas, extremar la higiene con el uso del alcohol en gel y las toallas descartables. Pero será aún más importante combatirlo con la solidaridad, la tolerancia, la creatividad, la amistad y el amor, para que otros peligrosos virus como la soledad, el egoísmo, la indolencia, el individualismo, no se nos metan dentro del corazón y de la carne como la más nociva pandemia.
No soy el único culpable. Otras dos compañeras tratan de disimular los síntomas del resfriado, casi con vergüenza de haber contraído la enfermedad estacional. Hay bromas incómodas, temores inconfesados. El eco de cada tos contenida, de cada estornudo sofocado, suena como la comisión de un grave delito social.
Hace apenas dos meses, contraer un resfriado hubiera sido algo tan común, una consecuencia lógica de los cambios climáticos a la llegada del invierno, que en nada hubiera alterado nuestra actividad cotidiana.
Ahora no. Ahora cada gota de secreción nasal es motivo de alarma y casi un motivo de segregación personal. ¡Alto...! ¿Qué hacés aquí? ¡Andate a ver a un médico! ¿Por qué no te internás en un hospital? No pongas en peligro a los demás. No te acerques. No me toques. No me beses. No me abraces. Te quiero mucho, pero es mejor que conserves la distancia.
¿Quién inventó este virus apocalíptico, que incrementa nuestra paranoia colectiva y profundiza nuestro aislamiento individual? ¿Será cierto que el A H1N1 fue incubado en algún siniestro laboratorio, con oscuros objetivos comerciales o políticos? ¿Es tan temible de verdad, o es solo un eco desmedido de los medios de comunicación? ¿Acaso no mueren miles de personas más por culpa del hambre, la desnutrición, la miseria, la violencia, la inseguridad, los accidentes de tránsito?
Será importante combatir a la ex peste porcina con el molesto tapabocas, extremar la higiene con el uso del alcohol en gel y las toallas descartables. Pero será aún más importante combatirlo con la solidaridad, la tolerancia, la creatividad, la amistad y el amor, para que otros peligrosos virus como la soledad, el egoísmo, la indolencia, el individualismo, no se nos metan dentro del corazón y de la carne como la más nociva pandemia.
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